Hay jueves que nacen destinados a trascender el calendario ordinario para inscribirse con letras de oro en la historia del arte gallego. El que congregó a la sociedad gallega en el Edificio Castelao del Museo de Pontevedra, este 23 de julio, no fue una cita cultural más; se convirtió, por derecho propio, en una referencia inexcusable. En las calles de esa Pontevedra natal que vio nacer y crecer a José Freixanes, el aire parecía impregnarse de una emoción tangible, la misma que guardan los escenarios de la infancia y que alimenta las vocaciones más puras. Aquel espacio vibró con la calidez de un reencuentro entrañable, el de una familia y una ciudad volcadas en abrazar el legado eterno de uno de sus hijos más insignes, haciendo justicia histórica a una trayectoria inolvidable.
El milagro de esta antología, titulada con premonitoria poesía Eternos son os soños, reside en su propia génesis. Tal como nos muestra la exposición, que recorre las pinturas concluidas por el artista en sus últimos veinte años -desde Al final del amanecer en Casablanca hasta los umbrales de su ida al más allá-, asistimos a un trabajo ideado, perfilado y puesto en marcha por el propio creador en vida que ha sabido consolidarse sobre su propia marcha, haciendo rigurosa realidad el sueño de su culminación estética. Aquellas intervenciones efímeras y series como Eclipse lunar, Feito e des-feito, Comportamentos o Fios se despliegan como un testimonio vibrante de un viaje en el tiempo y en el espacio donde la pintura dialoga íntimamente con la costura y la escritura.
El propio artista dejó escrito su pensamiento más íntimo ante los grandes dilemas de la existencia: «Se equivocan los que piensan que la humanidad está destruyendo el planeta. Es la humanidad, en su quehacer diario, a la que se va destruyendo a sí misma. El planeta es un ente vivo que soporta los desmanes que nuestro sistema de vida, mal construido, practica día tras día. Es la pesadilla de Brahma, de la que despierta para recuperar la pérdida de la Edad de Oro -el paraíso perdido- y volver de nuevo a dormir el mismo sueño de infelicidad e injusticias». Esa mirada profunda y universal conectaba también con la memoria más cercana, como cuando recordaba aquel verano de 2006 en que el fuego devastaba Galicia: «El fuego había vuelto a devastar Galicia en el verano de 2006. Entre el 3 y el 15 de aquel agosto ardieron casi 100.000 hectáreas y hubo días en los que se registraron más de 150 incendios de grandes dimensiones. Se hacía difícil respirar. El humo turbó el horizonte, provocando que algunos turistas regresaran a sus lugares de origen. Desde la playa de Cabio, en A Pobra do Caramiñal, mientras pasaba unos días de descanso con su familia, José Freixanes fue testigo de aquella especie de apocalipsis. Poco tiempo después concibe y realiza la serie Comportamentos. Cada cuadro muestra una acción aparentemente inútil, donde se alude al acto de hacer, recreándose en la actitud y no en la capacidad para ello. Como en otras ocasiones, su obra aparece ligada inevitablemente a su experiencia personal. Es en el espacio silencioso del taller donde se genera un monólogo interior sin estructura gramatical definida ni sometida a una lógica de lo explicable. En ese silencio se intercalan el azar y la razón, el pensamiento elaborado con los sueños del subconsciente».
El tiempo mismo pareció acompañar la jornada de manera clemente, mientras los espectadores -amigos, admiradores, compañeros de paleta y ciudadanos anónimos- se multiplicaban sin pausa abarrotaban las salas en una riada humana que desbordó todas las previsiones. Entre los asistentes que se dieron cita en el acto destacaron el vicepresidente de la Diputación de Pontevedra, Rafa Domínguez, y el diputado provincial Alberto Fernández, junto a figuras clave del proyecto como el comisario de la exposición, Xosé Luis García Canido, y la directora del Museo de Pontevedra, Ángeles Tilve.
La emoción desbordó los corazones cuando la familia del artista tomó la presencia central, encabezada por su esposa Olvido, sus hijos -con una intervención de Alberto profundamente conmovedora que dejó a todos sin aliento-, su hermano Víctor Freixanes y la esposa de este, Malós Cabrera, acompañados por más hermanos, primos y amigos. El acto congregó también a una amplísima representación de la cultura gallega, con la presencia de la actual presidenta del Consello da Cultura Galega, Dolores Vilavedra, y los expresidentes Ramón Villares y Rosario Álvarez; el presidente de la Real Academia Galega, Henrique Monteagudo; Manuel Puga, presidente de la Comisión Ejecutiva de la Fundación Penzol, y su vicepresidente, Antón Vidal Andión; los pintores Javier Magalhaes, Antón Sobral, Menchu Lamas y Antón Patiño; el director de la Editorial Elvira, Javier Romero; los escritores y creadores Antón Castro, Fina Casalderey y el periodista Alberto Avendaño; además de figuras como Xesús Palmou, el gestor cultural internacional Cristóbal Gabarrón, Antón Reina, Tino Lores, alma del Camino Portugués, numerosos académicos, empresarios, coleccionistas y galeristas como Asunta Rodríguez y la crítica de arte Mercedes Rozas.
Todos ellos fueron testigos de un encuentro multitudinario que reafirmó el profundo calado de un autor cuya obra demuestra que la creación es una forma ética de estar en el mundo y que los sueños de Freixanes continúan vivos, reverberando con una fuerza inmarcesible en el corazón de su ciudad. Lo ocurrido no es polvo de arroz, y si lo es, es eterno, un alfabeto de otredad y entendimiento.

