Bruno Kammerer, 50 años catando Galicia: "Los Condados tienen hoy más personalidad que los Albariños"

Bruno Kammerer, junto a Roberto Ledo, director de Diario Luso-Galaico, tras la vídeo-entrevista realizada en Salvaterra de Miño sobre su larga trayectoria vinculada a la viticultura y a los vinos gallegos.
A sus 90 años, el artista, publicista, diseñador, viticultor y catador suizo mantiene intacta su pasión por Galicia y por sus vinos. Medio siglo después de incorporarse al panel de cata de Rías Baixas, defiende la personalidad del Condado, reivindica al pequeño bodeguero y advierte del riesgo de que la homogeneización borre la identidad de los vinos gallegos.

Hay entrevistas que se hacen alrededor de una mesa y otras que encuentran su escenario casi por casualidad. La conversación con Bruno Kammerer discurre en un banco de la plaza del Concello de Salvaterra de Miño, después del nombramiento de nuevos cofrades de la Cofradía do Viño do Condado do Tea e Espumosos y de la entrega de los premios ‘Delicioso del Año’ a vinos de la subzona del Condado do Tea.

El lugar parece apropiado. A Bruno le gusta hablar de vino donde nace el vino. Y a sus 90 años continúa hablando de cepas, variedades, suelos y bodegas con la curiosidad de quien todavía tiene proyectos pendientes.

Uno de ellos resulta sorprendente: quiere volver a tener una parcela en Galicia para plantar viña.

Durante años tuvo casa en Hío, acompañada de unas dos hectáreas de cepas en las que elaboraba su propio vino. Las circunstancias le obligaron a dejar aquella propiedad, pero no consiguieron arrancarle la vocación de viticultor.

"Esa era mi vida por aquí", resume.

Medio siglo juzgando vinos gallegos

Este 2026 se cumplen 50 años de su pertenencia al panel de cata de la Denominación de Origen Rías Baixas. Pero su conocimiento no se limita a esta denominación. Kammerer ha catado vinos de las cinco denominaciones de origen gallegas y ha contemplado desde dentro una transformación radical del sector.

Cuando comenzó, recuerda, el panorama era muy diferente.

"En los primeros años hubo una variedad de tipos de vinos, vinos malísimos hechos por gente que no sabía. Pero era muy interesante".

Aquella irregularidad convivía, sin embargo, con algo que todavía hoy busca cuando acerca una copa a la nariz: personalidad.

Su olfato y su paladar prefieren lo que define como vinos sinceros. Durante la conversación pone como ejemplo los elaborados por el bodeguero Araújo, de Arantei, en Salvaterra.

Y su experiencia de medio siglo le lleva a formular una afirmación destinada a provocar debate:

"Hoy en día los Condados, aunque son pocos, tienen más personalidad que los Albariños".

Kammerer sostiene que la calidad media ha aumentado enormemente, pero considera que ese avance ha tenido en ocasiones una contrapartida: la uniformidad.

"Con mi olfato noto que los Albariños parecen todos similares".

A su juicio, la concentración empresarial y determinados procesos de elaboración están reduciendo las diferencias entre unos vinos y otros. "Trabajan todos con las mismas levaduras. La calidad en general ha subido, pero han perdido esa diferenciación del vino gallego", sostiene, extendiendo su reflexión al conjunto de las denominaciones gallegas.

Cuando el Condado estaba a la sombra

Bruno ha vivido también la evolución del Condado desde una posición privilegiada.

Recuerda una época en la que prácticamente todo el reconocimiento recaía sobre el Albariño mientras los vinos del Condado permanecían en segundo plano.

"Lentamente, año a año, ha ido subiendo el Condado. Y lo hemos ido viendo. Yo les he dicho a los bodegueros que siguieran por ahí".

El pasado año encontró un Condado de Eidosela que califica de «estupendísimo» y decidió presentarlo en la Hermandad de los Vinos Gallegos.

"Ellos se pueden sentir orgullosos de su vino gallego", afirma.

