El universo pictórico de José María Barreiro es un mapa que desdibuja fronteras para centrarse en la esencia misma de Galicia. Aunque sus estudio se encuentra en Vigo y su mirada actual se proyecta desde su refugio en Cela, en el ayuntamiento de Bueu, su raíz se hunde profundamente en la humedad de Forcarei. Esta dualidad entre el interior telúrico y la costa salitrosa define una obra que ahora se celebra en la Casa das Artes bajo el título «Vigo, luz e cor», por invitación expresa de Abel Caballero, alcalde de la urbe, una antológica que recorre la trayectoria de un hombre que ha sabido ser, simultáneamente, local y universal.
Nacido en Terra de Montes, Barreiro forma parte de esa estirpe de pintores como Colmeiro o Virxilio Blanco, marcados por la geografía de origen. Sin embargo, su espíritu inquieto lo llevó a ser un habitante del mundo. En 1963, el sueño de los impresionistas lo condujo a París, donde se empapó de la luz de Cézanne y Matisse. Más tarde, el destino lo llevaría a Buenos Aires, cruzando el océano en el buque “Pasteur” con apenas veinte cartulinas bajo el brazo. Estas experiencias internacionales no diluyeron su galeguidade, sino que la reforzaron, dotándola de una sofisticación cromática que le permite pintar “o de cor da chuvia” con una maestría inalcanzable.
Uno de los capítulos más fascinantes de su evolución artística, demás de su hermandad con Laxeiro, fue su estrecha colaboración con el pintor y escritor coruñés Urbano Lugrís. Al calor de los Almacenes Romero en la calle del Príncipe y de las inmortales sesiones en el Bar Eligio, Lugrís despertó en el joven Barreiro la verdadera vocación pictórica. De aquella amistad surgió una pieza simbólica: un pirograbado de la ría de Vigo realizado sobre madera de embero, donde la obsesión marina de Lugrís se grabó con el pulso firme y la técnica de un Barreiro que empezaba a volar solo. Aquellos años de bohemia, compartidos con el poeta Celso Emilio Ferreiro y el polígrafo Valentín Paz Andrade, cimentaron una forma de entender el arte como un acto de generosidad y vida.
Hoy, desde su residencia en Santa María de Cela, Barreiro sigue asomándose a su ventana infinita. Frente a la isla de Ons y las playas de Agrelo y Portomaior, el artista continúa buscando superar el blanco del lienzo. Su obra, presente incluso en la colección del Vaticano, es el resultado de una síntesis donde concurren Velázquez, Picasso y los grandes literatos como el poeta de O Caurel Uxío Novoneyra, el realismo mágico de García Márquez o los versos del común amigo Carlos Oroza. Todo en él es dibujo, un dibujo que se exhibe crudo y deseoso, capaz de insertar unos cuadros dentro de otros con una armonía sorprendente.
La muestra que ahora se presenta en Vigo, comisariada por Pilar Corredoira, es un recordatorio de que el arte de Barreiro no es solo una forma de pintar, sino una manera de concebir la cultura y el país. Es el “Barreirismo” en estado puro: un hallazgo estético que produce placeres espirituales genuinos. Al contemplar sus bodegones, el espectador percibe que la magia no necesita explicación; basta con acercarse a su luz para entender que este hombre bueno de Forcarei ha logrado que Galicia sea, en cada una de sus pinceladas, una expresión de alegre eternidad.
La muestra en la renovada Casa das Artes, sede también de la la Fundación Laxeiro y de la colección Torras, permite recorrer esos paisajes urbanos, escenas de circo y músicos que pueblan su universo. Hasta el 26 de abril, los vigueses y los gallegos tienen la oportunidad de asomarse a ese balcón de la cultura y descubrir, a través de sus lienzos, por qué su ciudad sigue siendo, para muchos, un puerto de nostalgia y una matriz de modernidad.
