Renovables al límite: cuando el viento abarata la luz y la red se tensiona

Infografía DL-G.
Los fuertes picos de producción eólica e hidráulica en los primeros días de febrero hundieron el precio mayorista de la luz, pero también evidenciaron la fragilidad del sistema eléctrico español ante la falta de almacenamiento y refuerzo de la red.

La primera semana de febrero dejó una imagen tan llamativa como reveladora: la eólica y la hidráulica empujaron al sistema eléctrico español a una situación de máxima exigencia. El resultado fue una paradoja de la transición energética: abundancia de producción renovable y, a la vez, fragilidad operativa. Mientras el mercado mayorista se desplomaba en algunos momentos por exceso de generación, también se activaban medidas para evitar desequilibrios y problemas de suministro en la gran industria cuando el viento caía de golpe.

El episodio muestra, con crudeza, la doble cara del nuevo sistema: las renovables son capaces de abaratar la electricidad, pero sin redes y almacenamiento suficientes, esos picos pueden traducirse en tensiones técnicas y económicas.

Volatilidad meteorológica, volatilidad eléctrica

La explicación empieza en el Atlántico. Un temporal intenso disparó la producción eólica hasta convertirla en una de las principales fuentes del mix, con picos muy elevados de generación. Ese “tsunami” energético empujó los precios del mercado a mínimos poco habituales, una buena noticia para los consumidores… siempre que el sistema sea capaz de encajarla.

Pero la eólica tiene una condición: depende del viento. Y cuando el viento afloja, la curva se desploma. Esa caída obliga a activar con rapidez tecnologías de respaldo —especialmente ciclos combinados de gas— para sostener la demanda y mantener la estabilidad de la red. En ese cambio brusco de escenario se produce la tensión: pasar de “demasiada energía” a “energía insuficiente” en pocas horas.

El problema no es nuevo, pero cada vez es más visible: la red no está dimensionada para gestionar extremos tan pronunciados sin herramientas de flexibilidad. Y esas herramientas, hoy, siguen siendo limitadas.

El coste oculto: industria desconectada y procesos interrumpidos

Cuando el sistema entra en una situación delicada, uno de los mecanismos disponibles es actuar sobre la demanda: reducir consumo en grandes clientes electrointensivos mediante interrupciones o ajustes pactados. Sobre el papel, es una válvula de seguridad. En la práctica, tiene un coste.

La industria pesada no funciona como un interruptor doméstico. Muchas líneas de producción necesitan continuidad: hornos, procesos térmicos, cadenas automatizadas, química, metalurgia… un corte o una reducción brusca puede afectar a la productividad, al calendario de entregas y al propio estado de los equipos.

En este contexto, el debate se vuelve inevitable: ¿puede una transición energética sólida apoyarse con frecuencia en recortes industriales como herramienta de equilibrio? Si la respuesta es “no”, el sistema necesita alternativas más robustas para gestionar la intermitencia sin trasladar el riesgo a la economía real.

El talón de Aquiles: almacenamiento y red

La clave estructural es conocida: faltan recursos de flexibilidad. En días de mucha eólica o hidráulica, el sistema puede verse obligado a desperdiciar energía (vertidos o restricciones) si no puede transportarla, almacenarla o exportarla. Y en días de caída del viento, hay que importar, tirar de fósiles o activar medidas de emergencia.

Las soluciones también están identificadas desde hace años, pero avanzan con ritmo desigual:

  • Almacenamiento: baterías a gran escala y, sobre todo, bombeo hidroeléctrico, que permite “guardar” energía en forma de agua embalsada.

  • Redes e interconexiones: más capacidad para mover electricidad entre regiones y con otros países, reduciendo congestiones y evitando que un exceso local se convierta en un problema.

  • Gestión de la demanda: sí, pero mejor planificada y apoyada en automatización, señales de precio y contratos que no penalicen la competitividad industrial.

  • Planificación realista: acelerar renovables sin reforzar red y almacenamiento puede generar más episodios de tensión como el de febrero.

La doble cara de la transición

El mensaje que deja este arranque de febrero es incómodo pero necesario: la transición energética no se mide solo en gigavatios instalados, sino en la capacidad del sistema para integrar esa energía con seguridad, estabilidad y eficiencia económica.

La eólica puede ser una bendición para el precio de la luz cuando sopla con fuerza. Pero, sin red reforzada y sin almacenamiento suficiente, también puede convertirse en un factor de estrés para el operador del sistema cuando la generación cambia de forma abrupta.

En definitiva, no es un problema de “demasiadas renovables”, sino de “demasiada renovable sin la infraestructura que la haga gestionable”. Y esa diferencia lo cambia todo: el futuro será renovable, sí, pero o será flexible —con redes, almacenamiento e interconexiones— o será vulnerable.

Fuente: papernest.es