Informe Pisa, educar para la vida
Cuando los fríos guarismos del último informe PISA vuelven a agitar los titulares con la cantinela de nuestras recurrentes carencias educativas, confirmamos que seguimos midiendo el rendimiento de las aulas con la precisión del contable pero con el desdichado desdén del mercader. El ser humano se asoma a la complejidad de la existencia aprendiendo de sus propias e inevitables torpezas. Nada esencial se alcanza a comprender en el vasto mundo que no pueda, en teoría, deducir una mente imberbe, pero la juventud carece del poso irremplazable de la experiencia; esta es, en definitiva, la única aportación tangible de la madurez: años vividos que se componen, paradójicamente, de múltiples días desaprovechados frente al inabarcable océano de lo desconocido. Habitamos una diminuta porción de certezas rodeada por las aguas abisales de la incomprensión
En este ahora acelerado y convulso, la información se alcanza en demasía, y en ella el intelecto tropieza por su deslumbrante atractivo y su profundo desatino. De nada valen las ansiedades modernas ni las prisas apremiantes; el fluir del saber acontece con su propio ritmo aventado, insobornable al capricho humano. Nadie ha de excluirse del conocimiento ni de la ignorancia: la primera procura atajos de experiencia adelantada para no naufragar; la segunda asiste en el disimulo y sirve de permanente excusa ante la vastedad inabarcable del universo.
El principio de todas las literaturas y de todas las historias se encuentra, precisamente, en ese asombro primigenio frente al abismo de la propia ignorancia. Desde los relatos fundacionales hilvanados al calor del fuego tribal hasta las grandes epopeyas, la narrativa ha sido el instrumento predilecto para dotar de sentido al caos. El sustento ineludible de las sociedades civilizadas es la cultura; el instrumento para forjarla, la educación; y la referencia absoluta, el prójimo -recuerden mi recurrente otredad-. Sin embargo, en el espejismo de nuestra era tecnológica, se advierte sobre la peligrosa falacia de creer que la mera percepción constituye ya una realidad inamovible. Frente a esta ilusión óptica, la educación debe erigirse como un diálogo incesante y fecundo entre la razón abstracta y la experiencia empírica. En esta búsqueda inmemorial, los pensadores clásicos trazaron la cartografía originaria de los saberes: Sócrates enseñó que el conocimiento auténtico despuntaba con la formulación de las preguntas adecuadas y la aceptación humilde de la propia vacuidad, sentenciando que solo es sabio quien sabe que no sabe nada; Platón instó a la humanidad a abandonar las cadenas para salir de la caverna de las sombras engañosas; y Aristóteles, con su empirismo telúrico, devolvió la mirada a la tierra, recordando que la sabiduría se observa, se clasifica y se vive en el fragor del ágora.
Lejos de homogeneizar a las masas, la verdadera educación diferencia, destila y eleva el espíritu. Su autonomía está íntimamente ligada al interés emancipatorio del individuo, tal y como postula la filosofía contemporánea al reflexionar sobre la acción comunicativa. Padecemos hoy un exceso abrumador de información -esa suerte de pizarra en blanco que íbamos llenando pacientemente con las impresiones de los sentidos-, pero, al mismo tiempo, arrastramos un pavoroso defecto de formación estructural. Esta paradoja de nuestro tiempo fue resumida con precisión matemática y belleza poética al dictaminarse que según crece la isla de conocimiento, también lo hace el litoral de ignorancia. Por ello, el acto de aprender debe ser, inexcusablemente, una actitud de suprema humildad, y el acto de enseñar, una respuesta generosa a la sed inextinguible de la curiosidad, el ansia de indagación, el apetito intelectual. El orgullo suele alzar la voz en los foros públicos para imponer su dogma, pero la inteligencia genuina prefiere escuchar en el fecundo silencio de los gabinetes.
Ante la hiperespecialización que fragmenta el alma y reduce la amplitud de miras, la civilización debe aspirar a recuperar la excelsa figura del polímata, el intelectual preparado en todas las disciplinas, teniendo a mentes renacentistas como su más preclaro e inalcanzable arquetipo. El saber jamás puede ser un ejercicio estéril o un mero adorno de salón. Frente a la lucidez vacía que radiografía con angustia existencial el abismo contemporáneo, el conocimiento debe fundamentarse en un inquebrantable compromiso ético. En los albores de la humanidad, el primer signo tangible de civilización no fue la invención de una afilada herramienta de caza para someter al entorno, sino el hallazgo de un fémur curado. Esa osamenta cicatrizada constituye la prueba irrefutable de que alguien, en la inmensidad hostil de la prehistoria, decidió detener su marcha para cuidar y no abandonar a su suerte al prójimo que había caído.
Este verano he meditado con escritores como Alfredo Conde, académicos como Darío Villanueva, profesores como Xosé Antonio López Sila, editores como José Luis Pardo, empresarios como Alberto Sar, con Aurelio, Paco, etc. He concluido, tras escuchar a estos verdaderos polímatas o experimentados seres, que educar es, en última instancia, aprender a transitar por ese mar indómito y desconocido pertrechados con la brújula de la empatía y la lucidez de quien asume su propia pequeñez cósmica.
La mente humana ordena e interpreta la realidad sin descanso, pero siempre habitarán misterios inalcanzables en los márgenes de nuestra comprensión, asumiendo con Kant que la mente analiza la existencia pero siempre habrá misterios inalcanzables. Por consiguiente, al contemplar los años ya transcurridos, se comprueba que las torpezas iniciales no fueron estériles, sino el precio biológico y espiritual necesario para expandir la propia isla interior. Y, aunque al multiplicar las certezas se ensanche inevitablemente el oscuro litoral de la ignorancia, no hay cabida para sentirse desvalidos frente a la marea; pues se comprende que, ante el vasto y enigmático océano de lo desconocido, el origen de todo saber reside en la valentía de caminar por esa orilla con la mirada asombrada de quien está dispuesto a maravillarse y a aprender del mundo cada día. Lo vengo advirtiendo desde mis artículos con mi invitación a leer para la vida, a educar para la vida, a escuchar con humildad, hablar poco y reflexionar mucho. Pido disculpas y sigo leyendo y atento a lo que me dicen y a los idiotas enredantes. Lo hago sin prisas, comprendiendo que los datos reflejan una tendencia y advierten del peligro de conformarse, de intentar competir sin corregir, de superarse solo para la opinión pública no en su beneficio. La torre sigue inclinada, el estudio ha derrumbado las mejores expectativas y la IA llega como oportunidad y máximo riesgo. Hacen falta maestros. Vale.