Su reivindicación va más allá de una cuestión de gustos. Considera que Galicia debería prestar mayor atención a los vinos del Condado y plantea incluso una reflexión sobre la manera en que se ha construido la marca vitivinícola de las Rías Baixas.

"Aquí hay que darle más importancia al Condado".

A su entender, cuando comenzó la promoción del Albariño se dio demasiado protagonismo al nombre de la variedad frente a la denominación de origen.

La idea la resume de manera sencilla: deberíamos aprender a pedir un Rías Baixas y no simplemente un Albariño.

"Porque hay Albariño hasta en Cataluña…", remacha.

De Pepe Posada a las viñas de Hío

Su historia con el vino gallego comenzó mucho antes de que Rías Baixas alcanzase la proyección internacional actual.

Junto a Pepe Posada formó parte de un grupo denominado Amigos del viño galego, nacido con el propósito de contribuir a elevar la calidad de los vinos de Galicia.

De Posada aprendió la teoría de la viticultura. La práctica llegaría junto a otro hombre estrechamente vinculado al vino del Condado, Domingo Vilar, de Pazo San Mauro, en Salvaterra.

"He plantado para Domingo cepas en su propiedad".

Después llegaría su propia experiencia en Hío. Allí plantó Tinta Femia procedente de cepas antiguas e incluso introdujo variedades italianas para experimentar.

Entre sus inquietudes había una especialmente adelantada para aquel momento.

"Siempre me ha interesado hacer un vino rosado en Galicia".

Kammerer veía posibilidades para ese tipo de elaboración por las características del microclima gallego y por la oportunidad de conseguir vinos con menor graduación alcohólica. Eran tiempos, recuerda, en los que apenas se hablaba de rosados fuera de Francia.

El "médico" de las cepas

Su conocimiento del campo no procede únicamente de la experiencia. Kammerer se formó en viticultura y obtuvo el diploma de la Escuela Federal de Viticultura de Wädenswil, en Suiza.

"Yo sé cómo hay que tratar la tierra".

Cuando llegó a Galicia encontró generaciones de viticultores que poseían un enorme conocimiento transmitido por la experiencia, pero detectó carencias a la hora de enfrentarse a determinadas enfermedades.

"Los abuelos y los padres sabían cómo tratar las cepas, pero una vez que la planta enfermaba no sabían qué hacer".

Y sonríe al definir el papel que terminó desempeñando:

"Así yo he sido aquí un poco el médico de las plantas".

Aquello le abrió muchas puertas y le permitió conocer desde dentro una viticultura que le fascinó por otra razón: encontró todavía una forma de elaborar que percibía como natural y ligada directamente a la tierra.

Un suizo convertido en embajador de Galicia

En la Suiza alemana, Kammerer terminó adquiriendo fama de "embajador" del vino gallego. Cuando Galicia aparece en algún acto o iniciativa, explica, no es extraño que recurran a él.

Llegó incluso a organizar para el Ayuntamiento de Zúrich una gran exposición dedicada a la cultura gallega y, naturalmente, a sus vinos.

"A mis paisanos les interesaba el internacionalismo de Galicia".

Esa experiencia le lleva a mirar con preocupación los actuales debates sobre el cierre de fronteras. Para Kammerer, Galicia ofrece justamente el ejemplo contrario: una sociedad construida también mediante salidas, regresos e intercambios.

Recuerda Hío y a aquellas familias marcadas por la emigración a Buenos Aires.

"Estas cosas forman parte de la cultura".

Un fotógrafo frente a Fraga

La vida de Bruno Kammerer, sin embargo, desborda ampliamente el vino.

Su relación con España se remonta a comienzos de los años sesenta, cuando empezaba el gran crecimiento del turismo europeo. Una agencia alemana de fotografía le había encargado realizar imágenes sobre la cultura española.

Llegó a Madrid, pero necesitaba autorización oficial para trabajar como periodista extranjero y no la consiguió.

Cuando estaba dispuesto a regresar a Suiza, una empleada suiza vinculada al consulado español conoció su caso. La intervención consular cambió el rumbo de aquella historia: le recomendaron entrevistarse con el recién nombrado ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, y le facilitaron una carta de presentación.

