sábado. 26.11.2022

Después de tantas cosas

Tras comprobar que la vida era eso, lo otro, solo me ansia el gozar de más tiempo para compartir, en el convencimiento de que los otros existen y te hacen, en muchos modos te justifican, como las circunstancias. Me considero normalidad trabajada. Duermo bien, aunque pocas horas, cada vez menos. Soy muy exigente y curioso, leo y escribo mucho. Tengo buenas intenciones y supongo que insuficientes aciertos. Rezo con devoción, más no acato dogmatismos.
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Alberto Barciela.

A mis amigos

Decía Francisco de Rojas que “esto de los años yo no lo entiendo y que aunque es bueno cumplirlos no es bueno tenerlos.”

Celebro 60 años con la timidez de los días, aprudentado, no temeroso, convencido de que los aniversarios son de esas raras cosas que llegan con puntualidad y de que cada jornada se presenta con su afán, con su novedad, como la naturaleza con el clima, las mareas o las estaciones.

Tras comprobar que la vida era eso, lo otro, solo me ansia el gozar de más tiempo para compartir, en el convencimiento de que los otros existen y te hacen, en muchos modos te justifican, como las circunstancias. Me considero normalidad trabajada. Duermo bien, aunque pocas horas, cada vez menos. Soy muy exigente y curioso, leo y escribo mucho. Tengo buenas intenciones y supongo que insuficientes aciertos. Rezo con devoción, más no acato dogmatismos.

Aquí estoy, derrotando segundos, convencido de usufrutuarlos en todo mi entendimiento y capacidad. Subsisto alertado por alguna pequeña reuma pasajera, otras crónicas. Las primeras las soporto ayudado por panaceas farmacéuticas, las segundas, por la costumbre. Ya bastantes martillos conllevan los días, como para hacerles caso a los relojes. En modo alguno soy rencoroso.

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Cumplir años es cumplir momentos, apuntes de una vida llena, plena, comprometida, implicada, accionada por los resortes del afecto, el respeto, la sinceridad, el carácter, la discrepancia y la cultura. Siempre me encontraran con los débiles, de su parte, piensen como piensen.

Gracias a todos por haberme entregado tiempo y atención. Por amistades espléndidas y acogedoras; por seductoras conversaciones, enciclopédicas, vividas, ilustradas, por el ocio, por el amor discreto. Gracias por haberme hecho comprender mejor la existencia; por relaciones infinitas y por la generosidad demostrada en cuanto me habéis disculpado; gracias por la paciencia y la tolerancia. Gracias por el pan de cada día, fresco e historiado, sustento que hace crecer en mi la ilusión de la vida. Gracias por las referencias, los consejos y las correcciones. Gracias por la libertad y la democracia.

Os deseo muchos más días de salud y simpatía, algún nuevo reencuentro para celebrar la vida, para observar como crecen las catedrales o florecen sus piedras; si es posible, en una sobremesa bien surtida de humor y canciones, a la luz de la lumbre, acompañados de buenos licores.

Martín Sarmiento dejó escrito en uno de sus diccionarios que “a los hombres buenos y ancianos que sobresalen en una aldea llaman en Galicia vedraños y vedrayos”. Son en su descripción “hombre antiguos, respetables, por su carácter y posición”. Espero estar capacitado y ser digno para cumplir con los requisitos, para mejorar con la edad. Más no puedo asegurarlo.

En todo caso me quedo con lo que, según recuerda Eduardo Blanco Amor, en su maravilloso libro “Chile a la vista”, dejó escrito el filósofo, lexicógrafo y político Roque Barcia Martí, este en su Diccionario de Sinónimos. A juicio del ourensano el andaluz establece “muy ingeniosas y, a pesar de lo cual, muy válidas diferencias, entre ancianidad y vejez”: “ La vejez nos equipara con el finiquitar y el invalidarse de las cosas; nos convierte en algo próximo al objeto: es espiritualmente inerte y socialmente estorbona. Lleva más a la piedad que al respeto: más que al acatamiento a la beneficiencia. A veces al ridículo, puede haber viejos verdes pero no ancianos verdes. La ancianidad bien ejercida da leones de escudo: la vejez mal soportada, leones de circo”. El de La Redondela (Huelva) otorga una lección a un redondelano pontevedrés que, según mi padre, Pucho Barciela, nació en la playa de Arealonga, el día que llegó el primer circo a la Villa de los Viaductos. Él estaba en la función cuando le avisaron del parto de mi madre, María Alicia, que moriría seis años después con 29 años. 

Espero saber rugir con propiedad, seguir escribiendo algunos artículos y poder compartirlos con ustedes. Estoy muy agradecido de aprender y de aprehender cada día. Esa es mi misión y no está cumplida del todo. Nací un 9 de julio, soy cáncer y soñador. El destino escrito en las estrellas también se cumple en mí.

“Tuve amor y tengo honor/ Esto es cuanto sé de mi”, Pedro Calderón de la Barca lo dejó escrito. Después de tantas cosas les doy las gracias por acompañarme. Salud.

Alberto Barciela

Periodista

Después de tantas cosas
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