León XIV congrega a 1,5 millones de fieles en Madrid y llama a que la fe no sea "un museo del pasado"

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El Papa presidió la solemne celebración del Corpus Christi en la plaza de Cibeles, donde reivindicó la Eucaristía como motor de transformación personal y social antes de recorrer las calles de la capital con el Santísimo Sacramento en una multitudinaria procesión.

Más de 1,5 millones de personas participaron este domingo en la solemne celebración del Corpus Christi presidida por el papa León XIV en la plaza de Cibeles, acto central de su viaje apostólico a Madrid. La jornada culminó con una multitudinaria procesión eucarística por las calles de la capital y la bendición con el Santísimo Sacramento, en una de las mayores concentraciones religiosas celebradas en España en los últimos años.

El Pontífice llegó a la plaza tras recorrer varias calles cercanas en papamóvil y fue recibido por los Reyes de España, la princesa de Asturias, la infanta Sofía y el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. Posteriormente accedió al Palacio de Cibeles, donde recibió la Llave de Oro de la ciudad.

La celebración reunió a más de 150 obispos y cardenales, 1.600 sacerdotes y miles de fieles llegados de toda España y del extranjero. También estuvieron presentes representantes institucionales, entre ellos la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y la ministra de Educación, Formación Profesional y Deporte, Milagros Tolón.

Antes del inicio de la Eucaristía, el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, dio la bienvenida al Santo Padre y destacó la importancia de la visita del sucesor de Pedro para fortalecer la fe y la esperanza de los creyentes.

Una homilía centrada en la Eucaristía

Durante su homilía, León XIV situó la solemnidad del Corpus Christi en el corazón de la tradición espiritual española. «Aquí en Madrid, pero también en tantos otros lugares de España, el Corpus Christi no es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios», afirmó.

El Papa advirtió contra el riesgo de reducir esta celebración a una mera tradición cultural. «No se trata de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético; aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros», subrayó.

Asimismo, recordó la histórica vinculación entre el Corpus Christi y el Día de la Caridad en España, e hizo un llamamiento a vivir la fe de manera comprometida. «No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia y de una fe cómoda y privada», señaló.

Dirigiéndose especialmente a la sociedad española, pidió que la rica tradición religiosa del país siga siendo una fuente viva de inspiración. «Que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy», expresó.

El Santísimo recorrió las calles de Madrid

Tras la comunión, la plaza de Cibeles dio paso a la tradicional procesión eucarística por la calle Alcalá. El Papa portó el Santísimo Sacramento acompañado por sacerdotes, religiosos, niños de primera comunión, autoridades civiles y eclesiásticas y miles de fieles.

Uno de los elementos más destacados del recorrido fueron las alfombras florales elaboradas especialmente para la ocasión. La decoración fue coordinada por 24 maestros alfombristas de Ponteareas, que junto a unos 160 voluntarios confeccionaron un espectacular tapiz floral compuesto por más de 30.000 claveles blancos y amarillos.

El propio León XIV destacó esta manifestación artística y popular durante su homilía, señalando que las procesiones del Corpus han expresado durante siglos «la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español».

Un despliegue histórico

La magnitud del evento quedó reflejada en los datos de organización. El altar principal, instalado frente al Palacio de Cibeles, medía 55 metros de ancho por 20 de fondo y estaba coronado por una cúpula de 25 metros de altura.

Más de 2.100 ministros distribuyeron la comunión utilizando cerca de 2.300 píxides repartidas desde seis iglesias habilitadas para la celebración. El acompañamiento musical corrió a cargo de una formación integrada por más de 400 voces y músicos, que interpretaron un repertorio de 25 piezas litúrgicas.

El dispositivo técnico incluyó 31 pantallas LED, siete camiones-pantalla, 608 altavoces distribuidos en 67 torres de sonido, diez puntos de suministro de agua potable, 2.300 aseos químicos y un amplio operativo de seguridad para garantizar el desarrollo de una jornada que quedará marcada en la historia reciente de la Iglesia en España.

Una lección de fe vivida

Por Roberto Ledo, enviado especial

Hubo algo más que cifras, organización y grandes despliegues durante la celebración del Corpus Christi presidida por León XIV en Madrid. Hubo silencio. Hubo oración. Hubo emoción. Y, sobre todo, hubo un pueblo creyente entregado que quiso encontrarse con Cristo presente en la Eucaristía.

Miles de peregrinos llegaron a la capital después de haber dormido poco y, en muchos casos, en condiciones nada cómodas. Recorrieron kilómetros a pie, soportaron las altas temperaturas de la jornada y afrontaron largas horas de espera. Sin embargo, resultaba difícil encontrar una queja. En los rostros predominaban las sonrisas, la ilusión y el deseo de llevarse en el corazón las palabras y el testimonio del Sucesor de Pedro.

También el Papa dejó una profunda enseñanza, quizá más con sus gestos que con sus palabras. León XIV mostró durante toda la celebración una actitud de recogimiento y adoración que ayudó a centrar la mirada en lo esencial. Su forma de situarse ante el Señor, con una oración intensa y serena, recordó a todos que la Eucaristía no es un acto social ni un acontecimiento multitudinario más, sino el encuentro vivo con Cristo.

La Santa Misa destacó asimismo por el cuidado litúrgico, la dignidad de los ritos y la atención a cada detalle. Todo contribuyó a crear un clima de oración que favoreció la participación interior de los fieles y puso de manifiesto la riqueza de la tradición litúrgica de la Iglesia cuando se celebra con belleza, profundidad y sentido espiritual.

Las previsiones de asistencia quedaron ampliamente superadas. Sin embargo, lejos de producirse situaciones de tensión, la inmensa mayoría de los asistentes ofreció un admirable ejemplo de paciencia, civismo y mansedumbre. Muchos no pudieron acceder a los lugares inicialmente previstos o tuvieron que seguir la celebración desde puntos alejados, pero ello no restó un ápice de alegría a una jornada vivida como una auténtica peregrinación de fe.

Especialmente significativa fue la procesión eucarística posterior. El paso del Santísimo Sacramento por las calles de Madrid se desarrolló con una dignidad ejemplar, combinando piedad popular, belleza y buen gusto. Las alfombras florales, los cantos, el silencio respetuoso de los fieles y la solemnidad del cortejo ofrecieron una imagen que difícilmente olvidarán quienes tuvieron la fortuna de presenciarla.

En una sociedad acelerada y con frecuencia distraída por lo superficial, la jornada vivida en Madrid recordó que la fe sigue siendo capaz de reunir multitudes, de inspirar sacrificios generosos y de provocar encuentros auténticos con Dios. Quizá esa sea la gran lección que deja este Corpus Christi: cuando Cristo ocupa el centro, todo lo demás encuentra su lugar.