Querido Fernando, maestro:
Carta te escribo. Es agosto y es Galicia. Te echo de menos, pero sé que estás aquí, en el mundo de la magia y de las evocaciones, entre las nieblas matinales y el sol de las Rías Baixas, quizás en mi imaginación te sitúe en el Bar Inglés del Gran Hotel de La Toxa, o paseando con Ángela y Fernando, y Cristina, y Sonsoles, y los nietos, en el barco de un amigo con posibles, pues los horizontes ya los ponías tú.
Hoy el mar de los recuerdos está inquieto. El verano ha llegado a la orilla con una barca vacía de patrón, pero llena de contenidos. Uno, sin más, es menos. Y ahora te reconocen como Hijo Adoptivo de Lugo, de donde tú siempre fuiste natural, orgulloso, fiel, promotor y preclaro. Hay cosas que solo se explican cuando no tienen explicación. Así somos, incluso los que cuando debiera decirse sí, dicen no. Tú bien lo manifestabas al reiterar tu frase favorita y máxima vital, la que aprendiste de tu madre en la infancia: Deus é bo e o demo non é malo. Las unanimidades, en democracia, son dudosas.
El otro día me reí cuando un paisano me dijo que, de haber seguido en el seminario, habrías llegado muy lejos, quizás a obispo, a cardenal o incluso a Papa. Con ironía le contesté que alcanzarías a ser dios, pues profeta ya lo fuiste en la tierra de los paganos. Como ves, poco ha cambiado en tu ausencia en cuanto a la socarronería, pero te echamos de menos los amigos, los oyentes, los lectores, las gentes de buena fe y escasa esperanza, pues en estos tiempos ya no podemos creer ni en los que prometen, ni en los que enredan, ni en los que opinan sin criterio ni sabiduría de aldea, trayectoria de corte y galleguidad universal.
La oscuridad nos eclipsa, sea doce de agosto o San Fermín, y siquiera tenemos el consuelo de una carta a medianoche con voz pausada y enternecedor contenido, ni la lectura inteligente de una prensa a la que se le van cayendo las páginas como en un otoño periodístico en el que ya no quedan ni quioscos.
No estoy pesimista. Y eso a pesar de que los amigos y maestros que sabíais de qué hablar, cómo entretener y hasta dónde informar habéis cambiado de tertulia -Xepeva, Ramón Chao, tú y tantos otros-. Uno encuentra el consuelo de seguir la senda de las palabras que me habéis enseñado, en la que por cierto había valores, filosofía, sentido del humor y una galleguidad universal, nada excluyente, nacida en Mosteiro, en Vilalba o en Redondela. Pero lo cierto es que existe una preocupación latente que emana en cada rincón del planeta, que surge en Ucrania, en Gaza, en Venezuela, en España -en Ceuta-, en Irán, en toda África y América, con heridas que sin cicatrizar se suman a las que de forma genérica provocan las desigualdades, la desimplicación, el egotismo, la esclavitud, el narcotráfico y ese mal compulsivo de las estafas en red, económicas, morales, guerreras, de libertad, políticas y sociales, imperialistas y radicales, sin olvidar la soledad de la tercera edad, los problemas de vivienda, el maltrato, esas que tanto te preocupaban. Creo que vivimos ya insertos en nuestra propia distopía, en sueños rotos a cada rato, que para los que nos sentimos hijos de una aldea, de un lugar, de una tierra, “balbinos” al fin con Neira Vilas, resultan alarmantes y descorazonadores. Volvamos pues al terruño.
Querido Maestro, no quiero despedirme sin recordar aquello que dejaste escrito de tu ciudad: “Perdonadme. Hoy le escribo a mi ciudad de Lugo, en la que no nací porque soy de aldea, pero en la que estudié, viví, bebí, sentí la soledad de adolescente y el amor casi siempre fallido también de la adolescencia. Es decir, que llevo a Lugo en las entretelas del alma.” Quizás alguno descubra en estas palabras lo que un hijo de siempre, ya eterno, quiso a su madre de siempre, y a sus “grandes madres” - en bella expresión francesa-, Galicia y España.
Las medidas que hay que adoptar son otras, tu siempre y has sido quien fuiste, una gran persona, un excelso profesional y un gran amigo. No es poco, para un lucense de honor y gloria. Vale.
