El Parlamento, ¿un 'no lugar'?

“Puesto que a las ocho de la tarde todo el mundo ve el mismo informativo, algo se ha puesto en marcha, y nunca se detendrá, a pesar del ruido y la furia: el mestizaje del mundo y la individualización de las conciencias”, lo ha dejado escrito Marc Augé, antropólogo francés, fallecido el día 24, creador de conceptos como la Sobremodernidad o los “no lugares”.

“Puesto que a las ocho de la tarde todo el mundo ve el mismo informativo, algo se ha puesto en marcha, y nunca se detendrá, a pesar del ruido y la furia: el mestizaje del mundo y la individualización de las conciencias”, lo ha dejado escrito Marc Augé, antropólogo francés, fallecido el día 24, creador de conceptos como la Sobremodernidad o los “no lugares”.

La evidencia de la nueva realidad la descubrieron los ciudadanos españoles a la misma hora del 23 de julio, tras unas elecciones que han dejado más sudores y lágrimas que una esperanza legítima. Ni los unos ni los otros han obtenido las mayorías suficientes para gobernar, solos o en coalición fácil, esta democracia escorada por falta de rumbos consensuados. Parece necesaria  una nueva Transición que asegure la gobernabilidad de un Estado por periodos estables.

Para nuestro consuelo, Nuccio Ordine, que murió hace poco más de un mes, dijo que, en realidad,  “ha ganado la idea de que hay que ser siempre el primero y el mejor en todo. El éxito y solo el éxito. Pero eso no es real. Nos lo enseñó Don Quijote: en la vida también hay derrotas gloriosas.” Eso requiere talante y entendimiento. El sabio pensador italiano sabía mucho de casi todo, pero sobre todo de “la inutilidad de lo inútil”, y en eso son especialistas en los partidos políticos, no en eficacia ni en generosidad con el oponente.

Muchas cosas, incluida la dignidad, se pierden por miedo a perder, a evidenciar lo evidente. Algunos suben escaño a escaño, sin saber que lo que hay que son subir son peldaños de una democracia amenazada, que corre el riesgo de desmoronarse entre zancadillas de populistas,  prófugos, tránsfugas e indolentes, incluso terroristas reconvertidos; entre masas y extrañas minorías sociales subvencionadas; entre piratas informáticos, mafias y otras malas hierbas disfrazadas; entre partidos y personas que dicen ignorar lo evidente: la desigualdades o el escenario de policrisis: guerras, conflictos geoestratégicos, cambio climático, sequía, migraciones, estados fallidos, pandemias, hambrunas, esclavitud, maltrato, culturas amenazadas por la globalización, crisis económicas y financieras... Un Gobierno serio ha de tomar decisiones más serias todavía, para ello hace falta mucho sentido común y de Estado.

Tras las elecciones, los políticos se reconcentran en sus intereses particulares y se alejan del de sus votantes, de los del propio Estado, ejercen lecturas y comportamientos alejados de lo que en realidad se ha demando en las urnas el 23 de julio: una gran coalición PP-PSOE. Es imprescindible, y lo saben, para afrontar cuestiones como el cambio de la Ley Electoral - elección directa del Presidente y de los alcaldes por el pueblo, gobierno del más votado, listas abiertas, segundas vueltas, transparencia en la financiación de los partidos políticos,; asegurar la separación de poderes y evitar chantajes nacionalistas o extremistas, etc.-.

El Parlamento español corre el riesgo de incidir en su tendencia a convertirse en un “no lugar”, como diría Marc Augé, en un espacio de transitoriedad para las gentes se limitan a votar, lo que se decide en las sedes de los partidos, incluso en Waterloo, en Rabat o por un fondo de inversión internacional, cual autómatas, evidenciando la inutilidad del propio sistema para defenderse y asegurar el estado de bienestar que tanto nos cuesta.

En tanto, los votantes, los autónomos, por ejemplo, que solo interesan por sus impuestos, o los amenazados pensionistas consumen informativos, a las tres o a las ocho de la tarde, cual  Quijotes y Sanchos. Ellos y España se merecen lo único que importa: un acuerdo en lo esencial. Los tiempos no esperan y cada vez hay menos sabios, incluso en política. Vale.

 

Alberto Barciela

Periodista