lunes. 26.02.2024

Cumbre UE-CELAC, una respuesta posible a la policrisis mundial

La tercera cumbre UE-CELAC congregará en Bruselas a dirigentes de la UE y dirigentes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Tras diez años sin celebrarse estamos ante una oportunidad para seguir reforzando la asociación entre Europa, América Latina y el Caribe, debatir sobre la colaboración para lograr unas transiciones ecológica y digital justas y demostrar el compromiso compartido en defensa del orden internacional basado en normas.

La tercera cumbre UE-CELAC congregará en Bruselas a dirigentes de la UE y dirigentes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Tras diez años sin celebrarse estamos ante una oportunidad para seguir reforzando la asociación entre Europa, América Latina y el Caribe, debatir sobre la colaboración para lograr unas transiciones ecológica y digital justas y demostrar el compromiso compartido en defensa del orden internacional basado en normas.

Estamos sumidos en un escenario de policrisis, y por lo mismo incierto en muchas cuestiones. Nos desarrollamos inmersos en un huracán de sobresaltos e incertidumbres, sumidos en una multiplicación exponencial de inquietudes económicas, políticas -con los populismos y nacionalismos exhacerbados-, sociales, medioambientales -arrasamos selvas y bosques, asistimos a catástrofes nunca conocidas-; participamos en guerras -Ucrania, Siria, Yemen, etc.-; asistimos a confrontaciones geoestratégicas EEUU-China, a la crisis de la ONU o a alteraciones poco comprensibles en países como Francia, fruto del desencuentro generacional, cultural, laboral o administrativo. Se multiplican los llamados Estados fallidos, aquellos en los que no pueden garantizar su propio funcionamiento o los servicios básicos a la población; periódicamente resurge el terrorismo; permanecen las mafias; se incrementa la corrupción; sufrimos pandemias casi medievales y consumos de drogas récord, alimento del narcotráfico; nos angustiamos con la amenaza de piratas informáticos, el robo de documentos personales o la alteración de votaciones democráticas. Presenciamos la irrupción de fondos buitre, penamos abusos bancarios o sobreexplotación de recursos, incluso en industrias tan felices como la del turismo, con la gentrificación. Persisten las hambrunas y nos abocamos a una crisis del agua sin precedentes. Sobrellevamos la no planificación de las migraciones, en tanto en los países desarrollados existen problemas demográficos -en España, por ejemplo, miles de pueblos habitables abandonados o la falta de mano de obra-. Los sistemas educativos son deficientes y los ancianos ven amenazadas sus pensiones. En apariencia todo evoluciona hacia un mundo aparentemente mejor en el que lo peor parece siempre estar por llegar.

Por si la anterior lista sucinta de desgracias fuera corta, nos enredamos con una vorágine de noticias ciertas y manipuladas, falsas o construidas, y de imágenes transgresoras de lo que podemos considerar normalidad. Y soportamos discursos irracionales, el alejamiento de un sentido común generalizado, la carencia de sólidas opiniones intelectuales aceptadas, la amenaza cuando no el asesinato de periodistas, la compra de medios por personajes sin escrúpulos o la alteración de valores tradicionales locales, que acaban diluidos en una aceleradas globalización, mientras nos abocamos a un consumismo compulsivo que no subsana uno de sus orígenes: la soledad de muchos. Somos más pero convivimos con el vértigo originado por la velocidad de la indiferencia hacia el otro.

Y aun así, pese a todo, subsistimos, incluso con la ilusión de que una cierta revolución cívica acabará por otorgarnos la esperanza de una perspectiva ilusionante en la que puedan crecer nuestros hijos y nietos, en la que las generaciones maduras puedan disfrutar de un cierto grado de bienestar; en la que las mujeres alcancen la igualdad o, los que consideramos diferentes, el respeto; una sociedad en la que exista más democracia y mayor bienestar para todos.

