Asistimos en el tablero de Oriente Próximo a una representación dramática de la discordia entre la moral y la política. El conflicto que involucra a Irán y sus vecinos pone de manifiesto cómo el moralista político -aquel que forja una moral ad hoc para disculpar los principios de gobierno contrarios al Derecho- se impone sobre el político ético. Se utilizan máximas sofísticas que parecen rescatadas de los tratados de la más rancia razón de Estado: el “actúa y luego justifícate” o el “divide y vencerás”. En este juego de sombras, la legitimación viene después del hecho; la fuerza se disculpa por el éxito y el «buen éxito» se convierte en el único abogado aceptable de una causa que, en el fondo, huele a pólvora y a intereses inconfesables.
No escribo estas líneas como un geoestratega ni como un experto en las complejas carambolas de la alta política internacional. Lo hago como un observador mundano, un ciudadano reflexivo que contempla con estupor desde un vieno Finisterre cómo el destino de millones de personas se decide en despachos donde el humanismo es un estorbo. Intuyo, con la suspicacia de quien ha visto repetirse la historia, que detrás de esta desestabilización que hace temblar al mundo se esconden los grandes negocios de siempre. La guerra, antes que una solución, parece ser un mercado donde se transaccionan influencias y se vacían arsenales para volver a llenarlos.
La implicación de la crisis iraní nos obliga a reflexionar sobre la responsabilidad de las potencias. El derecho de gentes debe fundarse en un conglomerado de Estados libres, no en la hegemonía de una potencia vencedora que pretenda una monarquía universal, y asegurarse por instituciones eficaces, no lo demuestran ser la ONU o las de la EU. El despotismo, incluso cuando se reviste de orden, aniquila los gérmenes del bien. La naturaleza nos ha dado la diversidad de idiomas y religiones para mantener la identidad de los pueblos, no para usarlas como pretexto de una carnicería que solo beneficia a quienes fabrican los proyectiles.
Reine la justicia, aunque se hundan los bribones del mundo, rezaba la máxima que el filósofo prusiano Immanuel Kant rescató para la posteridad. No se trata de un rigorismo ciego, sino de la obligación moral de no pisotear el derecho ajeno por beneficios particulares. La verdadera política debería ser aquella que se inclina ante el Derecho como algo sagrado. Oriente Próximo no necesita más estrategas del engaño ni mercaderes de la desgracia, sino arquitectos de una paz democrática y legítima que no sea un simple negocio encubierto.
La historia nos enseña que la paz suele ser el breve descanso de los mercaderes. En el año 533, el Imperio Romano y Persia firmaron el tratado de la “Paz Interminable”; siete años más tarde, la pólvora de aquel tiempo volvía a arder. Persia, esa tierra que hoy asociamos a la tensión nuclear, es la misma que dio al mundo a Firdawsi, el poeta que dedicó treinta años a escribir el Shahnamé -el Libro de los Reyes-. La leyenda cuenta que el sultán Mahmud de Ghazni le prometió una pieza de oro por cada una de sus 60.000 coplas, pero el engaño de un cortesano que sustituyó el oro por plata llevó al poeta a la muerte por tristeza justo cuando la recompensa real, ya corregida, entraba por las puertas de su ciudad.
En ese mismo Irán, en la ciudad de Shiraz -capital de la poesía, las rosas y las luciérnagas-, floreció el misticismo de Farid al Din Attar, el farmacéutico que nos legó el lenguaje de los pájaros, recordándonos que la búsqueda de la divinidad termina en el hallazgo de la chispa interna. Es la misma tierra de Hafis de Shiraz, el poeta panadero que sabía el Corán de memoria y que, con una respuesta ingeniosa sobre un lunar negro, supo desarmar la soberbia del conquistador Tamerlán - caudillo militar y político turcomongol, el último de los grandes conquistadores nómadas del Asia Central, al que en torno a 1400 visitó el pontevedrés Paio Gómez como embajador de Enrique III de Castilla - .
La geografía de la discordia actual se asienta sobre los antiguos caminos del comercio que Estrabón describió: rutas que unían Susa con Lidia o Babilonia con la India. Eran sendas de seda, jade y especias, no de proyectiles. Incluso el melocotón, que los romanos llamaban “manzana de Persia”, nos habla de una globalización del fruto y no del conflicto. Sin embargo, la deslealtad de personajes como Alcibíades, que saltaba de Atenas a Esparta y de allí a Persia, parece ser el modelo que hoy siguen quienes mueven los hilos del complejo militar-industrial.
Incluso en la antigua Babilonia, el rey Nabonido movía las estatuas de los dioses para defender la ciudad ante los persas de Ciro el Grande. Hoy, los dioses de la economía y la geopolítica se mueven con la misma urgencia, pero sin la piedad de antaño. En Persia, se hacía llorar a los caballos con mostaza para homenajear a los muertos; hoy, las lágrimas de los pueblos son reales y no necesitan artificios. Solo si recuperamos el ancla moral y la democracia para los ciudadanos, el progreso dejará de ser una caída libre hacia el abismo de la violencia total.
