Ponte da Barca baila al son de San Bartolomé
El río Lima pasa silencioso bajo los arcos del puente, ajeno en apariencia al bullicio que ha tomado la villa. Sobre sus aguas se refleja una iluminación de fiesta. Es de noche, hace calor y Ponte da Barca luce sus mejores galas. Las calles antiguas están llenas, las terrazas no dan abasto y por todas partes se escucha una música que regresa cada verano, como si nunca se hubiera marchado.
Es San Bartolomé.
La celebración religiosa tendrá lugar el lunes 24, pero la fiesta comenzó mucho antes. Quedan por delante días de música, danza, comida, atracciones, comercio y encuentros. Los barquenses disfrutan desde anoche de una cita capaz de convocar a millares de personas y de transformar la localidad en un gran escenario abierto.
El buen tiempo acompaña. También esa elegancia especial de las noches importantes. La gente pasea muy bien vestida, con ropa escogida para la ocasión. Se saludan familias, se reencuentran amigos y regresan quienes viven lejos. Porque San Bartolomé no es solo una fiesta: es también una fecha marcada en el calendario sentimental de Ponte da Barca.
La concertina manda
Entre todos los sonidos hay uno que se impone. No hace falta escenario, luces ni amplificadores. Basta con que aparezca una concertina para que se forme el corro.
Este instrumento, parecido al acordeón, pero con botones en lugar de teclas, es el gran protagonista de las fiestas. En el Alto Minho se dice que en cada casa hay una. Quizás no sea una afirmación literal, pero esta noche cuesta dudarlo. Las concertinas surgen en las plazas, junto a las terrazas y en cualquier rincón donde quede espacio para bailar.
Los tocadores forman un círculo y la gente se distribuye a su alrededor. Las parejas comienzan a girar. Vuelta, paso, encuentro y nueva vuelta. Para el oído recién llegado, la melodía puede parecer siempre la misma; para quienes han crecido con ella, cada pieza contiene sus propios recuerdos.
Junto a las concertinas repiquetean las castañuelas, llevadas aquí por los hombres. Su sonido seco marca el ritmo de una danza colectiva que no necesita presentación ni instrucciones. O casi.
En la plaza del histórico café Urca, la efervescencia es total. Paulo Pereira, barquense emigrado a Canadá, se mueve dentro del corro y dirige el baile. Indica los giros, ordena los pasos y anima a las parejas. Ha vuelto desde lejos, pero aquí no parece un visitante. Conoce los movimientos, la música y los códigos invisibles de la fiesta.
A su alrededor bailan personas de distintas edades. Sorprende, sobre todo, la cantidad de jóvenes que se incorporan a la tradición. No contemplan la escena desde fuera ni la observan como una pieza de museo. Entran en el corro, toman las castañuelas y aprenden las vueltas.
La tradición sobrevive porque alguien la practica. En Ponte da Barca, además, se disfruta.
Una cita para regresar
Sentado en la terraza del Urca, Nélson Cerqueira contempla el baile. Es viticultor y también un habitual de San Bartolomé. Cuenta a Diario Luso-Galaico que ya venía de niño acompañado por sus padres y que desde entonces se ha mantenido fiel a esta cita anual.
Esta noche no baila. Comparte mesa con sus amigos mientras a pocos metros continúa el ir y venir de las parejas. Su presencia explica otra dimensión de la fiesta: la de quienes regresan cada año al mismo lugar para confirmar que algunas cosas siguen ahí.
La plaza está llena de historias parecidas. Personas que emigraron y vuelven, familias que repiten el ritual heredado de sus mayores, jóvenes que descubren que la música de siempre también puede ser su música. San Bartolomé funciona como un punto de encuentro entre los que viven aquí, los que se marcharon y los que todavía sienten Ponte da Barca como casa.
La gran mesa de la fiesta
En la parte nueva de la villa, una enorme carpa acoge largas mesas cubiertas con manteles de cuadros vichy blancos y rojos. A su alrededor se suceden las tasquinhas, pequeños puestos donde se puede probar comida tradicional a precios populares.
Huele a carne asada, a cocina sin prisas y a celebración compartida. Incluso hay un cerdo girando lentamente sobre las brasas. El fuego ilumina por momentos las caras de quienes se acercan a mirar, a preguntar cuánto falta o a decidir qué llevar a la mesa.
Muchas familias jóvenes cenan acompañadas por sus hijos. Los pequeños corretean entre bancos corridos mientras los mayores alargan la sobremesa. La comida y el vino de la comarca actúan como prólogo de la noche. Cerca de allí espera un escenario en el que, a las once, comenzarán las actuaciones.
Aquí la fiesta tiene muchas puertas de entrada. Unos vienen por la música, otros por el baile, otros por la comida o por el simple placer de encontrarse con los de siempre. Todo sucede a la vez, sin que una cosa estorbe a la otra.
El río, las luces y la feria
En la zona próxima al Lima no faltan las atracciones. Las luces de colores, los sonidos mecánicos y las voces de los feriantes componen un paisaje distinto, pero inseparable de estas celebraciones. Los niños miran hacia las atracciones mientras los adultos negocian una vuelta más antes de regresar a las mesas.
En el Jardim dos Poetas, un DJ anima la noche. Desde allí se contempla una de las imágenes más hermosas de Ponte da Barca: el puente iluminado y el río atravesando lentamente sus arcos. La fiesta retumba en las orillas, pero el Lima continúa su camino con una serenidad casi provocadora.
El puente no es un elemento más del paisaje. Da nombre a la villa y une su historia con el presente. Durante estos días también parece cumplir otra función: servir de telón de fondo a una comunidad que se reconoce a sí misma en la celebración.
A un lado, la música electrónica. Al otro, las concertinas. Más allá, las atracciones. Y en las calles del casco antiguo, una multitud que pasea sin prisa. Ponte da Barca está bonita, pero sobre todo está viva.
La noche en que nadie duerme
Y esto no ha hecho más que empezar.
Los vecinos advierten de lo que sucederá en la noche del sábado al domingo: aquí no duerme nadie. Una jornada se empata con la siguiente. La música continúa, las conversaciones se alargan y siempre aparece otra plaza, otra mesa o una nueva concertina dispuesta a sostener el pulso de la fiesta.
El domingo llegará uno de los momentos más esperados, cuando San Bartolomé salga a encontrarse con el pueblo, antes de la celebración religiosa del lunes 24. Será entonces cuando la devoción ocupe el centro de unas jornadas en las que lo sagrado y lo festivo conviven con naturalidad.
Porque, aunque por momentos parezca que todo consiste en bailar, comer y reencontrarse, hay un santo detrás de la celebración. Conviene recordarlo antes de que la música vuelva a arrancar.
San Bartolomé es devoción, comida, danza, memoria y fiesta. Es el sonido de las castañuelas en manos de los hombres, el movimiento de las parejas alrededor de una concertina y el regreso de quienes un día tuvieron que marcharse. Es una mesa larga, un cerdo asándose lentamente y un niño que aprende los pasos observando a sus mayores.
Es también el puente iluminado mientras el Lima discurre en silencio.
La arcadia barquense está llamando.
¿No oyes su latido?