Três horas da tarde!/////¡Las tres de la tarde!

Ilustración DL-G.
No silêncio abrasador de uma tarde de junho, um passeio sem rumo acaba por se transformar num inesperado encontro com Deus e com o próximo./////////////////////////////////////

En el silencio abrasador de una tarde de junio, un paseo sin rumbo acaba convirtiéndose en un inesperado encuentro con Dios y con el prójimo.

Três horas da tarde!

Silêncio nos campos! Tudo é calmaria e um calor abrasador, numa aldeia do Minho. Três horas da tarde do dia catorze de junho. Os raios inclementes do sol caem a pique sobre quem se mete a eles. Os cães de guarda, quais sentinelas que depõem as armas, dormem a sono solto, estirados no chão, à entrada das casas. Os passarinhos que se ouviam de manhã a saudarem o sol nascente, perderam o pio.

– Ramiro, vai dormir uma sesta que não se pode sair de casa! – aconselhou minha mãe, com voz protetora.

Mas eu não. Saí, mesmo assim, arrostando o calor escaldante e embrenhei-me num matagal, fazendo estalar sob os pés, ramos e folhas secas que dormiam disseminadas pelo chão. Os descantes que pela manhã se ouviam da boca das raparigas, no amanho dos campos, emudeceram. Só o canto estridente do galo e a serrazina das cigarras, excitadas pelo calor, trespassavam aquele silêncio estival.

Dominado pelo tédio, caminhei ao acaso, tentando encontrar uma frescura retemperante para o corpo e para a alma.

Inesperadamente desemboquei em frente à porta entreaberta de uma igreja, como quem me oferece, no seu interior, a frescura e o repouso procurados. Não me fiz rogado e entrei. Fui recebido hospitaleiramente por uma vasta amplidão vazia e fresca. Também ali reinava o silêncio e a solidão. Não havia ninguém a não ser Jesus sacramentado, anunciado por uma lamparina tremelicante. Sentei-me ao fundo a desfrutar um repouso contemplativo. Respirava-se ali um ar beatífico que me extasiava a alma, tal como o ar fresco e puro das montanhas, refresca os pulmões deliciados. Naquele ambiente perfumado por polícromas flores, sentia no íntimo do ser, a presença intangível de Deus. Ali rezei com devoção, e sem pressas.

Quando saí da igreja, trazia as forças revigoradas. Retomei o caminho e, a certa altura vi agitar-se ao longe, na berma da ruela um tufo de verdura. Aproximei-me mais e ouvi sair do interior, uns suspiros abafados e dolorosos. Dei mais uns passos e vi que provinham de um idoso que jazia ali estendido ao comprido, imobilizado e mudo. Quando pressentiu alguém na sua presença, os gemidos aumentaram de volume. Eu tinha que corresponder a este tácito pedido de socorro.

– O senhor quer ir para o hospital?– perguntei, fixando a camisa ensanguentada.

Respondeu-me com uns sons ininteligíveis que mais pareciam grunhidos de animal.

– Descanse que eu vou ajudá-lo – sosseguei-o carinhosamente e perguntei – Como se chama?

Emudeceu completamente. Fui para o levantar mas não consegui, tal era o peso e a rigidez do corpo. Nesta altura vi que sangrava de uma mão e tinha um golpe profundo na face que lhe tingia de vermelho o rosto e a camisa.

Sem conseguir informações sobre a família e a morada, decidi chamar a ambulância. Enquanto chegava e não chegava, fui pensando para mim:

Com este calor de matar, este homem com tantos anos, não resistiu e tombou no chão, inanimado.

Entretanto, ouvi tocar o seu telemóvel, escondido no bolso das calças, e fui atender.

– Olá pai! Onde está? – ouvi uma voz feminina, entusiasmada.

– Não é o pai que fala mas um caminhante –respondi. – Seu pai está caído no chão, inanimado e a sangrar.

– Ui, meu Deus! O que lhe aconteceu? – alarmou-se a mesma voz, carregada de aflição.– Eu estou no Algarve não lhe posso valer, mas vou ligar ao meu irmão. Onde é que o meu pai se encontra?

Expliquei-lhe tudo direitinho e, passados minutos, aparece junto a mim um homem afogueado, a suar em bica e respirando inquietação.

– Olá! Boa tarde! O que se passou com meu pai?

– Olhe, encontrei-o aqui no estado que o Senhor vê e chamei a ambulância.

– Eu andava aflito à procura dele.– esclareceu com a voz embargada. – Está com alzheimer e desapareceu-me de casa sem eu dar conta. Ainda bem que o Senhor o descobriu!

– Penso que foi este calor abrasador que o tombou! Olhe, lá vem a ambulância! Já cumpri a minha missão. Estimei conhecê-lo. E até à vista.

– Não tenho com que pagar, o que fez pelo meu pai. – abriu-se num sorriso de agradecimento.– Ainda há gente boa neste mundo!

– Não tem nada que agradecer. Só fiz a minha obrigação.

. Dr. Ribeiro da Costa

Versión de DL-G en español

¡Las tres de la tarde!

