León XIV, el rescate de lo humano en una encíclica

Ilustración DL-G.
Como fruto de una primera lectura atenta, equilibrada y desde un criterio estrictamente constructivo de un creyente, es posible sintetizar este magisterio en diez puntos esenciales que definen el rumbo moral propuesto para la sociedad contemporánea

Así empieza la introducción “La magnífica humanidad que Dios ha creado” y a ella se dirige en reflexión un Santo Padre que ora con sus invocaciones evidentes de buen cristiano, quiere alcanzar a todos con sus reflexiones con su Encçiclica Magnifica Humanitas

 

Como fruto de una primera lectura atenta, equilibrada y desde un criterio estrictamente constructivo de un creyente, es posible sintetizar este magisterio en diez puntos esenciales que definen el rumbo moral propuesto para la sociedad contemporánea: la dignidad humana como absoluto, establecida como un don irrenunciable que no depende de la eficiencia o la productividad; la brújula del pensamiento en la era digital, frente a un mundo dominado por algoritmos y redes globales; la verdad como bien común y relacional, esencial para la salud democrática; la primacía y el valor antropológico del trabajo ante la automatización caótica; el destino universal de los nuevos bienes, extendido ya a los intangibles como patentes y datos; la denuncia del colonialismo de datos en las regiones más vulnerables; el desarme cultural, estratégico y cognitivo de la inteligencia artificial, pues resulta éticamente ilícito delegar decisiones letales en procesos automatizados; una alianza educativa y sapiencial que promueva una profunda ecología de la comunicación; la rebelión frente a la Realpolitik -esa política o diplomacia basada principalmente en consideraciones de circunstancias y factores dados, en lugar de nociones ideológicas explícitas o premisas éticas y morales- que normaliza el conflicto en favor de la negociación; y la mirada desde los puntos de vulnerabilidad, interpretando la historia desde abajo, con los ojos de los desfavorecidos.

 

La Encíclica pone el dedo sobre la llaga, con oportunidad -“cuando la dignidad de los hermanos se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método”-, en un momento que no duda en calificar como “cambio de época”.

 

El papa León XIV ha decidido tocar tierra para elevarnos al cielo de la verdad, de esa que según Jesús de Nazaret nos hará libres. El máximo representante de la Iglesia Católica ha enfrentado al tecnofascismo auspiciado desde poderes políticos y empresariales, de uno y otro signo, lo ha hecho con la evidencia de que estamos construyendo un mundo que corre el riesgo de convertirse en algo inhumano y más injusto, invitando a los seres de buena voluntad a colaborar para corregir enderezar el camino.

 

Ante esta llamada valiente a la responsabilidad compartida, convoca a que a cada uno asuma su cometido para crecer juntos en estabilidad, prosperidad y paz, sin discriminaciones. La Iglesia considera compañeros de camino a todos aquellos que buscan sinceramente la verdad, la bondad y la belleza, considerándolos preciosos aliados en la defensa de la dignidad de cada persona y en la custodia de la creación. Es una verdad que no teme a la diversidad, sino que la acoge y la ordena; que no elimina los conflictos, sino que los transfigura; que recompone lo que la historia tiende a dispersar.

 

“El otro existe”, saben que lo repito. Quizá enunciar esta obviedad sea hoy el último acto revolucionario verdaderamente humano, la única trinchera posible frente a la frialdad aséptica de una era gobernada por algoritmos y ante la inquietante sospecha de un transhumanismo que amenaza con diluir la esencia misma de nuestra condición. En un mundo volcado en el narcisismo digital, donde las pantallas fragmentan la atención y las redes convierten el desacuerdo en odio organizado, la humanidad busca asideros de autenticidad. La otredad no es una amenaza, sino la condición indispensable para salvarnos de la deshumanización contemporánea. Y esta Encíclica lo contempla así.

 

Urge recuperar la presencialidad del afecto, volver a mirarnos a los ojos sin la mediación de un cristal frío, de una pantalla, y comprender que ningún progreso técnico compensará jamás la pérdida de la ternura. Tal vez la auténtica revolución del siglo XXI no vaya a ser tecnológica, sino que consista, sencillamente, en el regreso a lo humano.