Gonzalo Herránz (O Porriño, 1931) no fue solo un médico brillante, sino una de las figuras clave en la historia de la medicina contemporánea en España. Así lo define Juan Llor, investigador de su legado, quien destaca en conversación con Diario Luso-Galaico la dimensión humana, intelectual y ética de un profesional que supo anticiparse a su tiempo.
Desde sus primeros años como estudiante, Herránz mostró una personalidad inquieta y vital. “No era un intelectualoide”, subraya Llor, sino alguien con un profundo deseo de formarse y crecer. Inició sus estudios en Santiago de Compostela y los finalizó en Barcelona, donde ya como alumno interno en neurocirugía comenzó a destacar entre sus profesores, que veían en él una carrera prometedora en distintas especialidades.
Con apenas 18 años comprendió que la medicina no solo era una profesión, sino un camino de desarrollo personal. Esa visión marcaría toda su trayectoria. Su formación clínica, sólida y rigurosa, se combinaba con una intuición poco común: la necesidad de entender al paciente como persona. Ya en su etapa universitaria defendía esta idea en trabajos académicos que incluso presentó en Alemania, evidenciando un nivel intelectual notable.
Su llegada a la recién creada Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, a mediados de los años 50, supuso un punto de inflexión. Allí fue consolidando una carrera que le llevó a convertirse en catedrático de Histología y Anatomía Patológica, primero en Oviedo y después en Pamplona. Sin embargo, en la década de los 80 tomó una decisión que sorprendió a sus colegas: abandonar una trayectoria clínica de gran prestigio para centrarse en los fundamentos éticos de la medicina.
“Vio que la medicina necesitaba una brújula”, explica Llor. En una época en la que la ética médica apenas tenía presencia en las facultades, Herránz se convirtió en un auténtico pionero. Desbrozó un terreno prácticamente inexistente en España y en Europa, anticipando los desafíos que surgirían en la relación médico-paciente.
Su impacto fue inmediato. En poco tiempo pasó a presidir la Comisión Deontológica de la Organización Médico-Colegial, fue vicepresidente a nivel europeo y participó en la Pontificia Academia para la Vida. Además, formó parte de la redacción del Código Deontológico español de 1998, una herramienta clave para orientar la práctica médica.
Lejos de planteamientos abstractos, su enfoque era profundamente práctico: el comportamiento del médico debía estar guiado por el respeto a la dignidad del paciente, desde el inicio de la vida hasta su final. “No era un moralista, sino un perseguidor de la verdad del enfermo”, resume Llor.
Cinco años después de su fallecimiento, su legado sigue más vigente que nunca. “Es historia de la medicina, pero tremendamente actual”, afirma el investigador, que trabaja en el estudio de su extensa correspondencia personal. En esas cartas —más de una veintena de cajas— emerge una figura cercana, con “una gracia espontánea muy gallega” y una gran capacidad para conectar con los demás.
Orgulloso de sus raíces, Herránz llevó siempre Galicia consigo, tanto en su forma de ser como en su manera de entender la medicina. Hoy, desde la Universidad de Navarra, su pensamiento sigue influyendo en nuevas generaciones de profesionales.
Juan Llor lo tiene claro: es necesario recuperar y difundir su figura en toda su dimensión. “Ser conscientes de quién fue, de dónde salió y de lo que Galicia puede aportar al mundo a través de él”.
Una tarea que ahora comienza a tomar forma con la futura semblanza que prepara el propio Llor, con el objetivo de situar a Gonzalo Herránz en el lugar que le corresponde: el de un referente imprescindible de la ética médica contemporánea.
