Repensar el mundo

La fuerza de los pueblos radica en su memoria y en su sabiduría, que se transmite de unas generaciones a otras para que no se vuelvan a repetir los errores del pasado, que se tengan en cuenta sus raíces, su identidad, sus valores, su lengua, su espíritu de superación y de lucha para afrontar las dificultades y salir adelante. 

La fuerza de los pueblos radica en su memoria y en su sabiduría, que se transmite de unas generaciones a otras para que no se vuelvan a repetir los errores del pasado, que se tengan en cuenta sus raíces, su identidad, sus valores, su lengua, su espíritu de superación y de lucha para afrontar las dificultades y salir adelante. Cuando los pueblos están sometidos al pensamiento único por el poder dominante, no hay libertad, se rompe la convivencia el equilibrio, la relación, la armonía, sobrevienen los conflictos y aparece la violencia, las guerras, el hambre, el terrorismo económico. Un mundo sin alma es sumiso y acepta la situación, mientras que, si existe un pensamiento propio y una resistencia, se alza la voz y no se acepta este tipo de situaciones.  Tenemos ante nosotros la oportunidad de intentar que las cosas cambien y que los pueblos de forma pacífica puedan crecer y desarrollarse en libertad. Esto lo permite la democracia, gracias a la participación social, haciendo que se respeten los derechos humanos.

La democracia, a pesar de ser imperfecta, es la única forma de poner en práctica los derechos humanos, y que el derecho y la igualdad sea para todos. Es muy importante trabajar por la unión y solidaridad de los pueblos y encaminarlos hacia la vida y no hacia la muerte. Hay que respetar la pluralidad, la diversidad, compartir la verdad, el pensamiento, la acción. No podemos vivir sin utopías, sin la esperanza de que es posible construir un mundo mejor y debemos luchar por ello, tenemos que recuperar los valores, pasar de un pensamiento único a un pensamiento propio y dialogado que haga posible que florezcan las identidades culturales y las mejores cualidades de los seres humanos.

El fin es educar en la práctica de la libertad, generar espacios de libertad y conciencias críticas, hombres y mujeres para la libertad. Es necesario crear una cultura de paz en los pueblos que perdure en el tiempo. El poder y la economía o se utilizan para el bien común o se crean muros invisibles, y en un mundo sin alma no existen ni las personas, ni los pueblos ni las ciudades sino los mercados, los consumidores y las aglomeraciones. El desafío tiene que ser el construir un mundo más justo y solidario, donde todos los seres humanos podamos vivir en libertad y seamos iguales en dignidad, donde prevalezca el ser sobre el tener. En este proceso juega un papel decisivo la educación. En la construcción de la vida, la acción tiene que ser permanente, se necesitan héroes y heroínas que lideren los pueblos para transformarlos y ofrecerles a sus gentes un proyecto de vida de dignidad para todos, ese tiene que ser el caminar de los pueblos.

Tenemos que repensar el mundo en el que vivimos e intentar construir entre todos un mundo mejor. Los gobernantes tienen que escuchar más a sus gentes, que lo único que quieren es vivir en paz y tener un trabajo digno, que haya tolerancia y que se respeten los derechos humanos. El camino es educar en la cultura de la paz y en libertad, derribar fronteras y muros invisibles y acabar con la cultura de la violencia, y eso solo será posible si somos capaces de construir los baluartes de la paz en la mente de los seres humanos. Que resuene cada vez con más fuerza la voz de los pueblos a través de la fuerza de la palabra, tenemos que conseguir pasar de la fuerza de la violencia a la fuerza de la paz, solo así seremos capaces de construir un mundo mejor para todos, más justo y solidario, todos iguales en dignidad.

 

Francisco Peña

Científico, académico, escritor y humanista