Madrid, Madrid, Madrid

Madrid es la ciudad que es pueblo. Los naturales vinieron de fuera para hacer un aquí y un ahora que es de todos, y definir a la urbe como universal y cosmopolita. Y ven, y ven y ven, que diría Olga Ramos, con la pícara ironía de una castiza nacida en Badajoz. Quizás la cantante emanó de un bailable con llave de las tardes del Hotel Ritz, antes de remozarse el hotel, se entiende. El cuplé y la zarzuela son el gracejo y la mezcla, lo apretado y lo coral, lo particular respetado por la plebe más orgullosa de serlo, un todos del pasear plural y corralero por la Gran Vía, desde la Red de San Luis hasta Callao, bamboneando la cadera sin nardos al azar, mirando a un cielo que se intuye antes de hacerse visible en el Retiro. El lago, claro, sigue ahí, entre lo que ahora ya es Patrimonio Universal, como un remanso chapoteante que se rema y que compite con el de la Casa de Campo, tras atravesar verdes jardines, como el botánico, y ver en Oriente el cambio de Guardia de los de Occidente. Todo a un Metro de sí mismo, en un alcance igualitario de economías suficientes para perder el paso y coger el tren subterráneo o el de cercanías.

            La Cibeles se esconde tras los mástiles y las banderas de España, y compite con Colón, tras olvidarse de Neptuno. Los Alba, con ser más, son menos. El mundo del cóctel ha perdido el gracejo de Cayetana y ha ganado la sosería infinita de su plebe. La Thyssen vive del alquiler enmarcado en euros, como si de una colección de recibos de los bajos o de los altos propiedad de marquesas del barrio de Salamanca fueran, mientras la calle Ortega y Gasset piensa como inquilinar bajos enormes a marcas de lujo, tal un Canalejas esquina Alcalá, lo que antes era Goya con Velázquez. A los madrileños sin pedigrí no le hacen falta palacios para bailar, le sobran alcances para jugar con las manos o andar con los pies la ciudad que enamora cada quince segundos.

            Lo liberal se impone en el libertinaje de las tribus pintamonas - un grafitero es otra cosa y produce arte, no firmas infames infinitamente repetidas-, y la ciudad se habita de quioscos grises sin prensa, de cabinas verdiazules sin teléfono, de buzones amarillos sin cartas. Madrid es castizo y acastañado en invierno, chulo de casta sin galgos pero pletórico de perros menores en brazos amanerados y libres. La ciudad que es pueblo se achueca en liberalidades y pone la piel de gallina con su oferta de fiestas vanguardistas, áticos espesos y museos desperdigados. A los serenos, amos de llaves, los han sustituido los guías de salón; al cotilleo, el rumor de redes; a los tabloides, el móvil que transporta personas pasmadas por el clima que hará mañana y la mojadura del momento; y a la bandera española la complementa la arco iris.

            El cambio es digital y climático, de un inundable abrasador sudable. Ni así las refrescantes iglesias se llenan. La esperanza es un Cristo de Medinaceli. La ilusión, dicen surge en la calle y en las terrazas, tomándose una caña o un sifón, y en los puentes festivos. La perspectiva está en la esquina para el vagamundo o el pedigüeño; en el quiosco, para el ciego; en el tráfico y las multas, para el Guardia Municipal; en la plazuela, para el músico callejero; en la acera, para el encuestador; en los votos, para los políticos de Carrera de San Jerónimo o de la Asamblea que es Parlamento.

            Los edificios se riegan y crecen con sus ocupantes allá en la Castellana que camina hacia los Pirineos. La Plaza de Castilla sigue juzgando a comuneros, ladronzuelos y corruptos de manga ancha, guante blanco y pasamontañas negro y, de nuevo en el centro, todo se eleva en la Plaza de la Villa de París, entre Audiencias, como en Palacio, y supremas veleidades justas.

            A Madrid hay que estudiarlo en la Complutense, o con la perspectiva de Alcalá, o de forma autónoma, o a lo privado y caro y bueno, con Comillas o sin ellas, en el buen castellano la excelsa gramáticas de Nebrija o en inglés, para entenderse en la Plaza Mayor, o en el cruzar hacia el Teatro Real por Ópera.

