martes. 14.07.2026

Hay reconocimientos que celebran una trayectoria profesional, una obra artística o una vida dedicada a una determinada disciplina. Y hay otros que, más allá de los méritos visibles, distinguen una manera de estar en el mundo. La medalla concedida a la pintora gallega Carmen Touza por su colaboración con la Santa Casa da Misericórdia de Braga pertenece a esta segunda categoría.

La artista recibió la distinción en el transcurso de una solemne celebración religiosa, acompañada por un coro cuya intervención contribuyó a crear una atmósfera especialmente emotiva. El acto, celebrado con motivo de la festividad de San Benito, sirvió para agradecer públicamente la entrega de quien ha colaborado de manera continuada con las labores sociales, asistenciales y culturales desarrolladas por la institución bracarense.

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Sin embargo, para comprender el verdadero significado del homenaje es necesario mirar más allá de la medalla. Detrás de ella se encuentran numerosas horas compartidas con personas mayores, usuarios de residencias, personas dependientes y ciudadanos con diferentes discapacidades. Se encuentran también las clases impartidas por Carmen Touza en centros asistenciales de Braga, las conversaciones nacidas alrededor de una pintura, las manos que volvieron a acercarse a un pincel y los momentos en los que el arte se convirtió en una forma de compañía.

La propia artista explica que cada año, coincidiendo con el día de San Benito, se entrega una medalla a la persona que haya colaborado de manera destacada con las actividades de la casa. En esta ocasión, la institución quiso reconocer su implicación con los mayores y con algunos de los colectivos que necesitan una atención más próxima y personalizada.

Touza ha impartido clases y talleres en las residencias vinculadas a la Santa Casa da Misericórdia de Braga, trabajando no solamente con personas mayores, sino también con usuarios en situación de dependencia o con distintas limitaciones físicas o intelectuales. En esos encuentros, la pintura dejó de ser únicamente una práctica artística para transformarse en estímulo, comunicación, memoria, entretenimiento y afecto.

Su contribución, además, no se limitó a las actividades presenciales. La pintora destinó a los proyectos de la institución los fondos recaudados mediante la venta de reproducciones y camisetas inspiradas en sus obras. También donó pinturas destinadas a la recepción de la nueva residencia-hospital impulsada por la Santa Casa.

Este compromiso da continuidad a la relación que la artista mantiene desde hace tiempo con Braga y con la histórica institución asistencial portuguesa. En 2025 presentó en el Palacio do Raio la exposición “Oráculo de Carmen Touza para el Palacio Azul”, concebida como una iniciativa artística y solidaria cuya recaudación se destinó a apoyar la construcción y finalización de una residencia para personas mayores. La muestra incorporó visitas guiadas, pintura en directo y actividades participativas, convirtiendo el emblemático edificio bracarense en un espacio de encuentro entre cultura y acción social.

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Durante aquel proyecto, usuarios de los servicios de apoyo a la tercera edad de la Misericórdia de Braga visitaron la exposición, conversaron con la artista, asistieron a sesiones de pintura en vivo y tuvieron la oportunidad de expresarse sobre sus propios lienzos. Aquellas jornadas mostraron una de las convicciones centrales de Touza: el arte no debe permanecer aislado en galerías o colecciones, sino que puede entrar en los espacios cotidianos, acercarse a las personas y convertirse en una experiencia compartida.

La exposición alcanzó una importante respuesta de público y permitió recaudar fondos para el proyecto asistencial. A ello se sumaron la donación de obras, la creación de reproducciones y diferentes acciones benéficas ligadas al universo plástico de la pintora.

Más recientemente, Carmen Touza volvió a colaborar con la Santa Casa da Misericórdia de Braga mediante una intervención pictórica en directo durante la interpretación de una obra de Schubert por un cuarteto de cuerda en el Palacio do Raio. La acción volvió a unir música, pintura y solidaridad para apoyar la futura residencia-hospital de Braga.

Una medalla recibida desde la gratitud, no desde la vanidad

Cuando Carmen Touza habla de la distinción, lo hace con agradecimiento, pero también con una profunda humildad. Insiste en que nunca colaboró esperando una recompensa y que las actividades realizadas nacieron de una voluntad espontánea de ayudar.

«Lo hice con todo mi amor, no para que me dieran ninguna medalla, aunque la agradecí con todo mi corazón», afirma.

Sus palabras alejan el reconocimiento de cualquier lectura basada en el protagonismo personal. Para ella, la medalla no constituye el objetivo de su entrega, sino una consecuencia inesperada de algo que considera natural. Ayudar, acompañar y compartir su capacidad artística son actos que, según explica, le salen del alma.

