Colombia, una filosofía de reconstrucción única

Pereira se abre al verde infinito del Eje Cafetero, donde la modernidad convive con una naturaleza exuberante y un paisaje marcado por el trabajo, el civismo y la voluntad de reconstrucción.

Los nombres de los lugares resuenan confusos en su hermosura, como los truenos de tormentas que parecen lejanas sobre la cordillera central, pero que retumban sobre las conciencias de los unos y de los otros, de los propios y de los extraños.

Los nombres suenan a música, saben a café y a caña de azúcar, a proximidad y lejanía, a verdad de sus tribus con sus particulares culturas, al ir y venir bamboneante de la historia del más aquí o del más allá, donde todo es transitable, cambiante, próximo y lejano, según la voluntad de los constructores de caminos o ferrocarriles. Hoy tiembla el alma.

 

Los nombres de los lugares resuenan confusos en su hermosura, como los truenos de tormentas que parecen lejanas sobre la cordillera central, pero que retumban sobre las conciencias de los unos y de los otros, de los propios y de los extraños. Acá Pereira, con Caldas, Dosquebradas, La Virginia; allá o más lejos Popayán, Almaguer, Caloto, Cali, Roldanillo, Buga, Palmira, Cartago —con Guanábano, Guayabito, Modín, Piedra de Moler, Quindio, Zanjón, Cauca, hasta una Zaragoza—, Tuluá, Toro y Supía; Filandia, Circasia y Salento…. Comunidades, cacicazgos, quimbayas, Provincias unidas, ciudades confederadas, estado federal, estados unidos, confederación, departamentos, regiones, área metropolitana… nombres caprichosos y volubles pero en el fondo una historia única, común, para una geografía de maravillas, siempre generosas, de valles y vaivenes, pese a todo, pese a todos, pese a tantos ajenos y ambiciosos... La que ha temblado estos día, para inquietud de quienes conocemos aquellos parajes y a sus buenas gentes.

Colores, geometrías y vegetación recorren la arquitectura tradicional de la región: espacios hospitalarios que conservan la memoria campesina y expresan esa cercanía espontánea tan propia de sus gentes.

 

Bañada por los ríos Cauca, Barbas, La Vieja, Otún y Consota, con sus numerosos afluentes, Pereira, conocida como «La querendona, trasnochadora y morena», «La ciudad sin puertas» o «La perla del Otún», es el centro del Triángulo de Oro (Bogotá, Medellín y Cali), ha cobrado gran relevancia, especialmente en el ámbito del comercio, ganadería y caficultura. Sobre todo subyace el poso del civismo, un proyecto ideológico cargado de fuertes concepciones morales que trascendían de las virtudes individuales al celo colectivo a favor del progreso material y espiritual-moral de la ciudad. Eso explica la pervivencia de la distinción, el recato, el altruismo social -se ha demostrado en el terremoto- y la visión progresista que comparte la sociedad. Se trata de llevar a cabo una labor educativa civilizadora con miras a imponer una serie de valores y de prácticas al conjunto de una convivencia en tránsito hacia la modernidad en un sentido vertical, uniforme y hegemónico, sobre una población predominantemente campesina y con altos niveles de analfabetismo. Digan lo que digan, se les nota a los naturales en una amabilidad inusual, espontánea. No hay mejores anfitriones en el mundo, trasciende en la ética, pero también en la estética urbana, que ha permitido a la ciudad un crecimiento sostenido, económico y también cultural. Quizás, sin percatarse, dieron con el mejor sistema educativo, colectivo, social, participativo, que nunca ha existido.

 

Es difícil relacionar todas las grandes infraestructuras, muchas destruidas tras el terremoto,  que han hecho de Pereira el centro del eje cafetero y un modelo de desarrollo urbano: el Aeropuerto Internacional Matecaña, el viaducto César Gaviria Trujillo, el megacable, sus numerosos centros de salud, el Centro de Convenciones y Exposiciones ExpoFuturo, bibliotecas, museos, hoteles urbanos y rurales, instalaciones deportivas, el planetario y el Jardín Botánico de la Universidad Tecnológica de Pereira, uno de sus prestigiosos centros educativos. La oferta de servicios ambientales, la diversidad biológica y un paisaje único, andino, son características que hacen del territorio un lugar apto para la práctica del ecoturismo, en lo que ha de reseñase de forma muy relevante actividades prodigiosas como el citado avistamiento de aves o de manadas de monos aulladores, cuyos aullidos se pueden escuchar a kilómetros de distancia.

 

Pereira, que también es conocida por su vida nocturna, debido a sus bares y discotecas, puede calificarse como la tierra del civismo con aroma a café, una colección de verdes únicos y de gentes jóvenes, pujantes, educadas, anfitriones excelsos que regalan abrazos y sonrisas, algo que el mundo necesita y el turismo, la industria de la felicidad, demanda. Allí he probado, por sugerencia de las palabras de Gabo, un café que sabe a ventana con vistas sobre la selva pura, un pan que sabe a rincón amable, y una fruta que sabe a abrazos inolvidables de Andrés, Juan, Roberto, Jose Fernando Ballesteros y de tantos otros seres anónimos que solo un beso hermano puede abarcar. El peso y el latido de la reconstrucción se quedan hoy enteramente en esta Colombia sufrida y hermosa, dejando el eco lejano y residual de Venezuela en un plano de proximidad también sentida.

 

Todo eso es lo que no puede haberse perdido, lo que estoy seguro que se recuperará si hacemos que el civismo solidario no olvide que en el paisaje más hermoso también habitan seres hermanos.