¡Silencio en los campos! Todo es calma bajo un calor abrasador en una aldea del Miño. Son las tres de la tarde del catorce de junio. Los rayos inclementes del sol caen a plomo sobre cualquiera que se atreva a exponerse a ellos. Los perros guardianes, como centinelas que han depuesto las armas, duermen profundamente, tendidos en el suelo a la entrada de las casas. Los pajarillos que por la mañana se oían saludando al sol naciente han enmudecido.

—Ramiro, vete a dormir la siesta, ¡con este calor no se puede salir de casa! —me aconsejó mi madre con voz protectora.

Pero yo no le hice caso. Salí de todos modos, desafiando el calor sofocante, y me adentré en la espesura, haciendo crujir bajo mis pies ramas y hojas secas esparcidas por el suelo. Los cantares que por la mañana brotaban de las voces de las muchachas mientras trabajaban los campos también habían callado. Solo el canto estridente de algún gallo y el chirrido insistente de las cigarras, excitadas por el calor, atravesaban aquel silencio estival.

Vencido por el tedio, caminé sin rumbo, buscando algún lugar donde encontrar un poco de frescor que aliviase el cuerpo y también el alma.

Inesperadamente fui a dar ante la puerta entreabierta de una iglesia, como si su interior me ofreciese precisamente el frescor y el descanso que andaba buscando. No me lo pensé dos veces y entré.

Me recibió hospitalariamente un espacio amplio, vacío y fresco. También allí reinaban el silencio y la soledad. No había nadie, salvo Jesús sacramentado, cuya presencia anunciaba una lamparilla temblorosa.

Me senté al fondo y me abandoné a un descanso contemplativo. Se respiraba allí un aire de paz que extasiaba el alma, como el aire fresco y puro de las montañas reconforta unos pulmones fatigados. En aquel ambiente perfumado por flores de múltiples colores sentía, en lo más íntimo de mi ser, la presencia intangible de Dios.

Allí recé con devoción y sin prisas.

Cuando salí de la iglesia me sentía reconfortado y con las fuerzas renovadas. Retomé el camino y, al cabo de un rato, distinguí a lo lejos, junto al borde de una callejuela, un pequeño matorral que parecía agitarse. Me acerqué y escuché salir de su interior unos gemidos apagados y dolorosos.

Avancé unos pasos más y descubrí que procedían de un anciano que yacía allí tendido, inmóvil y sin poder hablar. Al advertir mi presencia, sus lamentos se hicieron más intensos. Tenía que responder a aquella silenciosa petición de auxilio.

—¿Quiere que lo lleven al hospital? —le pregunté al reparar en su camisa ensangrentada.

Me respondió con unos sonidos ininteligibles, más parecidos a gruñidos que a palabras.

—Tranquilo, voy a ayudarle —intenté serenarlo con cariño—. ¿Cómo se llama?

Enmudeció por completo.

Intenté levantarlo, pero no pude: el peso y la rigidez de su cuerpo me lo impedían. Entonces advertí que sangraba por una mano y que tenía una profunda herida en el rostro, cuya sangre le teñía de rojo la cara y la camisa.

Como no conseguía averiguar nada sobre su familia ni sobre dónde vivía, decidí llamar a una ambulancia. Mientras esperaba su llegada, pensé:

"Con este calor de muerte y a su edad, el pobre hombre no ha podido resistir y se ha desplomado en el suelo".

De pronto escuché sonar un teléfono móvil. Estaba escondido en uno de los bolsillos de sus pantalones. Lo saqué y contesté.

—¡Hola, papá! ¿Dónde estás? —escuché al otro lado una animada voz de mujer.

—No soy su padre. Soy un caminante —respondí—. He encontrado a su padre tendido en el suelo, casi inconsciente y sangrando.

—¡Ay, Dios mío! ¿Qué le ha pasado? —exclamó la mujer, ahora con la voz cargada de angustia—. Estoy en el Algarve y no puedo ayudarlo, pero voy a llamar a mi hermano. ¿Dónde está mi padre?

Le expliqué con precisión dónde nos encontrábamos y todo lo sucedido.

Pocos minutos después apareció junto a mí un hombre sofocado, empapado en sudor y respirando con la agitación de quien lleva un buen rato buscando desesperadamente a alguien.

—Hola, buenas tardes. ¿Qué le ha pasado a mi padre?

—Lo encontré aquí, en el estado en que usted lo ve, y llamé a una ambulancia.

—Llevaba un buen rato buscándolo, muy preocupado —explicó con la voz entrecortada—. Tiene alzhéimer y salió de casa sin que me diese cuenta. ¡Menos mal que usted lo encontró!

—Creo que este calor abrasador acabó por derribarlo. Mire, ahí viene la ambulancia. Mi misión ya está cumplida. Ha sido un placer conocerlo. Hasta la vista.

—No sé cómo agradecerle lo que ha hecho por mi padre —dijo, esbozando una sonrisa de gratitud—. ¡Todavía queda gente buena en este mundo!

—No tiene nada que agradecerme. Solo hice lo que debía.

Dr. Ribeiro da Costa