Hay días en los que resulta difícil separar la fe de la tradición, la historia de la leyenda y la celebración religiosa de esa otra fiesta popular que durante generaciones ha reunido a familias enteras. El 8 de septiembre es uno de ellos en A Franqueira.
Y este año hubo incluso tiempo para mirar al cielo.
Las nubes amenazaban una de las escenas más esperadas de la jornada, pero la procesión pudo completar su recorrido. Nuestra Señora de A Franqueira avanzó sobre su tradicional carro tirado por bueyes, acompañada por los fieles, las danzas y uno de esos paisajes humanos que se repiten cada septiembre en las montañas de A Paradanta.
Solo después de que el carro alcanzase nuevamente el templo y la imagen quedase recogida en el santuario comenzó a llover con intensidad.
Para el creyente quedará la interpretación. Para el cronista, la coincidencia: la lluvia esperó a la Virgen.
El "cumpleaños" de María
Popularmente puede hablarse del cumpleaños de la Virgen porque el 8 de septiembre la Iglesia celebra la Natividad de la Bienaventurada Virgen María. Este año, el santuario preparó la festividad bajo el lema "La Virgen María, fuente de luz y de vida", dentro de un programa religioso iniciado el 30 de agosto y que se prolongará con diferentes celebraciones hasta el 24 de octubre.
La misa solemne de las 12.00 horas estuvo presidida por Antonio José Valín Valdés, obispo de Tui-Vigo, acompañado por sacerdotes, entre ellos el rector del santuario, Javier Alonso Docampo.
Pero en A Franqueira la celebración no acaba cuando termina la misa.
Es entonces cuando el templo abre sus puertas y comienza uno de los rituales religiosos y etnográficos más singulares de Galicia.
Una Virgen sobre un carro de bueyes
La imagen vuelve a salir sobre un carro tirado por bueyes.
No es un elemento decorativo incorporado para hacer más pintoresca la romería. El carro remite directamente a una antigua leyenda asociada al nacimiento del propio santuario.
Cuenta la tradición que la imagen de la Virgen fue encontrada por una anciana en una zona escarpada del monte. Ante las dificultades para levantar allí un templo y las discrepancias sobre dónde construirlo, los vecinos habrían colocado la talla en un carro tirado por bueyes con los ojos vendados y sin guía. El lugar hacia el que condujesen el carro determinaría dónde debía levantarse la iglesia. Turismo de Galicia recoge esta leyenda como explicación de que cada 8 de septiembre la Virgen vuelva a procesionar de esta manera.
Siglos después, los animales continúan caminando delante de la Virgen.
Y quizá ahí se encuentre buena parte de la fascinación de A Franqueira: no se representa simplemente una tradición; se vuelve a hacer aquello que la tradición cuenta.
Danzas ante la Virgen
Alrededor del carro aparecen las Danzas Brancas, otra de las imágenes inseparables de esta jornada.
Los danzantes acompañan a Nuestra Señora y convierten el atrio y el recorrido procesional en un escenario donde el movimiento, la música y la devoción popular se encuentran.
Turismo de Galicia describe tres parejas de danzantes que trenzan y destrenzan las cintas sujetas a un varal durante el recorrido.
No son únicamente folclore contemplado desde fuera. Forman parte de una celebración que ha sobrevivido porque unas generaciones han enseñado a las siguientes qué hacer cuando vuelve a llegar el 8 de septiembre.
El moro y el cristiano vuelven a encontrarse
Y después llega otra de las estampas que distinguen esta romería de muchas otras celebraciones marianas: el enfrentamiento dialéctico entre el moro y el cristiano.
Los dos personajes vuelven a medirse ante la Virgen mediante un diálogo que hunde sus raíces varios siglos atrás. Turismo de Galicia señala que esta recreación aparece recogida ya en un pergamino del siglo XVII.
La escena puede sorprender a quien llegue por primera vez a A Franqueira. Para quienes han crecido alrededor de la romería forma parte de un lenguaje conocido: la Virgen, los bueyes, las danzas y el antiguo drama regresan juntos cada septiembre.
No son piezas independientes de un museo etnográfico. Son patrimonio vivo.
Un santuario con raíces medievales
La profundidad histórica del lugar ayuda a comprender por qué A Franqueira ocupa un espacio tan especial dentro de la religiosidad popular gallega.
El santuario está enclavado en los montes de A Paradanta y aparece documentado como monasterio benedictino desde el siglo XI, aunque Turismo de Galicia sitúa mucho más atrás la tradición de culto a la imagen mariana. El templo actual conserva elementos románicos y góticos.
Hasta aquí han llegado durante generaciones peregrinos no solo de Galicia, sino también del Norte de Portugal, circunstancia especialmente significativa en una devoción asentada en este territorio fronterizo.
A Franqueira celebra además dos grandes encuentros anuales alrededor de la Virgen. El lunes de Pentecostés tienen lugar las conocidas "Pascuíllas"; el 8 de septiembre, la romería de la Natividad. Ambas celebraciones están reconocidas como Fiesta de Interés Turístico de Galicia.
Del santuario al pulpo
Pero una romería gallega se entiende también fuera de la iglesia.
Mientras unos llegan para asistir a misa, cumplir una promesa, encender una vela o acompañar a la Virgen, otros prolongan la jornada entre familiares y amigos. Alrededor del santuario reaparece cada septiembre ese otro paisaje inseparable de las grandes romerías: puestos, mercancías, pan, velas y mesas en las que el pulpo y el churrasco convierten la celebración en una jornada de convivencia.
Lo sagrado y lo festivo no necesitan darse la espalda.
Conviven.
Quizá esa sea una de las razones por las que A Franqueira continúa atrayendo a personas que se acercan desde motivaciones diferentes. Para unas es, ante todo, un lugar de fe; para otras, una tradición recibida de padres y abuelos; para el visitante, además, constituye una extraordinaria puerta de entrada a una parte de la cultura popular gallega.
Y entonces comenzó a llover
Este 8 de septiembre el cielo terminó incorporándose también al relato.
Durante la procesión aguantó.
Los bueyes pudieron completar su camino. La Virgen recorrió el entorno del santuario. Las danzas volvieron a ejecutarse y moro y cristiano recuperaron su antigua disputa.
Nuestra Señora regresó finalmente a la iglesia.
Y entonces sí.
La lluvia comenzó a caer con fuerza.
Habrá quien hable simplemente de meteorología y quien prefiera ver algo más en la oportunidad de esas primeras gotas. Las romerías antiguas tienen precisamente esa capacidad para permitir que lo cotidiano y lo extraordinario compartan espacio sin necesidad de resolver cuál de los dos tiene razón.
Porque A Franqueira sigue siendo eso: una Virgen, un santuario entre montañas, un carro tirado por bueyes, unas danzas transmitidas durante generaciones, una antigua historia entre un moro y un cristiano y una comunidad que, cada 8 de septiembre, vuelve a encontrarse alrededor de todos ellos.
Este año, además, con una última imagen difícil de olvidar: la puerta del santuario cerrándose tras la Virgen mientras, fuera, el cielo comenzaba por fin a descargar.
