El pregón de Semana Santa de Zamora en Vigo se estructuró por parte del obispo de Zamora, Fernando Valera, como un recorrido espiritual y cultural por el significado de la Pasión, la muerte y la resurrección de Cristo, tomando como referencia la tradición de Zamora y conectándola con la experiencia universal de la fe.
Desde el inicio, el texto sitúa el sentido de la celebración en una dimensión profundamente simbólica y comunitaria. “La Semana Santa de Zamora es la Semana de Zamora”, afirma el pregonero, para subrayar el carácter identitario de una celebración que define la vida religiosa y cultural de la ciudad. En ese mismo tono, recuerda que “la Pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Señor se viven en una tierra curiosamente acostumbrada… a más días de dolor y de pasión que de resurrección”.
El discurso de Valera combina referencias históricas y devocionales con reflexiones sobre el sufrimiento humano y el sentido de la fe. El pregonero evoca el peso simbólico de las procesiones y de las imágenes religiosas, recordando que “cada día santo de la Pasión, la imagen porque la contemplamos es… carne de Cristo”, destacando la intensidad emocional y espiritual de estas manifestaciones.
Uno de los ejes del pregón es la identificación entre la experiencia de la Pasión y el dolor cotidiano de las personas. En este sentido, el texto recuerda que “la cruz es nuestro TODAVÍA. La gloria de la vida nueva es y será nuestro SIEMPRE”, contraponiendo el sufrimiento presente con la esperanza final de la resurrección.
El pregón también subraya la dimensión humana de las escenas evangélicas, especialmente en la figura de la Virgen María. En una de las reflexiones más emotivas se señala que “¿Hay acaso dolor como este dolor?”, aludiendo al sufrimiento de una madre ante la muerte de su hijo y conectándolo con el dolor de tantas madres en la vida real.
La parte final del discurso adopta un tono claramente esperanzador. Frente a la oscuridad del dolor y del sacrificio, el pregonero recuerda que el núcleo del mensaje cristiano es la vida nueva. “La tumba está vacía… donde los demás ven la nada, una oquedad insoportable, nosotros vemos el inicio de un tiempo nuevo”, afirma.
El texto concluye con una síntesis del mensaje central del pregón, que une tradición, fe y esperanza: “Que la cruz de Jesucristo es nuestra gloria”. De este modo, Fernando Valera cierra una intervención marcada por un estilo reflexivo y literario, con abundantes imágenes simbólicas y referencias a la tradición procesional, estructurada como un itinerario espiritual que conduce del dolor de la Pasión a la esperanza de la Resurrección.
Al acto acudieron representantes políticos de Zamora así como el alcalde de Vigo, Abel Caballero. El evento fue presentado por el presidente de la Casa de Zamora en Vigo, Miguel Ángel Crespo. También acudió el obispo de Tui-Vigo, Antonio Valín, y el obispo emérito, Luis Quinteiro.
Pregón de Semana Santa
Fernando Valera Sánchez, obispo de Zamora
Queridos amigos,
La Semana Santa de Zamora es la Semana de Zamora.
La Semana Santa en Zamora es el soplo de oportunidades para una tierra tan fértil y dichosa como cerrada en muchas ocasiones a su progreso.
La Semana Santa para Zamora es la ocasión en la que la Pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Señor se viven en una tierra curiosamente acostumbrada, también, a más días de dolor y de pasión que de resurrección.
Zamora ha sido una tierra con pocos domingos de vítores y de vida, pero con muchos días de sufrimiento e incomprensión.
Pero Zamora, como la misma fe que profesamos, quiere decir hoy una palabra de esperanza.
El obispo de Zamora quiere transmitir hoy una palabra de esperanza. La Iglesia que peregrina en Zamora quiere venir a Galicia a tener aquí una palabra de esperanza. Y este es hoy nuestro pregón.
Que la cruz de Jesucristo es nuestra gloria.
El Señor muerto ha resucitado.
La cruz de Jesucristo es la luz de la vida.
El Gólgota no es la última palabra.
Y hoy, como entonces y hace siglos, venimos como llegaron aquí nuestros arrieros de Castilla, venimos a Galicia, esta es nuestra historia. Nuestros arrieros eran comerciantes peregrinando desde abajo arriba pasando por Ponferrada, O Barco de Valdeorras y tantas y tantas aldeas y ciudades hasta aquí, hasta Vigo.
«Sentíos, queridos amigos, tratados hoy con el mayor de los respetos por este obispo que os habla por estos zamoranos que os visitan, por esta Iglesia hermana que os anuncia a Jesucristo».
Sentíos hoy reconocidos en nuestras humildes palabras que, una vez más, contienen la verdad importante de nuestra fe: que el dolor, la muerte, lo inacabado, la injusticia… son estaciones penúltimas.
