EE UU acelera su apuesta energética en el espacio y planea un reactor nuclear en la Luna antes de 2030

Ilustración DL-G.

La estrategia espacial de Estados Unidos avanza cada vez más ligada a la geopolítica y al control de recursos energéticos, con planes para instalar un reactor nuclear en la Luna antes de 2030. La prioridad por asegurar suministro eléctrico fuera del planeta redefine el programa lunar y desplaza el foco desde la exploración científica hacia una lógica industrial y estratégica.

La estrategia espacial de Estados Unidos ya no puede entenderse como un proyecto exclusivamente científico o tecnológico. En los últimos años, y especialmente bajo la actual coyuntura política y energética, el espacio se ha integrado de lleno en la lógica geopolítica y de control de recursos que marca la agenda de Washington en la Tierra. Mientras la Casa Blanca endurece su postura en conflictos vinculados al acceso a materias primas estratégicas —como el petróleo en Venezuela o las tensiones en torno a Groenlandia—, la NASA, en coordinación con el Departamento de Energía, avanza en un plan para instalar un reactor nuclear en la Luna antes de 2030.

La exploración espacial aparece así estrechamente ligada a una búsqueda acelerada de fuentes de energía, incluso más allá del planeta, con implicaciones económicas, políticas y estratégicas cada vez más evidentes. En un escenario global donde el mercado energético y la gestión de recursos condicionan las decisiones de los Estados, la Luna emerge como un nuevo territorio de interés.

Infraestructura energética lunar

El despliegue de un reactor nuclear de fisión en la superficie lunar supone un giro profundo en las prioridades espaciales estadounidenses. El sistema proyectado, con una potencia estimada de 40 kilovatios, está diseñado para garantizar un suministro energético continuo a bases permanentes, equipos científicos y futuras operaciones industriales. NASA y Departamento de Energía coinciden en que, sin una fuente estable de electricidad, la permanencia humana y técnica en la Luna sería inviable, incluso con una drástica reducción del consumo.

Las largas noches lunares —de hasta dos semanas sin luz solar— hacen que la energía nuclear se perciba como una solución más fiable que las renovables. Este enfoque sitúa la energía como eje central de la estrategia, incluso por delante de la presencia tripulada. El calendario apunta a finales de la década y moviliza contratos tecnológicos de alto valor, reforzando un ecosistema industrial cada vez más influyente en la política espacial.

La elección de la fisión nuclear, frente a alternativas solares u otras fuentes limpias, reabre además debates sobre seguridad, gestión de residuos y control de infraestructuras críticas en un entorno que carece de una regulación internacional clara y específica.

Retrasos políticos y calendario tripulado

En paralelo, el retorno de astronautas estadounidenses a la Luna ha sido aplazado oficialmente hasta 2028, tras un prolongado periodo de vacío de liderazgo en la NASA. La decisión rompe con compromisos previos y añade presión a un programa Artemis cuyo coste acumulado supera ya los 90.000 millones de dólares.

El retraso tiene consecuencias en varios frentes clave. Por un lado, los socios internacionales ven alteradas sus previsiones, lo que genera incertidumbre en la cooperación científica y técnica. Por otro, la industria aeroespacial se ve obligada a reajustar contratos y calendarios, con efectos directos sobre la inversión y el empleo especializado.

Al mismo tiempo, la prioridad energética gana peso frente a la exploración humana, consolidando una narrativa más industrial que científica. Incluso el debate sobre el coste de la electricidad se traslada simbólicamente al espacio, reflejando la urgencia de asegurar energía antes que presencia humana. Todo ello impacta en la credibilidad estratégica de Estados Unidos, en un contexto de creciente competencia lunar con otras potencias.

Nueva gobernanza y prioridades energéticas

El nombramiento de Jared Isaacman como nuevo administrador de la NASA refuerza este giro. Empresario multimillonario con fuertes vínculos en el sector tecnológico y cercano a Elon Musk, Isaacman simboliza la creciente influencia del capital privado en la definición de la estrategia espacial estadounidense. Los proyectos vinculados al suministro energético concentran buena parte de este nuevo poder de decisión.

El resultado es un modelo que prioriza la obtención inmediata de energía frente a criterios de sostenibilidad a largo plazo. Tras una política energética centrada en el petróleo y otras fuentes no renovables durante la presidencia de Donald Trump, la apuesta por la fisión nuclear en la Luna representa un paso más en la estrategia estadounidense de asegurar recursos de rápida disponibilidad, relegando a un segundo plano las energías renovables y las consideraciones sobre huella ambiental.

Así, la exploración espacial avanza bajo una lógica de urgencia energética y control de recursos, mostrando cómo Estados Unidos redefine sus prioridades tanto en la Tierra como fuera de ella. La Luna deja de ser únicamente un símbolo de exploración para convertirse en un nuevo tablero donde se proyectan las tensiones del siglo XXI.

Fuente: papernest.es