La pintora llega incluso a preguntarse si merece una distinción de estas características por una labor que nunca ha entendido como una obligación o un sacrificio.

«No sé si merezco semejante distinción por algo que me sale del alma. Ayudar es lo menos que debemos hacer cuando tenemos el don de entretener», reflexiona.

En esa frase se resume buena parte de su concepción del arte. Touza habla de “entretener”, pero la experiencia desarrollada en las residencias de Braga alcanza una dimensión más profunda. En contextos marcados por la edad, la enfermedad, la dependencia o la soledad, entretener puede significar devolver la curiosidad, romper la monotonía, despertar recuerdos o favorecer una forma de expresión que no siempre encuentra salida mediante las palabras.

Un taller de pintura puede convertirse en una ventana abierta dentro de una rutina asistencial. Elegir un color, trazar una línea o contemplar cómo otra persona pinta permite recuperar la capacidad de decidir, imaginar y crear. También genera conversación y fortalece vínculos entre residentes, profesionales, familiares y voluntarios.

Por eso, el trabajo de Carmen Touza en los centros de Braga no puede medirse solamente por el número de clases impartidas o por las obras donadas. Su aportación reside también en el tiempo ofrecido, en la disposición para escuchar y en la voluntad de tratar a cada participante como una persona capaz de experimentar y producir belleza.

La solemnidad de un acto profundamente emotivo

La entrega de la medalla tuvo lugar durante una misa solemne. La música coral acompañó una ceremonia marcada por la emoción y por el carácter espiritual de la institución.

Para la artista, aquel momento resultó especialmente intenso. La solemnidad del oficio religioso, las voces del coro y la presencia de las personas vinculadas a la Santa Casa convirtieron el homenaje en una experiencia difícil de separar de los rostros y las historias que había conocido durante sus visitas a las residencias.

La medalla representaba públicamente una labor que, en gran medida, había sido realizada en la intimidad de los centros: junto a una mesa de trabajo, delante de un lienzo, ayudando a sostener un pincel o conversando con alguien que necesitaba sentirse acompañado.

Ese contraste entre la visibilidad de la ceremonia y la discreción del trabajo cotidiano explica la mezcla de gratitud y pudor con la que Touza recibió la distinción. La pintora agradeció el reconocimiento de corazón, pero quiso dejar claro que sus actos no estuvieron motivados por la posibilidad de ser premiada.

La Santa Casa da Misericórdia de Braga desarrolla una amplia misión social y asistencial y mantiene una tradición de reconocimiento hacia las personas que contribuyen a sus diferentes áreas de intervención. La institución ha celebrado en distintas ocasiones ceremonias religiosas y actos de convivencia para agradecer la dedicación de trabajadores y colaboradores, subrayando el valor humano de quienes sostienen sus iniciativas.

En este contexto, la distinción a Carmen Touza reconoce una colaboración externa que ha logrado integrar creación artística, voluntariado, sensibilización cultural y captación de fondos.

Pintar para quienes no siempre pueden acudir a los museos

Uno de los elementos más relevantes de la labor desarrollada por la artista es el desplazamiento del arte hacia lugares donde habitualmente tiene una presencia limitada.

No todas las personas pueden visitar una exposición. La movilidad reducida, la enfermedad, el deterioro cognitivo o la necesidad de asistencia permanente pueden convertir una salida cultural en algo excepcional o imposible. Al acudir a las residencias, Carmen Touza invirtió la lógica habitual: no esperó a que el público llegara hasta la obra, sino que llevó la experiencia artística hasta quienes más dificultades podían tener para acceder a ella.

Touza con trabajadores de la Santa Casa de la Misericordia en el Palacio del Raio.
Touza con trabajadores de la Santa Casa de la Misericordia en el Palacio del Raio.

Este gesto posee un importante significado social. Implica entender la cultura no como un privilegio, sino como una dimensión esencial de la vida humana. Las personas mayores y dependientes no necesitan únicamente cuidados médicos, alimentación o seguridad. También necesitan estímulos, emociones, conversación, belleza, reconocimiento y oportunidades para expresarse.

La pintura ofrece un lenguaje especialmente valioso en estos entornos. No exige una preparación académica ni una habilidad concreta. Puede disfrutarse observando, tocando materiales, mezclando colores o simplemente compartiendo el proceso creativo de otra persona.

En las sesiones dirigidas por Touza, cada participante pudo acercarse al arte desde sus propias posibilidades. Para algunos, pintar representó una forma de ejercitar la coordinación. Para otros, un camino hacia los recuerdos. Para muchos, fue sencillamente una actividad agradable que permitió escapar durante un tiempo de las preocupaciones y limitaciones cotidianas.