Es imprescindible detenerse, tomar aire y buscar, entre tantas nieblas, aquella luz que nos permita alcanzar consensos que aseguren un rumbo cierto, al menos en objetivos tan básicos como la paz, la convivencia, la democracia, el civismo, la educación, la consideración del otro, sea quien fuere y piense como piense, el comercio justo, la preservación de los entornos, etc.. Para ello hay que partir de sistemas de representación de calidad, , exigir la separación de poderes, en lo público y en lo privado encontrar liderazgos claros, formados, justamente retribuidos, transparentes en su gestión y generosos, dispuestos a simplificar la burocracia y a reducir privilegios de posición.

Hay que hablar y escuchar, plantear, discutir, discrepar, considerar, reconsiderar, exponer y atender al que se opone a nuestros planteamientos, esbozar alternativas, orientar, asesorar, apoyar a los más débiles, consultar a los expertos y estar dispuestos a ceder en aspectos que más allá de las meras ideologías políticas religiosas, tendencias filosóficas y culturales, permitan vislumbrar un escenario de convivencia y bienestar general.

No resulta fácil el empeño, pero si hay algo en lo que podemos estar de acuerdo es en finiquitar las guerras, suprimir las dictaduras, terminar con las hambrunas, combatir el narcotráfico, preservar la naturaleza, regular la explotación de recursos, abolir la esclavitud -singularmente la infantil-, concluir con el maltrato, no desperdiciar los alimentos o los medicamentos, facilitar la salud, reciclar los residuos, eliminar los plásticos, preservar los océanos, apoyar las energías renovables, asegurar la libertad de pensamiento y todos los Derechos Humanos. 

No se trata de subvencionar la vida, ni de subvertirla, hay que gestionarla, planificarla y viabilizarla con ayuda de los muchos y grandes expertos y centros de estudio y evaluación que hay en cada materia, de las universidades y los grandes maestros, que de forma reiterada vienen advirtiendo de los problemas, aportando soluciones viables, económicas en muchos casos y que, por desgracia, son desatendidas casi siempre. Reconozcamos a los mejores y sigamos sus indicaciones.

Contribuir, auxiliar, ayudar, socorrer, apoyar, sufragar, financiar, pensionar, becar es imprescindible, al menos cuando la causa individual o colectiva lo justifica, pero utilizar los recursos públicos en sostener a vagos y maleantes, despreciar la cultura del esfuerzo, es fomentar el paro a costa de los que trabajan y cotizan; ofrecer servicios sociales a quienes no aportan nada a lo colectivo, no cotizan o invaden ilegalmente un país, es ir en contra del sistema social que sostenemos entre todos los que, desde el privilegio del trabajo o d elos negocios, con esfuerzo y responsabilidad, creamos riqueza y empleo, y pagamos impuestos, casi siempre demasiado elevados.

El fondo es siempre el mismo: hay que ponerse de acuerdo en lo esencial antes de que la profundidad de los asuntos haga implosionar una nave en dificultades pero que navega. Comencemos por lo esencial: más democracia, más dialogo, más consenso, más solidaridad, más compromiso... Ese es el oxígeno.

Los dirigentes de 60 países debatirán cómo aprovechar el enorme potencial y las oportunidades que ofrece la doble transición ecológica y digital para aumentar la prosperidad de los ciudadanos de cada país de América, Caribe y Europa. Los principios de una transformación justa, social y equitativa constituirán la base de un compromiso común y han de garantizar un avance conjunto hacia un mundo mejor para todos. Los miembros de EDITORES EUROLATAM, la Asociación de Editores de Medios de Comunicación de la EU y América Latina sabremos poner nuestro grano de arena en esa inmensa playa que nos une y nos compromete con una audiencia que supera los 450 millones de personas. Juntos somos ya mejores.

Alberto Barciela

Periodista

Director Congreso Editores de Medios CELAC-UE

Vicepresidente de la Asociación de Editores de Medios de la UE y América Latina

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