           Las rotondas son los verdaderos círculos de las artes, y los casinos amusarañados se convierten en clubs de alterne social, con gimnasios en los que practica el servicio mientras el señorito almuerza en el mejor mercado de España o asiste a Misa en Los Jerónimos. En tanto la calle Ourense languidece esperando los resquicios de la noche, con esas caras, a esas horas, ya de cera, más propias del Museo que ahora es casi Casino de Torrelodones, en la Plaza de Colón. Pero para juego, también y mejor que el Hipódromo, la ruleta del al lado de Telefónica, sucursal de Aranjuez en pleno centro. En caso de necesidad, uno siempre puede echarse al Pardo, o al monte, o llamar a Palacio y pedir auxilio en Abu Dabi. La Corte no se corta, a veces. Tanto monta, monta tanto que se cae en el desacierto suizo.

            Madrid es paloma, viaja en AVE, vuela en Barajas, se explaya por las radiales y las M 30 o 50, o en los túneles, se acomoda en pensiones y hostales y pisos turísticos y grandes hoteles, veranea en Galicia o en Benidorm o en Torremolinos, en Baleares o en Canarias, se exhibe en Marbella, llena la España vaciada y vacía el maravilloso Museo de Bellas Artes de San Fernando, se expone multitudinariamente en el Prado, el Thyssen, el Reina Sofía, se petrifica en el Arqueológico, se colecciona en el Lázaro Galdiano o en el Cerralbo, se baña en el Sorrolla, se catalaniza en el Caixaforum, se señorea en la Fundación March, navega en el Museo Naval, se apalabra y diccionariza en la Academia, juega en la Caja Mágica o en el Wanda Metropolitano o en el Santiago Bernabeu o el Teresa Rivero. La movida se extiende por monasterios, librerías, literatos con fundación, casas asiáticas, árabes, americanas, etc., y cosas de segunda-mano que enseñar en las cuestas de Moyano o del Rastro, en los mercados puerta a puerta, de Toledo a Alcalá. Todo se comercializa, vidas y afanes, de embajada en consulado, de Congreso en Senado, de teatro en cine o televisión o radio. La ciudad es plató y es zoco, un baratillo de lenguajeros, una calle abierta y sin aparente sentido en lo rutinario, en el decir que divierte y se olvida, y a veces daña. Los pasos perdidos en esta urbe siempre se encuentran en un salón, dispuestos a ser contados a no importa quién, o cantado en una corrala. Si son las veinte horas y no das una conferencia, te la dan, también a los de provincias que suelen estar de paso a todas horas.

            Sí, soy madrileño, me considero redondelano de Chapela y también de Chamberí, de Casa Adolfo, antes Monterrubio, porque allí me siento y me levanto con Quevedo, antes con los Rubalcaba, en el inicio de Bravo Murillo, a reír la vida, mientras otros se la juegan en las Ventas. Soy de Vallecas o del Barrio de las Letras. Soy paseante en cortes, de Atocha a Chamartín, mozo de cuerda en Sol, gallego de Carretas, 14-3ª planta con vistas a Jacinto Benavente o portero anotador de la vida que pasa por el rellano o por la acera. En Madrid fui cocodrilo y manzanillo de Senador, ingenuo y feliz. Me gustan el Atlético, el Rayo y el Real y no soy balompédico.

            Han dicho, los de la UNESCO, que el Paisaje de la Luz de Madrid es Patrimonio de la Humanidad, que es como pertenecerse a uno mismo. Bienvenido sean estos descubridores de la ONU a las tertulias del Pombo o del Comercial o del Gijón o a los atascos de la Carretera de La Coruña, que a la Sierra se va en coche y con el fresco que suele ser cuñado, y el cinturón, y la suegra, y los niños, y si es preciso una infanta de segunda mano, todos puestos como en una baca portaequipajes de un Seat sin aliento. ¡Qué calor hace en verano, que todo lo verde lo seca, menos a la Guardia Civil! Enciendan las linternas y que la claque comience a aplaudir al telón o al apuntador. Que no te enteras, chaval, que Madrid es la ciudad de mi pueblo y de allí, al cielo. La noticia es de película, Madrid es ya una ciudad Universal, sin león ni casa de Fieras, ni olimpiadas, un pueblo grande lleno de gatos y de buena gente, de Palacios Reales y Almudenas. ¡Miau!, justo ahí, en donde el mundo ha dado en llamarse Madrid. Que sí.

Alberto Barciela

Periodista