Tengo con él una deuda desde 1988.
Por entonces yo empezaba a asomarme al mundo del periodismo, todavía sin haber hecho la carrera, pero con una vocación que ya me empujaba a escribir cartas al director. Mi sueño era poder hacer reportajes para los suplementos de fin de semana de Faro de Vigo, aunque el director no me recibía. En aquel momento quien gobernaba el barco del decano de la prensa gallega era Ceferino de Blas.
Fue Fernando Franco, que ahora nos acaba de dejar, quien escuchó mi historia y me dio un consejo que terminó cambiando mi rumbo.
—Lo que tienes que hacer —me dijo— es escribir una carta al director. Pero esta vez personal. Dile todo lo que le dirías si estuvieras hablando con él.
Recuerdo que añadió, quizá para animarme o para justificar aquella distancia:
—Es tímido…
Le hice caso. Escribí aquella carta y, uno o dos días después, estaba sentado frente a Ceferino. De aquella conversación salió mi oportunidad para empezar a colaborar en los suplementos de fin de semana. Mirándolo hoy con perspectiva, aquel consejo de Fernando tuvo mucho que ver con mi vocación profesional. Me enseñó que, a veces, las puertas se abren de la manera más sencilla.
Luego coincidimos durante años en la redacción. Leía sus textos y me sorprendía siempre la calidad de su prosa. Tenía ese estilo limpio y elegante que sólo poseen los periodistas que dominan el oficio.
A comienzos de los noventa me marché a Santiago y nuestros caminos se cruzaron menos. Pero en los últimos años volvíamos a coincidir en Redondela, en la casa de los Regojo, durante los actos de la Fundación Filomena Rivero. Allí seguía siendo el mismo: vital, curioso, siempre rodeado de gente interesante, desde Ágata Ruiz de la Prada hasta figuras del mundo del diseño y la cultura.
Fernando tenía además cierto parecido con Joaquín Sabina, algo que muchos le decían. Y siempre me viene a la memoria aquel Golf descapotable blanco que aparcaba justo a la entrada de Faro de Vigo, en Chapela.
Nuestra última conversación fue el pasado noviembre, a propósito de la sección “Mira Vigo”. Fernando, siempre dispuesto a colaborar y a ayudar desde su puesto, respondió como hacía siempre: con rapidez y generosidad. Hablamos primero por WhatsApp y luego por teléfono. Me llamó muy temprano, sobre las nueve de la mañana, y me pilló haciendo gimnasia. Me contó que había llevado el portaestandarte en la procesión del Cristo de Vigo en agosto y que también había participado —creo recordar— un hijo o un nieto suyo.
Pequeños detalles de una conversación cualquiera que hoy adquieren otro valor.
Porque, al final, el periodismo también se construye con esos gestos discretos que nunca aparecen en los titulares: un consejo oportuno, una conversación a tiempo, una puerta que alguien decide ayudarte a abrir.
Fernando Franco lo hizo conmigo hace casi cuatro décadas.
Y por eso, desde entonces, tengo con él una deuda.
Descanse en paz.
