El teatro contra el algoritmo

Departamento de Infografía DL-G.
Frente al avance de los algoritmos y la inteligencia artificial, el teatro reivindica la emoción, la palabra y la presencia humana como territorios irreemplazables de libertad y creación.

¿Qué es comedia?, se preguntaba Agustín de Rojas allá por el siglo XVI, y él mismo se respondía con la voz del artesano: “Una pintura viva, un espejo de las costumbres, un espejo de la vida, un retrato de las verdades, una imagen de las virtudes, un aviso de los vicios y un entretenimiento lícito del entendimiento”. Solo una sensibilidad de autor inspirado pudo evocar las musas con tanta implicación como para presentir que casi quinientos años después, tras transitar siglos de fracasos y depresiones imperiales, repúblicas y dictaduras que dieron fruto a la mejor creatividad anti censura, su respuesta sigue más vigente que nunca ante los artificios de la fría mecanización algorítmica -impulsados por quienes confunden la innovación con el desmantelamiento del alma- que amenazan con convertir el duende en una estandarización digital.

 

Frente a esa sombra, en un ensayo a oscuras, la memoria coral del teatro -desde el director de escena que esculpe el silencio y el gran dramaturgo que siembra la palabra eterna, hasta los actores, guionistas, iluminadores que atrapan el alba, productores que arriesgan el patrimonio tramoyistas esforzados o transportistas que cruzan la madrugada con los bártulos a cuestas- ensaya la resistencia. Es la ofrenda del arte lúcido para el regocijo general, de la bambalina al gallinero, de las velas al foco, del telón a la butaca o a la silla de corral, en compañía o en soliloquio, buscando una respuesta dramática a la tragedia del momento o a la circunstancia alegre.

 

Hay que leer para vivir, interpretar para expandir, y defender con ello la libertad de equivocarnos al tiempo que se provoca una sonrisa, un llanto o una ilusión sugerida por un autor, declamada por un actor, escenificada por un director e iluminada por el pulso de la emoción en esa magia que perdura bajo mil formas de expresión a las que nos hacen transitar taquilleras y acomodadores.

 

El arte se instala en las mismas premisas y subsisten los seres ante las máquinas, porque el teatro es el exponente más palpable de la realidad de la carne, de la expresión, de la voz, de lo tangible del espectáculo. Ya los antiguos romanos colgaban de los árboles y de los cruces aquellas pequeñas máscaras sagradas llamadas oscilla para que el viento las meciera y purificara la tierra, recordándonos que el teatro nació de la materia viva y del pálpito orgánico. La escena conforma hoy parte de la salvación pagana, y sus máscaras clásicas reivindican a las musas en sus gestos y elocuencias. Como recordaba Woody Allen, la diferencia entre la comedia y la tragedia estriba precisamente en que en la primera sus personajes siempre encuentran la forma de sobreponerse a la adversidad, calzando con la dignidad de quienes dominan la tramoya de la existencia.

 

Ese combate contra el desaliento se invoca tanto en los corrales de comedias de Almagro como en Compostela —donde bien merecería la pena recuperar un toldo de lienzo fuerte y basto, conocido como Ceo de anxeo, que se colocaba en el patio del Colegio de Fonseca de Santiago para evitar los efectos de la lluvia cuando se celebraba alguna función—, resonando en los grandes templos universales de la escena como el Globe londinense, las piedras milenarias de Epidauro o la devoción inagotable de Broadway y Buenos Aires.

 

El periodismo cultural es, ante todo, literatura sobre la vida de los otros, una manera de acompañar al creador en la intemperie de la farándula. La supervivencia del arte interpretativo exige la misma entrega absoluta del actor sobre las tablas que la del periodista que, con rigor y pulso literario, inmortaliza su esfuerzo ante el riesgo apenas presentido de que baje definitivamente el telón. La palabra nos salva, sigamos respondiendo con ella a la clarividencia de Agustín de Rojas. Acudamos a los espectáculos porque en ellos se esconde la fórmula secreta del misterio que nos hace humanos. La inteligencia artificial no puede exiliarnos de nosotros mismos, ni suicidarnos como espectadores atentos en un tiempo en el que todos en el patio de butacas pretenden enredando ser protagonistas y mostrar lo que saben hacer, olvidando que, sin alguien dispuesto a escuchar y a leer, a aplaudir y reconocer, a criticar, el teatro y la vida misma se quedan sin pulso.

 

Como el dramaturgo inglés William Shakespeare señaló, el teatro fue concebido para “servir de espejo a la naturaleza, mostrar a la virtud sus dimensiones, a la estupidez su verdadero rostro, y a cada época y a cada cuerpo social sus señales de reconocimiento”.

 

Frente a la fría e imponente marea de los algoritmos que ya colonizan las pantallas y los escenarios, las artes vivas se alzan como la última trinchera de la humanidad. El teatro, el circo y los musicales sobreviven como santuarios gobernados por la calidez de la carne y el hueso, por Quijotes y Sanchos que persisten en protagonizar su propio sueño. El drama que hoy anuncian las máquinas ya fue intuido sobre las tablas, recordándonos que ninguna inteligencia artificial podrá jamás ensayar el temblor genuino de un corazón sobre un escenario.