jueves. 23.04.2026

Portugal: La sustancia de la libertad

Hay fechas que no pertenecen al calendario, sino a la metafísica de los pueblos. Para Portugal, el 25 de abril de 1974 es el momento exacto en el que el tiempo dejó de ser una espera para convertirse en una posesión. 
Departamento de Infografía DL-G.
Departamento de Infografía DL-G.

Acabo de releer el magnífico libro de la periodista española Tereixa Constenla sobre la Revolución de los Claveles, un relato esencial para comprender la singularidad de un proceso que transformó la Península Ibérica. La autora logra sintetizar la belleza de un levantamiento donde la decencia se impuso a la dictadura a través de un gesto puramente civil. Como bien escribe la estradense de Arca, el 25 de abril fue la revolución más hermosa del siglo XX, una anomalía romántica en un mundo de jerarquías rígidas, donde los soldados no buscaban el poder, sino la entrega de este a los ciudadanos.

 

Hay fechas que no pertenecen al calendario, sino a la metafísica de los pueblos. Para Portugal, el 25 de abril de 1974 es el momento exacto en el que el tiempo dejó de ser una espera para convertirse en una posesión. No fue solo un golpe de Estado o un cambio de régimen; fue, en palabras de la inolvidable poetisa portuguesa Sophia de Mello, el “día inicial entero y limpio”. Aquella madrugada, los capitanes de abril no solo devolvieron la democracia, sino que permitieron que toda una nación saliera de la noche y el silencio para habitar, por fin, la sustancia del tiempo.

 

El viaje a través de la memoria lusa nos lleva inevitablemente a esa primavera lisboeta, donde el sonido de una canción prohibida, Grândola, Vila Morena, emitida por Rádio Renascença, se convirtió en el santo y seña de la esperanza. La Revolución de los Claveles posee esa estética única y conmovedora de lo que se conquista sin sangre: los fusiles que, en lugar de fuego, escupían pétalos rojos. Fue un milagro cívico nacido de la fatiga de una guerra colonial lejana y de la asfixia de una dictadura, la de Salazar y Caetano, que había pretendido detener el reloj de la historia en un rincón de Europa.

 

Esta es la madrugada que esperaba

El día inicial entero y limpio

Donde salimos de la noche y el silencio

Y libres habitamos la sustancia del tiempo

 

Portugal es un país que se lee con los pies, recorriendo la calzada de azulejos de sus plazas, pero también con el alma, entendiendo esa melancolía que se transforma en dignidad. El 25 de abril nos enseñó que la libertad tiene un aroma concreto, el de la pólvora que no llega a estallar y el de la fraternidad que inunda las calles del Chiado. Fue el reencuentro de Portugal consigo mismo y con su vocación de apertura al mundo.

 

Como bien recordaba la propia Sophia de Mello, la libertad no es un concepto abstracto, sino una presencia física que se siente en el aire que se respira. Habitar la sustancia del tiempo significa dejar de ser figurantes de una historia escrita por otros para convertirse en protagonistas de la propia biografía colectiva. En la Plaza del Comercio, frente al Tajo que todo lo sabe, el pueblo portugués reclamó su derecho a la luz, terminando con décadas de una penumbra que había envejecido los rostros y silenciado las voces.

 

Viajar hoy a Portugal es todavía percibir el eco de aquel entusiasmo. Se nota en la prensa libre e hipercrítica, en sus poetas y escritores de primer orden, y en esa capacidad de modernización que no ha borrado su identidad profunda. El país se ha integrado en la modernidad sin perder esa “saudade” que no es tristeza, sino la conciencia del valor de lo que se ama. La revolución no terminó en los cuarteles; continuó en las escuelas, en las universidades de prestigio y en una sociedad civil que sabe que la libertad es un ejercicio diario.

 

El 25 de abril es la prueba de que los sueños, cuando son compartidos y se visten de justicia, pueden derribar muros sin necesidad de odio. Portugal nos regaló una lección de elegancia política: la de saber que la verdadera victoria no reside en la derrota del otro, sino en la conquista de la libertad para todos. Al final, lo que queda de aquel día limpio es la certeza de que, incluso en la noche más larga, siempre hay una madrugada esperando a quienes se atreven a buscarla.

 

Esa luz que aún nos alumbra permite confirmar que abril no es solo un mes en el calendario portugués; es un estado de ánimo, una geografía de la libertad que sigue interpelando en tiempos de alta volatilidad nuestras democracias actuales desde su aparente fragilidad, como bien concluye Tereixa Constenla.

Portugal: La sustancia de la libertad
Comentarios