En un templo del pensamiento, donde la tertulia se nutre de la experiencia y el conocimiento práctico, allí donde se debate y se concilia en el diálogo, el mítico Café Varela del gallego Melquiades, tuve el privilegio de cenar con un sabio. El dóctor Pedro Guillén me ilustró sobre una novedad de trascendencia humana que, por sí misma, obliga a una valoración profunda. Me habló de los primeros tratamientos del mundo realizados con células madre integradas. Compartimos delicias gastronómicas con Pilar, la esposa de Pedro, y con el ilustre eminencia del Derecho y los medios de comunicsción Alfonso Cavallé; amigos todos unidos por la fascinación del descubrimiento.
Habló Pedro de un eslabón evolutivo absolutamente revolucionario —como ya hizo hace unos días en la Fundación BBVA— y consiguió que un profano en la ciencia como yo le entendiera. Lo hizo con la claridad de los clásicos, pues él domina el Siglo de Oro con la misma destreza que el bisturí; con la seguridad del científico avezado y esa leve frustración que supone comunicar verdades molares en un mundo convulso, a menudo mediatizado por intereses espurios.
El murciano es un humanista, un polímata español en la vanguardia mundial, pareja científica de Izpisúa Belmonte. Ambos son seres de audacias y hallazgos, un lujo de la "marca España" que ya deberían haber sido reconocidos, al menos, con un Princesa de Asturias; y quizás con algo más.
La noticia que Pedro desgrana con pasión tiene su epicentro en Japón, pero su eco es universal. Por primera vez, se ha dado luz verde al uso clínico de células madre pluripotentes inducidas (iPS) para reparar tejidos humanos. Se trata de un cambio de paradigma: la célula deja de ser un objeto de estudio para convertirse en un "medicamento vivo". Mediante la técnica de los factores de Yamanaka, células adultas —de la piel o la sangre— son reprogramadas para recuperar su capacidad de transformarse en cualquier tejido. Esto permite ya tratar la insuficiencia cardíaca mediante láminas de cardiomiocitos o combatir el párkinson implantando neuronas dopaminérgicas directamente en el cerebro.
Desde la Real Academia Nacional de Medicina de España se destaca la magnitud de este hito. No hablamos de nuevos fármacos químicos, sino de regenerar lo dañado, de "viajar en el tiempo" biológico para restaurar la función perdida. Es la culminación de veinte años de rigor que sitúan a la biología celular como el motor de la innovación clínica.
España, con figuras como Guillén e Izpisúa, no puede ser un mero espectador; debe liderar la implementación responsable de estas terapias que buscan, en esencia, que el ser humano no solo viva más, sino notablemente mejor.
Como bien advertía un clásico de nuestra lengua, la verdadera sabiduría no reside solo en el hallazgo, sino en su aplicación para el bien común. Lo dejó escrito Baltasar Gracián: "No hay mayor señorío que el de sí mismo, ni mayor victoria que la de las propias pasiones, ni mayor ciencia que la de la propia salud".
