La conquista de la paz, camino de esperanza

Ilustración DL-G.
¿Cómo es posible que Trump insista una y otra vez en que se merece el Premio Nobel de la Paz? No creo que la Academia Sueca otorgue el premio más prestigioso del mundo a alguien que no se ha destacado precisamente por respetar los derechos humanos y promover la cultura de paz (...)

El mundo atraviesa actualmente uno de los períodos con mayor número de conflictos bélicos desde la Segunda Guerra Mundial, entre los que cabe destacar: la invasión rusa de Ucrania, la guerra en la Franja de Gaza (Israel-Hamás) y la reciente guerra de EE UU e Israel contra Irán y ataques en Oriente Medio; además de los conflictos existentes en la RDC, Sudán, Siria, Afganistán, Myanmar, Yemen, Taiwán, zonas del Sahel africano, etc., provocando graves crisis humanitarias, pérdidas de vidas humanas, destrucción de infraestructuras críticas, desplazamiento forzado, crisis sanitarias, hambre, pobreza extrema, impacto del cambio climático, etc.; además de generar inestabilidad económica mundial, provocando inflación, inseguridad energética y crisis alimentarias que trascienden las fronteras del país en conflicto.  

¿Cómo es posible que en el siglo XXI sigan proliferando los conflictos bélicos? Deber de memoria: no hemos aprendido nada de dos guerras mundiales e innumerables conflictos armados y guerras civiles a lo largo de la historia reciente de la humanidad. En un mundo sin alma, tiene que resonar con más fuerza que nunca la voz de los pueblos a través de la fuerza de la palabra, tenemos que conseguir pasar de la fuerza de la violencia a la fuerza de la paz, y para ello tenemos que ser capaces de construir los baluartes de la paz en la mente de los seres humanos, solo así seremos capaces de parar esta barbarie y ser capaces de construir un mundo nuevo en paz.

La crisis climática y ecológica, la fragilidad económica y geopolítica y la desigualdad extrema que atraviesa el mundo en la actualidad, requiere una transformación hacia la sostenibilidad, la justicia social y una cooperación internacional renovada para gestionar los riesgos compartidos. La situación actual pide a gritos un cambio de rumbo y para pilotarlo se necesitan auténticos líderes democráticos que estén dispuestos a entregar su vida a grandes ideales al servicio del bien común, ya que, con los líderes que tenemos actualmente y que influyen sobremanera en el rumbo que está tomando el mundo, no vamos a ninguna parte. ¿Cómo es posible que Trump insista una y otra vez en que se merece el Premio Nobel de la Paz? No creo que la Academia Sueca otorgue el premio más prestigioso del mundo a alguien que no se ha destacado precisamente por respetar los derechos humanos y promover la cultura de paz, tendiendo puentes y propiciando la cooperación internacional y la reconciliación, que no cree en el cambio climático ni en la gobernanza de salud global al decidir que EE UU abandone la OMS, y ahí me quedo.

Urge cambiar el rumbo de los acontecimientos y que aflore la grandeza del ser humano, que se manifiesta en ser grande en acciones y valores, pero sin ostentar, un principio de honor y discreción en el servicio a grandes ideales y a la defensa de la vida. La grandeza se construye con disciplina, se sostiene en la excelencia y se demuestra día a día en silencio a lo largo del camino. No puede haber una tarea más gratificante que trabajar por la conquista de la paz en el mundo desde la verdad, la libertad, el respeto por los derechos humanos, la justicia social, la solidaridad y la igual dignidad de todos los seres humanos en un planeta más saludable, sostenible y resiliente, mejor legado para generaciones venideras. Esa tiene que ser nuestra esperanza.