viernes. 14.06.2024

Inteligencia para no volverse locos

Un título condiciona a la mente y a la percepción. Lo visual sugerido aleja al espectador de su capacidad interpretativa, le condiciona. El instante retenido en una obra, novela, collage, fotografía, pintura, etc., no es estático, es interpretable y reinterpretable. La pericia se aprecia en una realización necesariamente inconcreta, reciclable, desigual. Las máquinas puede que obtengan resultados que semejen perfectos, pero son impredecibles en sus alcances, incomprensibles e incontrolables.

Un título condiciona a la mente y a la percepción. Lo visual sugerido aleja al espectador de su capacidad interpretativa, le condiciona. El instante retenido en una obra, novela, collage, fotografía, pintura, etc., no es estático, es interpretable y reinterpretable. La pericia se aprecia en una realización necesariamente inconcreta, reciclable, desigual. Las máquinas puede que obtengan resultados que semejen perfectos, pero son impredecibles en sus alcances, incomprensibles e incontrolables.

Sabemos que las noticias no son verdad por el diseño, pueden aparentar se más atractivas en apariencia, lo que no las hace más creíbles. El fondo es fortalecido por la forma, mientras el mundo fluye en tinta, negro sobre blanco y es vendido envuelto en belleza estética en millones de puntos de color de las pantallas. El collage, como los de Emilio Gil, ahora disfrutables en su libro Capas del Tiempo, es la perfecta metáfora de una realidad que se fragmenta y se manipula, que se subjetiviza desde las perspectivas del emisor hasta las del receptor, como los luminosos de un espectáculo ante los espectadores antes de disfrutar del acto, desinformados. Pervive la estética, la apariencia, pues cada minuto hay que contar un mundo nuevo con palabras viejas y entendimientos rotos por el desuso, ambicionados por el deseo, engranajes perfectos para una máquina de consumo llamada sociedad. En su propia fuente, enfrentado al quiosco, el sosegado y reflexivo papel parece ahogarse con sus infinitas lecciones de diseño, las que se han trasladado a las conquistadoras pantallas de los móviles.

Los de antes, sabíamos que Estrujar es una palabra onomatopéyica, casi musical. Así, entendemos que en algunos collage de Emilio Gil todo resuene ordenado, como en una partitura inversa, con estruendo hermoso. En ellos, las tiras impresas se exhiben en escala intercalada, como provocando posibles hallazgos semánticos, fonéticos, posiblemente intraducibles. Y eso que una tipología no debe chirriar al desdoblarse, ha de tener sentido estético y de la proporción, responder de manera adecuada a las exigencias de su propio espíritu, de su interior, ser reconocible en las exigencias de quien las reutiliza en sus formas. Quizás estemos hablando de personalidad del cuerpo. Por su parte, Estarcir es una palabra extraña para el profano pero llena de contenidos: Estampar dibujos, letras o números haciendo pasar el color, con un instrumento adecuado, a través de los recortes efectuados en una chapa. La letra no puede resistirse a ser forzada por quien la ama. Participa, se entrega al juego elegante, parece desearlo y lo exhibe en belleza estética. El diseñador también disfruta y lo comparte. Por el contrario, las máquinas imponen tras desmenuzar nuestros aportes.

Por ejemplo, la letra A. La primera. Lo menos que se puede decir. Esa que representa el precedente alfabético a través del que se accede a un mundo de posibilidades, limitadas en cuanto a la combinación de letras según los diferentes idiomas, ilimitadas según las posibles propuestas gráficas, inicio de una eternidad en el negro sobre blanco, son el principio de un aprendizaje lógico. Como grafema alfabético inicial se deja dibujar cual prototipo, manantial de sugerencias, y se adapta a su reproducción en serie. Se eleva o se retuerce, se amplía y se adapta. Siempre es agradecida con quien la perfila. Mantiene el tipo y, sitibunda, bebe con generosidad en la fuente que se propone. Y es tan humilde que es la última en alfa y en zeta. En el caso, la I, tercera vocal, parece elevarse, cual enhiesto surtidor, quizás de sombra y sueño, como el Ciprés de Silos -lugar seco en donde se guardan las semillas-. La unión de signos gráficos presuponen la opción de un hallazgo, de una organización, una cultura, una palabra con significado, que adquiere sentido al unirse en frase por seres racionales que pueden así comunicarse, relacionarse, reproducirse, amar o realizar una denuncia. En lo escrito por los seres humanos, la vida germina desde la ilación, procede del entendimiento y del vínculo, nació del gruñido y alcanzó la civilización a través del intercambio, de las tradiciones, del convenio de valores, de las creencias. La verdad aceptada es inteligencia gris, no artificial. La unión de la IA, como acrónimo de lo que se reconoce como Inteligencia Artificial, puede sugerir posibilidades y oportunidades, pero asevera superlativos y graves peligros, resulta estética pero no es ética.

Las redes, alcanzadas sus últimas consecuencias, han desestructurado la vida asumible. Aun así, el arte, la literatura, la poesía, la arquitectura, permanecen como destinos reales, tangibles y virtuales, como lugares a los que ir andando o navegando, entendiendo que los modos y las formas pueden alterarse sin trasgredir lo que entendemos como clásico. Son refugios y una esperanza anti IA. Lugares como el Museo de Prado, enmarcan, por ejemplo, la historia grande del coleccionismo, resultan una caja de bombones con rotondas y cruces -Velázquez esquina Goya-, un escenario real y popular al que quizás solo falte un espejo del tamaño de Las Meninas o de la  familia de Carlos IV para reflejarnos en cada reencuentro con nosotros mismos, seres imperfectos pero reflexivos, como reflejo de lo que fuimos y estamos dejando de ser.

La capacidad de entender y comprender, el trato y la correspondencia secreta de dos o más personas o naciones entre sí, el diálogo sentimental, y la evolución consecuente, eslabón a eslabón, no pueden nacer de la IA, a la que el diccionario define como: “Disciplina científica que se ocupa de crear programas informáticos que ejecutan operaciones comparables a las que realiza la mente humana, como el aprendizaje o el razonamiento lógico”. Estamos llegando a un estercolero de logros desectructurados, irrecomponibles, sin posible rectificación.

El trazo diseña una personalidad, la transmite, es el boceto de la letra, la idea del pensamiento, la intuición de la idea, el fragmento, el origen y una parte de algo que ya no puede ser nada. El puzzle comienza en cada pieza, es cada una y se siente parte de un todo. El fin es el principio.

Quinientos años después, El Ingenioso Hidalgo demuestra adaptarse a todos los tipos y épocas, es como un paradigma nada banal de cuanto fuimos capaces, que encuentra inspiración para el encargo y la evidencia en la vocación voluntaria. La posibilidad creativa de una máquina es una falsedad, al menos una impostura, es lo que más se acerca como consecuencia alterada de un producto de los racionales -la informática-: la locura. Eso no lo podía saber Cervantes con su pluma de ave y su tinta, lo sabe Emilio Gil, y puede que incluso empecemos a saberlo nosotros tras advertirnos Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, creador de la interfaz ChatGPT, que regular la inteligencia artificial (IA) es “crucial” para limitar los riesgos del uso de esta tecnología. Tenemos que seguir hablando con la cordura aprendida, repasando las Capas del Tiempo. Empecemos por el principio antes de finalizar como víctimas de nuestros logros verdaderos pero en verdad falsos. Vale.

 

 

Alberto Barciela

Periodista

Inteligencia para no volverse locos
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