También quienes no podían participar activamente encontraron en la presencia de la artista una ocasión para observar, preguntar y conversar. Esa capacidad del arte para reunir a personas muy distintas constituye una de las claves de la iniciativa.

El arte como servicio

La trayectoria solidaria de Carmen Touza en Braga invita a reflexionar sobre el papel social de los creadores.

La historia del arte está llena de obras concebidas para embellecer espacios, preservar memorias, transmitir ideas o explorar emociones. Pero el arte también puede asumir una función comunitaria directa. Puede recaudar fondos, dar visibilidad a una necesidad social, humanizar una residencia o generar experiencias significativas para personas vulnerables.

Touza ha recorrido todas esas dimensiones. Ha pintado, ha enseñado, ha acompañado, ha donado y ha puesto la difusión de su obra al servicio de un proyecto colectivo.

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Con trabajadores y colaboradores del Palacio del Raio, en Braga. 

Las reproducciones y camisetas basadas en sus pinturas permitieron que las imágenes circularan más allá de la exposición y, al mismo tiempo, contribuyeran económicamente a las iniciativas asistenciales. Las obras destinadas a la recepción de la nueva residencia-hospital tendrán otra función: acompañar a quienes entren en el edificio, crear una atmósfera acogedora y recordar que aquel espacio también fue construido mediante la solidaridad.

Una obra instalada en la entrada de una residencia no es un elemento meramente decorativo. Puede convertirse en una presencia cotidiana para usuarios, familias y trabajadores. Puede recibir a quienes llegan con preocupación, acompañar tiempos de espera y aportar calidez a un lugar vinculado al cuidado y a la enfermedad.

Desde esta perspectiva, las pinturas donadas por Carmen Touza prolongarán su colaboración incluso cuando la artista no esté físicamente presente. Sus colores y figuras permanecerán integrados en la vida diaria del centro.

Entre Galicia y Portugal

El reconocimiento recibido en Braga posee, además, una dimensión simbólica para las relaciones culturales entre Galicia y el norte de Portugal.

La colaboración de una artista gallega con una institución portuguesa vuelve a poner de manifiesto la cercanía histórica, geográfica y emocional existente a ambos lados de la frontera. Galicia y el Minho comparten sensibilidades, paisajes, tradiciones y formas de entender la comunidad que han favorecido numerosos intercambios culturales.

Carmen Touza ha encontrado en Braga un espacio de acogida para su obra y, al mismo tiempo, una comunidad con la que establecer vínculos humanos. Su presencia en el Palacio do Raio, sus actividades con los mayores y su colaboración con la Santa Casa han ido construyendo una relación que supera el marco puntual de una exposición.

Braga no ha sido solamente una ciudad en la que mostrar cuadros. Se ha convertido en un lugar de implicación personal. La artista ha entrado en sus residencias, ha conocido a sus usuarios, ha participado en proyectos benéficos y ha contribuido a una infraestructura destinada al cuidado.

La medalla reconoce, por tanto, no solo una sucesión de acciones, sino la calidad del vínculo creado entre la pintora y la comunidad bracarense.

La humildad como parte del reconocimiento

En una época en la que muchas acciones se acompañan de una inmediata exposición pública, la reacción de Carmen Touza resulta especialmente significativa. La artista pide que no se exagere su contribución y recuerda que actuó por amor, sin esperar ninguna recompensa.

Su resistencia a convertir la solidaridad en propaganda no reduce el valor de lo realizado. Al contrario, ayuda a comprenderlo.

La medalla no premia una estrategia de imagen. Reconoce una disponibilidad personal mantenida en el tiempo. Reconoce a una mujer que decidió poner su talento, sus obras y una parte de sus recursos al servicio de personas a las que quizá nunca habría conocido de no existir esta colaboración.

La humildad de Touza también plantea una cuestión esencial: muchas de las acciones que sostienen la vida comunitaria nacen precisamente de personas que consideran que lo que hacen no tiene nada de extraordinario.

Quien ayuda por convicción suele restar importancia a su esfuerzo. Quien acompaña desde el afecto tiende a pensar que cualquier otra persona habría hecho lo mismo. Sin embargo, las instituciones saben que esa disponibilidad no debe darse por sentada. Reconocerla es una forma de agradecerla y también de mostrar a la sociedad que la generosidad puede adoptar formas concretas y transformadoras.

Crear también es cuidar

El homenaje a Carmen Touza confirma que el cuidado puede expresarse mediante muchos lenguajes.

