domingo. 13.09.2026

La restauración de las Illas Atlánticas empieza con algo tan pequeño como una semilla. Miles de ellas, recogidas una a una entre las propias islas y distintos puntos del litoral de O Morrazo, constituyen una particular reserva con la que se pretende reconstruir parte de los ecosistemas alterados durante décadas por la presencia de especies invasoras.

Recogida de frutos de espino albar (Crataegus monogyna), una de las especies protagonistas de la campaña de 2025, con 2.850 semillas viables obtenidas para producir nueva planta autóctona.
Recogida de frutos de espino albar (Crataegus monogyna), una de las especies protagonistas de la campaña de 2025, con 2.850 semillas viables obtenidas para producir nueva planta autóctona.

Durante la campaña de 2025 se recolectaron 4.656 frutos de siete especies de árboles y arbustos autóctonos, de los que se obtuvieron 8.386 semillas viables. El destino de este material no es un almacén ni una colección botánica: las semillas se cultivan en viveros para producir las plantas que posteriormente podrán regresar al territorio y ocupar espacios donde antes crecían eucaliptos, acacias negras y otras especies ajenas a estos ecosistemas.

El proyecto es una especie de trabajo a largo plazo. Eliminar una invasora puede ser relativamente rápido; conseguir que vuelva a establecerse un bosque atlántico diverso requiere años.

Quitar eucaliptos y acacias es solo el primer paso

El Parque Nacional marítimo-terrestre das Illas Atlánticas de Galicia lleva tiempo actuando contra especies invasoras como el eucalipto y la acacia negra. Su retirada abre claros y libera terrenos, pero eso no significa que automáticamente regrese la vegetación que ocupaba originalmente esos espacios.

Ejemplares jóvenes de acebo (Ilex aquifolium) crecen en vivero antes de su traslado a las zonas seleccionadas para recuperar la vegetación autóctona de las islas.
Ejemplares jóvenes de acebo (Ilex aquifolium) crecen en vivero antes de su traslado a las zonas seleccionadas para recuperar la vegetación autóctona de las islas.

La regeneración natural tiene sus límites. En determinadas zonas, esperar simplemente a que el bosque vuelva por sí mismo puede resultar insuficiente, especialmente cuando la transformación del hábitat ha sido intensa.

Ahí entra en juego la restauración activa: producir árboles y arbustos autóctonos y reintroducirlos en aquellos lugares donde puedan ayudar a reconstruir el ecosistema.

Pero tampoco vale cualquier planta.

Uno de los aspectos más interesantes del programa es precisamente el origen de las semillas. Se busca que el material genético proceda de las propias islas o de territorios costeros con condiciones ambientales muy similares.

Un vivero genético nacido junto al mar

Las semillas se recogieron en Faro, Monteagudo y Ons, dentro del propio Parque Nacional, pero también en Hío, Aldán y Cabo Udra, en la costa de O Morrazo.

La proximidad no es un detalle menor.

Una planta destinada a sobrevivir en una isla atlántica tiene que enfrentarse a unas condiciones muy particulares. El viento, la influencia marina, la salinidad, las características del suelo y la disponibilidad de agua condicionan su supervivencia. Utilizar semillas procedentes de poblaciones que ya viven sometidas a circunstancias semejantes aumenta las posibilidades de adaptación de las futuras plantas.

Plantas autóctonas producidas en vivero a partir de semillas recogidas en el entorno del Parque Nacional, destinadas a los futuros trabajos de restauración de los ecosistemas insulares.
Plantas autóctonas producidas en vivero a partir de semillas recogidas en el entorno del Parque Nacional, destinadas a los futuros trabajos de restauración de los ecosistemas insulares.

Es, en cierto modo, aprovechar la experiencia acumulada por la propia naturaleza.

El material recolectado se encuentra ahora en viveros gestionados por personal del Parque, donde también se producen plantas a partir de semillas obtenidas en campañas anteriores. Cada especie requiere sus propios procedimientos de conservación, preparación y germinación antes de estar en condiciones de regresar al medio natural.

Madroños, espinos, acebos y laureles

La cosecha de 2025 ofrece además una fotografía de las especies elegidas para reconstruir esa vegetación atlántica.

El estripeiro o espino albar (Crataegus monogyna) encabeza la recogida con 2.850 semillas viables. Muy cerca aparece el madroño (Arbutus unedo), con 2.678.

A bastante distancia se sitúan las 1.374 semillas de acebo (Ilex aquifolium) y las 1.000 de laurel (Laurus nobilis).

El inventario se completa con 297 semillas de pereira brava (Pyrus cordata), 122 de rebolo (Quercus pyrenaica) y 65 de roble (Quercus robur).

Detrás de esas cifras hay una estrategia que busca algo más complejo que plantar árboles. La combinación de diferentes especies permite recuperar progresivamente una estructura vegetal diversa, con estratos y recursos capaces de sostener a otros organismos.

Recuperar el bosque para que vuelva también la fauna

Un madroño, un acebo o un espino no son únicamente vegetación. Sus frutos pueden convertirse en alimento; sus ramas, en refugio; y su presencia contribuye a crear las condiciones necesarias para que vuelvan a funcionar relaciones ecológicas deterioradas.

A medida que se recupera la cubierta vegetal también puede hacerlo la dispersión de semillas realizada por la fauna. La vegetación protege y modifica el suelo, aporta materia orgánica y crea nuevos espacios para aves e invertebrados.

Ahí reside una de las claves de la restauración ecológica: no se trata simplemente de sustituir un eucalipto por un roble, sino de intentar que vuelva a funcionar un ecosistema.

Y ese proceso necesita tiempo.

Más de 34.900 semillas desde 2021

La campaña de 2025 no es una actuación aislada. El programa comenzó en 2021 y, sumando las sucesivas recogidas realizadas hasta el pasado año, se han conseguido ya más de 34.900 semillas viables.

La cifra permite disponer progresivamente de una reserva de material vegetal de procedencia conocida para acometer futuras restauraciones sin depender exclusivamente de plantas producidas lejos de las condiciones ecológicas de las islas.

Ese origen cobra especial importancia en un territorio tan singular como las Illas Atlánticas, donde el mar determina buena parte de la vida terrestre.

Una carrera que se mide en décadas

Los resultados de una intervención de este tipo difícilmente pueden juzgarse en una sola campaña. Las semillas recogidas hoy necesitan germinar, convertirse en plantas suficientemente resistentes para ser trasladadas al medio y superar después sus primeros años expuestas a las condiciones insulares.

Solo entonces empezarán a ocupar el espacio que dejaron las especies invasoras.

Y todavía faltará mucho para que esos ejemplares formen comunidades maduras, produzcan sus propias semillas y permitan que aves y otros animales vuelvan a realizar de manera natural una parte del trabajo que ahora necesita la intervención humana.

Por eso, detrás de las 8.386 semillas seleccionadas en 2025 hay una actuación cuyo resultado se verá realmente a largo plazo. El objetivo final no es llenar las islas de árboles plantados, sino conseguir que, llegado un momento, el bosque pueda continuar recuperándose por sí mismo.

En las Illas Atlánticas, la restauración del paisaje comienza así en una escala diminuta: un fruto recogido en Ons, una semilla procedente de Monteagudo o un pequeño acebo germinado en vivero. Miles de pequeñas piezas con las que reconstruir, poco a poco, el bosque atlántico que las islas necesitan.

Las Illas Atlánticas preparan su bosque del futuro semilla a semilla
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