Kammerer volvió a Madrid. Llamó al teléfono que le habían proporcionado y, según recuerda, fue recibido al día siguiente.

Le contó a Fraga lo ocurrido.

"Fraga dio un puñetazo en la mesa y exclamó: “¡Coño!”. Así fue mi primera entrevista con don Manuel".

El ministro le explicó que aquel asunto no dependía directamente de él, pero decidió ayudarle. Kammerer salió con cartas de recomendación que facilitarían su trabajo fotográfico por España.

Su cámara acabaría encontrándose con una realidad muy diferente de la imagen turística que comenzaba a proyectarse hacia Europa. Bruno recuerda haber fotografiado aquella España pobre y rural que él denomina la «España negra».

Arte, política y vino

Para comprender al personaje hay que regresar todavía más atrás.

"Mi origen es de artista. Vengo de la Facultad de Bellas Artes. He trabajado en estudios de arte. Esa es mi base".

La otra, explica, es la política.

Cuenta que procede de una familia de tradición socialista y conserva una historia familiar extraordinaria: según su relato, Lenin, durante su etapa de exilio en Suiza antes de la Revolución rusa, llegó a convivir con su familia.

"Yo soy socialista puro, de abajo a arriba. Me he formado en esa combinación de arte y política".

Diseño gráfico, publicidad, fotografía, arte, política y viticultura pueden parecer mundos alejados, pero Kammerer encuentra un hilo que los conecta: preguntarse siempre por qué unas cosas funcionan y otras no.

Eso mismo le sucedió al descubrir el vino.

"Cuando de joven encontré esa bebida que se llama vino, me interesé por de dónde era y por qué hay mejor y peor".

Y decidió estudiarlo.

El recuerdo de Santiago Ruiz

Su memoria está llena de nombres que forman parte de la historia reciente del vino gallego. Entre ellos aparece Santiago Ruiz, a quien recuerda haber ayudado cuando comenzaba y «no tenía una sola uva».

Kammerer destaca especialmente algo que considera fundamental en aquel proyecto: viajar y buscar las variedades más adecuadas.

"Ha hecho un buen vino", resume.

Para Bruno, esos proyectos capaces de crecer sin renunciar a la calidad ayudan a establecer referencias para todo el sector.

Pero su mirada vuelve enseguida hacia el otro extremo: las pequeñas bodegas.

"Las pequeñas propiedades son las raíces de la economía"

Quizá sea aquí donde el veterano catador se muestra más vehemente.

Considera que las administraciones deberían prestar especial atención al pequeño productor, precisamente porque la estructura histórica de la propiedad gallega ha descansado sobre explotaciones de dimensiones reducidas.

"Las pequeñas propiedades gallegas son las raíces de la economía".

Defiende ayudas que permitan al propietario continuar cuando dispone del conocimiento y del producto, pero carece de capacidad económica para competir o modernizarse.

Y vuelve a conectar sus mundos.

"En el vino como en la política y en el arte siempre hay que pensar en la parte económica".

Lo mismo, dice, ocurre con la financiación cultural.

Porque para Bruno no existe una frontera clara entre una botella y una obra artística cuando ambas expresan un territorio.

"El vino también es cultura".

Una relación con Galicia que viene de lejos

Su vinculación pública con el Condado tampoco es reciente. En 2008 fue elegido pregonero de la 49 edición de la Festa do Viño do Condado do Tea. Entonces ya era presentado como diseñador y publicista suizo, miembro del Consello de Arte de Zúrich, diplomado en viticultura y miembro de la Hermandad de los Vinos Gallegos.

Han pasado dieciocho años.

Ahora tiene 90 y acaba de cumplir medio siglo en el panel de cata de Rías Baixas. Ya no posee aquella casa de Hío ni las dos hectáreas donde cultivaba sus cepas.

Pero sentado en un banco de Salvaterra, Bruno Kammerer continúa pensando en la próxima viña.

Quizá esa imagen explique mejor que cualquier currículo quién es este suizo-gallego: después de toda una vida oliendo, probando y estudiando los vinos de Galicia, todavía tiene ganas de volver a plantar.