Cortegada inicia un programa pionero para estudiar sus mariposas nocturnas

Ejemplar de Idaea ostrinaria identificado durante el estudio, que contabilizó 127 mariposas nocturnas de más de 40 taxones en una sola noche.
El primer muestreo realizado en la isla permitió registrar 127 ejemplares pertenecientes a más de 40 taxones diferentes.

La Xunta ha puesto en marcha por primera vez un programa de seguimiento de mariposas nocturnas —también conocidas como polillas— en la isla de Cortegada, perteneciente al Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas de Galicia. El primer muestreo, realizado a comienzos de este verano, permitió registrar en una sola noche 127 ejemplares de más de 40 taxones diferentes.

Esta iniciativa pionera persigue dos objetivos: conocer la comunidad de mariposas nocturnas que habita la isla y construir una serie temporal de datos que permita evaluar la evolución y el estado de conservación de sus poblaciones.

Ejemplar de Lymantria monacha registrado en el programa pionero de seguimiento de mariposas nocturnas de Cortegada.

El trabajo se realiza mediante dos trampas de embudo equipadas con luces LED y baterías autónomas. Los dispositivos deben instalarse a una distancia de entre 50 metros y un kilómetro entre sí y situarse a más de diez metros de obstáculos, fuentes de iluminación artificial y masas de agua.

Una de las trampas se colocó en la zona sur de Cortegada, en un pinar abierto, mientras que la segunda se ubicó en el centro de la isla, dentro de un bosque mixto de laureles, robles y pinos. De este modo, el muestreo abarca algunos de los hábitats más representativos del espacio natural.

En la trampa del sur se contabilizaron 57 ejemplares correspondientes a 30 taxones, mientras que en la zona central se registraron 70 individuos de 26 taxones. Solo 11 de ellos aparecieron simultáneamente en las dos localizaciones. Este reducido solapamiento refleja las diferencias existentes entre ambos hábitats.

Ejemplar de Aplocera cf. plagiata, una de las mariposas nocturnas observadas durante el primer muestreo realizado en la isla de Cortegada.

Las trampas se colocan al atardecer y se abren al amanecer, antes de que el aumento de la temperatura reactive a los ejemplares capturados. Ninguna de las mariposas nocturnas registradas será sacrificada.

Los muestreos se desarrollarán con una frecuencia de entre 15 y 30 días, desde marzo hasta noviembre. Para realizarlos se requieren unas condiciones meteorológicas determinadas: una temperatura mínima de 12 grados, poco o ningún viento y ausencia de lluvia durante toda la noche.

En cada visita también se anotan la temperatura, la velocidad del viento, el porcentaje de nubosidad y la fase lunar, variables que pueden influir en la presencia y actividad de estos insectos.

Una década siguiendo las mariposas diurnas

La isla de Cortegada cuenta desde hace una década con un programa de seguimiento de mariposas diurnas. El denominado Butterfly Monitoring Scheme (BMS), iniciado en julio de 2015, ha permitido contabilizar cerca de 2.665 ejemplares de 31 especies diferentes. Gracias a estos trabajos, la lista de mariposas diurnas conocidas en la isla se ha elevado hasta las 35 especies.

Hasta ahora, de las mariposas nocturnas solo existían algunos registros ocasionales obtenidos durante estos censos. Sin embargo, estos insectos constituyen uno de los principales grupos de polinizadores nocturnos y superan ampliamente en diversidad a las mariposas diurnas.

Todos los datos recopilados mediante el nuevo programa se incorporarán a la eBMS, la base europea de seguimiento de lepidópteros.

Indicadores de la salud de los ecosistemas

Los lepidópteros son un grupo de especial interés para la conservación de la naturaleza. Comprenden un elevado número de especies adaptadas a hábitats y condiciones ambientales muy diversas, aunque muchas de ellas atraviesan actualmente una situación complicada.

Las mariposas diurnas y nocturnas son, además, buenos indicadores ambientales debido a su diversidad y a su estrecha dependencia de determinadas condiciones ecológicas. Su ciclo vital —formado por las fases de huevo, oruga, crisálida y adulto— está condicionado por la meteorología y por la presencia y abundancia de las plantas de las que se alimentan.

Las variaciones en sus poblaciones pueden reflejar, por tanto, cambios en el estado de conservación de los ecosistemas y alertar sobre posibles alteraciones ambientales.