Leer para respirar
No son casuales los retornos a lecturas sólidas. La banalidad de las redes, las rutinidades, los lugares comunes no parecen propicios para pasar un verano de elevados calores, noticias de terremotos e incendios, presión atmosférica elevada, como la fiscal o la arterial, desánimo económico y exageradas alegrías, injustificadas o no, que nunca se sabe. El momento, España y yo somos así, incurables, soleados y fatalmente entrañables.
Don Pío Baroja, al que releo en su tomo de memorias, titulado “Desde la última Vuelta del Camino. Galería de Tipos de la Época”, lo dejó advertido en una clasificación célebre sobre la sociedad y la ignorancia, señalando que: “La verdad es que en España hay siete clases de españoles… sí, como los siete pecados capitales. A saber: 1) Los que no saben; 2) los que no quieren saber; 3) los que odian el saber; 4) los que sufren por no saber; 5) los que aparentan que saben; 6) los que triunfan sin saber, y 7) los que viven gracias a que los demás no saben”.
Regresar a Baroja es como hacerlo a una geografía. Estudió Medicina y tras ejercer como médico rural en Cestona, se hizo en Madrid encargado en la panadería Viena Capellanes, que pertenecía a su tía Juana Nessi. Allí empezó a escribir artículos que se decía que tenían mucha miga. Sabía diagnosticar y alimentaba a sus lectores con hallazgos de no siempre bien comprendida ironía, mala leche, o vaya usted a saber qué otras levaduras. Era un observador, un “letra-herido” paseante de librerías, tabucos con literaturas encuadernadas y viejas, puestos callejeros, también se erigía como perspicaz localizador de tipos y tipejos, de personajes, pero sobre todo como cazador de adjetivos con los que describir con sorpresa propia a los ajenos, asomándose al balcón de la vida y cronificándola o corrigiéndola en aquello que consideraba digno de contar, denunciar, elevar o hundir con una autoridad tan personal como controvertida.
Las novelas de Baroja son “como un tranvía donde los personajes entran y salen sin rumbo fijo”, en palabras de Ramón Pérez de Ayala, citado a su vez por un Francisco Umbral que consideraba al primero, a don Pío, “un escritor de mesa camilla, sin recursos ni imaginación, sin gran interés por el mundo ni para el mundo”. En la opinión del vallisoletano se testimonia que también hay varias clases de escritores, tantas como de críticos, de envidias o de subjetividades, y, eso sí, una libertad común de expresión y de mala leche sin cupo.
Reflexiona el de San Sebastián, en el libro que repaso, que en unos casos la raíz de la vida será la angustia, en otros la rabia, en otros la desesperación, en otros la ambición y el orgullo, en otros la esperanza, y en algunos, muy pocos, la bondad y la santidad.
Entre los muchos sueltos e improperios varios, cuenta una anécdota que encuentro deliciosa. Resalta: “La raza menos rebelde de Europa, aunque de las más aguerridas, ha sido la turca. Yo le oí contar a un diplomático, hace muchísimo tiempo, que cuando se hizo el primer ensayo parlamentario en Turquía, el presidente de la Cámara dijo:
- En este sistema político hay la costumbre, en el mundo entero, de que todos los partidarios del Sultán y del Gobierno se sienten en los bancos de la derecha, y los enemigos, en los de la izquierda.
Entonces todos los diputados se precipitaron a los bancos de la derecha y dejaron vacíos los de la izquierda”.
Entre incendios y temblores, además de un calor insoportable y la invasión de Ceuta, uno descubre con Julio Cortázar que “los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”. Quizás por eso leo y releo. Vale.