España aparece una y otra vez en el mapa internacional del consumo de benzodiacepinas. Un ejemplo: datos atribuidos a la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE/INCB) sitúan a España en 2020 cerca de 110 dosis diarias por cada 1.000 habitantes, por encima de países como Bélgica (84) o Portugal (80).
La foto nacional la completa la encuesta EDADES 2024 (Plan Nacional sobre Drogas), que confirma que los hipnosedantes —con o sin receta— forman parte ya del consumo habitual de una parte importante de la población. El estudio indica que el 27,4% de las personas de 15 a 64 años los ha tomado alguna vez en la vida, y el 12,0% lo hizo en los últimos 12 meses, con una brecha clara por sexo: 14,7% en mujeres frente a 9,3% en hombres.
Aunque el resumen ejecutivo no detalla el uso “a diario”, varios informes autonómicos que explotan EDADES apuntan a una referencia nacional del 4,5% de consumo diario en los últimos 30 días.
El patrón también es nítido por edad: el uso de fármacos con potencial adictivo (entre ellos hipnosedantes) aumenta a partir de los 35 años, y la edad media de inicio aparece tardía, en torno a los 34,4 años.
¿Por qué aquí? La “solución rápida” en una vida sin pausa
Especialistas en adicciones y salud mental llevan años señalando un fenómeno que va más allá de la farmacología: la normalización cultural de “funcionar” a cualquier precio. En palabras de Guillermo Acevedo, socio fundador y terapeuta de la red Esvidas, vivimos “en un entorno gobernado por el estrés, la inmediatez y la multifuncionalidad”, lo que facilita que muchos perciban las benzodiacepinas como una vía rápida para gestionar problemas cotidianos (declaraciones difundidas en una nota de prensa del sector).
A ese contexto se suman factores estructurales: consultas saturadas, poco tiempo por paciente y una demanda creciente de respuestas inmediatas. El resultado —denuncian profesionales sanitarios y entidades sociales— es un sistema que, sin pretenderlo, puede empujar a la medicalización del malestar: dormir, rendir, aguantar, seguir.
EDADES aporta pistas que encajan con ese diagnóstico. No solo crece el consumo, también crece la percepción de disponibilidad: una parte significativa de la población cree que podría conseguir hipnosedantes con facilidad en 24 horas, incluso cuando el acceso debería estar condicionado por la prescripción y el control.
El coste oculto: tolerancia, dependencia y una salida difícil
El problema no es la existencia del medicamento, sino su uso prolongado o fuera de indicación. Las benzodiacepinas pueden ser eficaces en crisis de ansiedad o insomnio puntuales, pero los riesgos aumentan cuando el consumo se cronifica: tolerancia (necesidad de más dosis para el mismo efecto), dependencia y dificultades reales para retirar el tratamiento sin acompañamiento clínico.
España lidera el consumo, sí, pero la pregunta de fondo es otra: ¿por qué necesitamos tantos hipnosedantes para sostener el día a día?
Campañas institucionales y profesionales empiezan a verbalizarlo sin rodeos. En Asturias, el Servicio de Salud puso en marcha #DormirSinPastillas para mejorar la prescripción de benzodiacepinas asociadas al insomnio y evitar que se conviertan en tratamientos crónicos.
En Andalucía, el programa BenzoStopJuntos trabaja con información y materiales educativos desde Atención Primaria y farmacias comunitarias para reducir el uso inadecuado.
El enfoque es claro: si el fármaco es un “puente”, no puede acabar convirtiéndose en la carretera principal.
¿Dónde están las alternativas? Terapia, educación sanitaria y tiempo asistencial
Aquí aparece una de las grandes preguntas: si tantas personas recurren a la “pastilla”, ¿cuántas tienen acceso real a alternativas no farmacológicas? En el caso del insomnio, por ejemplo, la terapia cognitivo-conductual para el insomnio (TCC-I) está recomendada en guías clínicas y se considera una opción eficaz, pero su implantación es limitada por falta de recursos y especialistas, lo que mantiene la preferencia por soluciones rápidas.
El debate, por tanto, es menos moral y más práctico: un país que duerme peor, vive más rápido y soporta más presión necesita políticas que vayan más allá del fármaco. Más psicoterapia accesible, más educación sanitaria, más seguimiento en Atención Primaria y más herramientas comunitarias para reducir el estrés y mejorar el descanso.
Una cuestión colectiva: del botiquín a la salud pública
Las cifras no hablan solo de decisiones individuales. Hablan de una sociedad que ha convertido el malestar en rutina y el tratamiento en costumbre. España lidera el consumo, sí, pero la pregunta de fondo es otra: ¿por qué necesitamos tantos hipnosedantes para sostener el día a día?
La respuesta incomoda porque obliga a mirar de frente la precariedad emocional, la falta de descanso, la presión laboral, la soledad y la escasez de alternativas. Y porque interpela también a un sistema sanitario que, con el agua al cuello, puede acabar recetando tiempo químico cuando lo que falta —precisamente— es tiempo humano.