La esperanza está en el Señor. En el Señor que se ha acercado a nuestra historia. En el Señor que se ha acercado al interior de nuestros hogares y cuyas heridas nos han curado.
Alguien tomará nuestra existencia caída y la sujetará con sus manos de gracia.
Queridos amigos, repitámoslo: la tumba está vacía. El sepulcro de Cristo se ha abierto. Allí donde los hombres ven el final, Dios abre el comienzo.
El vacío del sepulcro es el nacimiento de nuestra esperanza. La tumba está vacía. Donde los demás ven la nada o una oquedad insondable nosotros vemos un nuevo inicio, el inicio de un tiempo nuevo, el inicio de la eternidad.
El cuerpo exánime del Señor ha tomado el vigor de Dios para levantarse, para llevar consigo la muerte hasta su interior y romperla. El cuerpo del Señor ya no puede sufrir. Y su carne, con su gloriosa humanidad, se convierte en origen de esta eternidad.
La carne de Cristo ha resucitado. La hemos visto en imagen. La veremos en la realidad.
El Señor triunfante entra entre palmas y ramos, sonriendo por la inocencia de los niños de la ciudad.
Sonríe con la paz que plasmó en la madera florentina del Templo, y que después subió al Calvario.
Sube ahora otra vez.
La velocidad que será completa en la gloriosa mañana del domingo.
La cruz es nuestro TODAVÍA.
La gloria de la vida nueva es y será nuestro SIEMPRE.
Reconozco que me emocionó llegar a esta ciudad donde tantos hombres y mujeres han besado la carne frágil de Dios ese Viernes Santo, dado a la carne frágil, débil, vulnerable y herida de todos los crucificados.
Sufrientes, los dolientes… son la CARNE DE CRISTO.
Beso cada día santo de la Pasión la imagen porque ahí está contenido todo.
Besar solo las besas y cargar con los hermanos.
Porque solo las besas y cargas con los hermanos. El peso de la imagen no tiene sentido si no es símbolo del peso del dolor.
Si no es el símbolo de lo insoportable del peso del dolor.
El peso de Cristo que cargó sobre sí los dolores de la humanidad.
Zamora se hace Gólgota durante esta Semana en la Plaza de Santa Lucía, en el atrio de la Catedral, en la Plaza Mayor.
El encuentro en la Plaza Mayor entre el Resucitado y la Virgen de la Alegría repite el pasaje del Evangelio.
La ciudad contempla esa semana de dolor y de sufrimiento que queda suspendida por el negro de la muerte.
Pero el domingo rompe el silencio.
El manto negro cae en María, como cae en nosotros.
El manto negro de las tentaciones consistente en que ya no hay nada más que hacer.
El manto de seguir en la postración donde muere la esperanza.
Para paladear aquí y ahora la resurrección tendrá que caer ese manto.
También el tuyo y el mío.
Alguien tendrá que hacer caer ese manto de nuestro rostro.
Alguien enjugará nuestras lágrimas y sostendrá nuestras flaquezas.
Y por eso cada Viernes Santo este obispo se descalza para adorar la cruz.
Porque así se simboliza en la Iglesia que se postra ante la verdad.
Ante nada que los tres días lo sea todo.
La Iglesia ha madurado como madura la historia.
El Evangelio de Jesús se ha hecho verdad ya entre nosotros.
Jesús de Luz y Vida es la verdad de la mano que estrecha el corazón de quien le busca.
Jesús visita a todos los muertos y acompaña el clamor de nuestra alma que pide desde lo hondo.
A la puerta del cementerio donde todos ven fin y nada, Cristo comienza.
Pero hay algo que ha cambiado en mi vida, mi fe, mi ministerio episcopal y ahora mi ser obispo: observar y meditar cómo el Resucitado muestra sus llagas.
Las heridas permanecen. La sangre sigue brotando.
Mientras solo un hombre no tenga un pan o una casa o un trabajo digno, la cruz de Jesús sigue anclada en nuestros calvarios.
Pero ahora con un horizonte.
Ahora con un sentido.
Zamora es un continente perfecto para la Semana Santa porque Zamora contiene también lo que sois.
Hombres y mujeres acostumbrados a pasar su pasión.
Zamora atravesada por la Pasión de Jesucristo se abre al mundo entero para mostrar el tesoro escondido de su fe.
Aquí la procesión te postra ante la vida.
Aquí la procesión te postra ante el alma.
Aquí te postra ante la Pasión.
Por la resurrección que celebráis y procesionáis, nuestra Zamora tiene motivos para revivir y esperar.
Os pido unos pocos minutos más para que nuestra ciudad pueda volver a decir esperanza.
Acabemos este acto así recordando mis palabras con la voz de Sara Pérez Frames:
“Gracias por este inmenso honor.”

