Galicia y el éxito de los Amancio
Resulta prodigioso que un nombre de resonancias tan clásicas -derivado del latín Amantius, aquel que ama o es digno de ser amado- haya terminado por configurar una suerte de estirpe del éxito en la Galicia contemporánea. No es una coincidencia menor que figuras tan dispares en sus disciplinas, pero tan convergentes en su excelencia, compartan este apelativo que parece imprimir un carácter de laboriosidad y triunfo silencioso.
Si analizamos la nómina, el rastro de luz es evidente. Amancio Ortega, el visionario natural de Busdongo de Arbas que desde un pequeño comercio en A Coruña transformó la industria textil global, personifica la capacidad de observación y la humildad del genio. Amancio López Seijas, que ha levantado con discreción y rigor un imperio hotelero que es referencia de gestión y expansión internacional, sin olvidar sus raíces en Camporamiro de Chantada. En el ámbito del deporte, la leyenda de Amancio Amaro, “El Brujo”, sigue iluminando la historia del fútbol con su regate y su elegancia, recordándonos que el éxito también es una forma de arte en movimiento. Y aunque su origen también sea de Dehesas en León, no podemos olvidar a Amancio Prada, cuya voz y sensibilidad han elevado la lírica y la música en gallego a una dimensión espiritual, demostrando que la palabra también es un territorio de conquista.
Para estos hombres, el éxito no ha sido un estallido súbito, sino una decantación natural de la voluntad. Existe en ellos una suerte de “sentidiño” aplicado a la ambición, una forma de entender el mundo desde la sobriedad y la constancia. Su compromiso social y cultural emana de una raíz compartida, la de cuatro “Balbino” de Neira Vilas, que, partiendo de la aldea espiritual o física, han sabido mantener intacta la lealtad a sus orígenes. En su ascenso, no han olvidado la gramática del esfuerzo que se aprende en el surco, transformando esa herencia en una responsabilidad ética que devuelve a la sociedad, mediante la filantropía o la elevación del arte, lo que la tierra les otorgó en carácter. Son labriegos de la modernidad que han sembrado en el mundo sin despegar los pies del terruño, haciendo de la cultura del trabajo una forma de compromiso con el progreso de su pueblo.
Ante tal concentración de talento bajo una misma denominación, se hace necesario proponer una definición académica que capture esta singularidad sociológica y empresarial:
amancismo. (De Amancio, n. propio). m. Sistema o tendencia de comportamiento basado en la discreción extrema, la perseverancia incansable y la visión estratégica, que conduce inevitablemente a la excelencia y al liderazgo en sectores económicos, deportivos o culturales. Dícese también de la corriente de opinión que valora la filantropía directa y el éxito global cimentado desde el arraigo local.
Es, en definitiva, una forma de ser y de estar en el mundo donde el trabajo precede siempre al reconocimiento, y donde la autoría de las grandes obras se firma con la sencillez de quien se sabe depositario de un destino excepcional.
Ayer tuve el honor de presentar a Amancio López Seijas en un almuerzo de la Asociación de Periodistas de Galicia (APG) que, con preside María Méndez con su eficaz y esforzado talante “amancista”. El Presidente de Hotusa demostró de manera confidencial su valía y reafirmó su compromiso con la tierra y el humanismo. Es un polímata liberal que todos debieran conocer mejor.
“El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Esta es una de las frases de inicio de Cien años de soledad, la novela más importante del escritor colombiano Gabriel García Márquez. A los “Amancio” hay que reconocerles, aplaudirles y, lo más eficaz, mostrar su ejemplo a la sociedad, si es preciso incluyéndolos en los diccionarios. Eso pienso.