Se cuida atendiendo una necesidad médica, preparando una comida o ayudando a una persona a desplazarse. Pero también se cuida escuchando, provocando una sonrisa, ofreciendo una actividad estimulante o haciendo que alguien se sienta capaz de crear.

La pintora llevó a las residencias los instrumentos que mejor conoce: los colores, los pinceles, los lienzos y la imaginación. Con ellos construyó momentos de libertad dentro de espacios organizados necesariamente alrededor de horarios, tratamientos y cuidados.

En sus talleres, las personas participantes dejaron de ser únicamente usuarios o pacientes. Durante el proceso creativo fueron autores, observadores, críticos, compañeros y narradores de sus propias experiencias.

Esa transformación, aunque sea temporal, posee un enorme valor. Devuelve protagonismo a personas que con frecuencia ven reducida su autonomía. Les permite tomar decisiones, compartir gustos y demostrar que la creatividad no desaparece con la edad ni queda anulada por la dependencia.

El mérito de iniciativas como la de Carmen Touza no reside en prometer que el arte puede resolver todos los problemas, sino en reconocer que puede hacer la vida más habitable. Puede aliviar una tarde difícil, abrir una conversación o dar forma a una emoción que permanecía escondida.

Una distinción que pertenece también a quienes participaron

Aunque la medalla lleva el nombre de Carmen Touza, el relato del reconocimiento incluye a muchas otras personas.

Incluye a los residentes que aceptaron pintar o contemplaron las sesiones; a los profesionales que facilitaron las actividades; a quienes adquirieron copias, camisetas u obras para apoyar la causa; a los responsables de la Santa Casa que impulsaron la colaboración y a todos aquellos que participaron en la organización de exposiciones y actos culturales.

La solidaridad raramente es un gesto aislado. Suele funcionar como una cadena en la que una acción anima a otra. La artista aporta su obra; una institución abre sus puertas; el público responde; los profesionales acompañan y los recursos obtenidos regresan a la comunidad convertidos en servicios o infraestructuras.

La nueva residencia-hospital de Braga constituye el horizonte material de buena parte de este esfuerzo. La implicación de Touza ayudó a dar visibilidad al proyecto, a recaudar fondos y a vincular su construcción con una experiencia cultural capaz de movilizar sensibilidades.

Cuando las pinturas donadas ocupen la recepción del centro, representarán también esa red de colaboración. Serán testimonio de que el edificio no surgió únicamente de decisiones administrativas o aportaciones económicas, sino también de la voluntad de muchas personas de contribuir desde sus capacidades.

Una medalla que no cambia el motivo inicial

Tras la ceremonia, el sentido profundo de la historia permanece intacto.

Carmen Touza seguirá considerando que ayudar es una responsabilidad natural cuando se posee un talento capaz de alegrar o acompañar a otros. La medalla no modifica el origen de su compromiso ni transforma su gesto en una búsqueda de reconocimiento.

Pero la distinción sí permite que una labor realizada con discreción sea conocida y valorada. También ofrece un ejemplo de cómo un artista puede relacionarse con la sociedad más allá de la producción y exhibición de sus obras.

La pintura de Touza ha salido del lienzo para convertirse en una forma de presencia. Ha entrado en residencias, ha acompañado a personas dependientes, ha generado recursos y ha contribuido a imaginar un espacio asistencial más humano.

En ese recorrido, la artista no ha dejado de ser pintora. Al contrario, ha llevado su oficio hasta una de sus posibilidades más esenciales: la de conectar personas.

La solemne misa, las voces del coro y la entrega de la medalla hicieron visible, durante unos minutos, una historia construida a través de pequeños gestos. Una historia de clases, visitas, cuadros, reproducciones, camisetas y encuentros. Una historia en la que la creación artística se puso al servicio de quienes necesitaban compañía y estímulo.

Carmen Touza recibió la distinción con emoción y con el convencimiento de no haber hecho nada excepcional. Tal vez sea precisamente ahí donde reside la grandeza del homenaje: en reconocer como extraordinaria una generosidad que su protagonista considera simplemente humana.

La medalla quedará como recuerdo de una ceremonia emotiva. Las obras permanecerán en la nueva residencia-hospital. Pero la huella más profunda será difícil de colgar en una pared o guardar en una vitrina. Estará en quienes encontraron en una clase de pintura una tarde diferente, en quienes volvieron a crear con sus manos y en quienes, durante unas horas, sintieron que alguien había acudido hasta allí para compartir con ellos su tiempo, su arte y su corazón.

Carmen Touza, el arte que se convierte en compañía, recibe en Braga una medalla por su...
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