La felicidad no viene de serie cuando naces; es una conducta que se construye en el tiempo. La madurez personal es el primer paso que abre ese camino, si bien se necesita una preparación previa para asentar unos pilares internos que construyan la estabilidad emocional. Esto permitirá aplicar las claves con mayor coherencia. La felicidad es una herramienta preventiva que ayuda a combatir enfermedades y mejora la calidad de vida. La salud orgánica (física) y psicológica (emocional) forman un solo sistema: la verdadera felicidad se encuentra en el equilibrio orgánico, mental y social.
Algunas de las claves que orientan la relación del ser humano con el mundo y sostienen el bienestar tienen que ver con la actitud, la autoaceptación, la autenticidad (ser coherente entre el ser y el actuar) y el altruismo (ayudar a los demás de forma constructiva). Son la base de una vida equilibrada. El escenario propicio que nos encamina a la felicidad contribuye a la salud, ya que las personas que viven felices suelen tener mejor calidad de vida. Un factor que ayuda a ello es la resiliencia, fundamental para resistir la presión del entorno, afrontar las adversidades y adaptarse a situaciones complejas, manteniendo la estabilidad emocional. Los hábitos de vida saludables sostienen la salud y el bienestar.
Tener un buen talante y una actitud positiva ante la vida implica sumir que habrá obstáculos en el camino, pero sabiendo que los vamos a superar. El éxito está en saber afrontar la adversidad y adaptarse a los desafíos inevitables de cada día. La psicología positiva y una actitud proactiva siempre va a propiciar la autoeficacia y a mejorar los resultados.
La autoaceptación -aceptar y valorar la propia vida sin anhelar la ajena- refuerza la autoestima y evita caer en la frustración, que surge a causa de las ambiciones desmedidas o de desear metas imposibles. Actuar con realismo ayuda a reducir el estrés y refuerza la estabilidad emocional.
Ser auténtico significa ser siempre la misma persona; es una cuestión de coherencia personal. De ahí la importancia de la autenticidad, que revela valores cuando desaparecen las máscaras. En escenarios adversos emerge la verdadera identidad. La doble moral -tener dos caras, la real y la que se quiere presentar al mundo- tarde o temprano queda al descubierto. Es imposible que dos personalidades convivan juntas mucho tiempo sin que salga a la luz la identidad real. La autenticidad debe prevalecer sobre la apariencia. Además, la falsedad eleva el estrés y perjudica la salud. Actuar contra los propios valores genera un desgaste mental que agota, mientras que mostrarse tal cual uno es, con fortalezas y debilidades, proporciona bienestar subjetivo y vitalidad.
El altruismo es la clave más determinante, la persona más feliz es la que lo da todo sin esperar nada a cambio; te reconforta ser útil, te hace sentir bien, da estabilidad emocional y proporciona satisfacción. La salud colectiva también depende de la responsabilidad individual. Este enfoque social proporciona propósito y es el componente más sólido de una vida emocional equilibrada. Cuando se siembra con vocación de servicio y generosidad sin límites, más pronto que tarde se recoge el fruto: la mejor recompensa es el respeto, la admiración y el cariño de las gentes de bien. Sé de lo que hablo por experiencia personal.
