Moseñor Gilberto, obispo de Abancay, Perú: “En el campo andino he encontrado una fe muy grande, y me conmueve”
Monseñor Gilberto Gómez, obispo de Abancay (Perú), acaba de participar en la visita ad limina junto a medio centenar de obispos peruanos. En el encuentro, el papa León XIV les habló de la unidad: una llamada que, subraya, debe afectar en primer lugar a los cristianos y, “de manera muy especial”, a los pastores de la Iglesia.
Para los peruanos, León XIV es “más nuestro”, resume don Gilberto. No solo por su doble nacionalidad —peruana y estadounidense—, sino también por una biografía vinculada de forma profunda al país: vivió 28 años en Perú, allí comenzó su ministerio sacerdotal y fue obispo durante alrededor de cinco años.
Monseñor Gómez describe al nuevo Pontífice con cuatro rasgos: “serenidad, actitud positiva, gran cordialidad y una acogida muy cálida por parte de todos”. Un perfil que, en su opinión, ayudará en el momento que atraviesa la Iglesia y también el propio Perú.
La preocupación: las vocaciones
Si tiene que señalar un motivo de inquietud, el obispo de Abancay no duda: las vocaciones. Recuerda que, en una visita ad limina de 2017 al papa Francisco —en la que Robert Francis Prevost participó junto a otros obispos peruanos—, el conjunto de los seminarios del país sumaba cerca de 2.000 seminaristas mayores. Nueve años después, la cifra ha caído a 500.
El consejo que reciben ahora, explica, es claro: “confianza en el Espíritu Santo y seguir poniendo los medios”.
De hecho, ante León XIV los obispos peruanos pusieron sobre la mesa dos prioridades. La primera, “la necesidad de la santidad de los pastores de la Iglesia”, empezando por los obispos y continuando con la santificación de los sacerdotes. La segunda, las vocaciones: sacerdotales, religiosas y también laicales, “laicos decididos a buscar la santidad en medio del mundo”. Don Gilberto lo resume con una confesión personal: “Son prioridades por las que rezo todos los días”.
Un obispo de 74 años que quiere “volcarse” en su diócesis
Don Gilberto tiene 74 años, una edad que lo sitúa cerca del momento en el que el Derecho Canónico contempla la presentación de la renuncia. Sin embargo, tras la visita ad limina, regresa con un propósito firme: activar y reforzar la vida diocesana.
“Quiero volcarme mucho con los sacerdotes, volcar mi paternidad de obispo y estar muy cercano a los fieles”, dice. Y lo enlaza con el mensaje de Cuaresma de 2026, en el que León XIV insiste —según señala— en “escuchar mucho” a los sacerdotes y al pueblo, vivir la comunión, estar cerca y fomentar las vocaciones.
Abancay: minería, emigración y materialismo
Abancay es una diócesis de unas 3.700 almas repartidas en cuatro provincias rurales. En los últimos años, la explotación minera ha acelerado la emigración hacia las ciudades. Y, a la vez, el enriquecimiento rápido de algunos núcleos por la minería ha hecho que muchos jóvenes “caigan en el materialismo”.
Por eso, el obispo plantea como un gran desafío corregir la dicotomía entre una religiosidad popular fuertemente arraigada y la vida cotidiana: lograr lo que llama “unidad de vida”.
Elecciones, inestabilidad y corrupción
Perú vive ahora un periodo electoral marcado por la inestabilidad. “La Iglesia siempre lanza sus mensajes…”, apunta, pero la realidad pesa: el país ha tenido ocho presidentes en siete años, en un contexto donde la corrupción ha sido determinante.
La Iglesia peruana intenta concienciar a la sociedad para que estas conductas “no se relativicen”: no solo son ilegales, insiste, sino también inmorales.
Una obra social “muy grande”
Monseñor Gómez subraya el alcance de la obra social de la Iglesia en Perú. Reconoce que, tras la teología de la liberación —hoy encauzada—, quedó un fruto positivo: una mayor sensibilidad hacia los pobres.
Enumera instituciones diocesanas al servicio de las personas y recuerda el impulso de su predecesor, el obispo Enrique Pelach, fallecido “en olor de santidad”, que dotó a la diócesis de recursos y estructuras. Don Gilberto evoca una de sus frases: “Nunca encontré un alma sin cuerpo”. Y añade: él continúa esa labor “porque son hijos de Dios”.
Galicia y los Andes: paralelismos del mundo rural
Al comparar Galicia y Perú, el obispo vuelve a un fenómeno común: la salida de jóvenes hacia las ciudades. En los Andes, explica, las distancias y la geografía complican la vida diaria: los viajes se alargan durante horas y a los profesores les resultaba difícil llegar a pueblos remotos. Muchas familias acabaron enviando a sus hijos a la ciudad.
La diócesis respondió creando hogares de estudiantes para acoger a esos chicos.
En Galicia, en parroquias como la suya de origen —Albeos, en Crecente—, las bodegas compran terreno y ayudan a conservar el medio y fijar población mediante empleo. En el ámbito rural andino, en cambio, el abandono es mayor y la industria, escasa. La minería, cuando aparece, provoca enriquecimientos rápidos, pero también problemas: “No saben gestionar el dinero porque vienen de la pobreza”, explica.
Don Gilberto reconoce similitudes entre el rural gallego y el andino, algo que —dice— le permite comprender con facilidad “a la gente del campo peruana”.
“Portugal fue mi segunda patria”
El obispo confiesa también un vínculo personal que lo acompaña desde antes de su marcha a América: Portugal. “He vivido de cara a Portugal tanto en Crecente como en Tui… y en los días de descanso iba a comer bacalao a la brasa… y a visitar curas portugueses…”. “Lo llevo muy en el corazón”, añade. Tras 40 años en Perú, sonríe: “Tendrá que ser Portugal mi tercera patria”.
Religiosidad popular y secularización: un riesgo que llega “con retraso”
Sobre los riesgos para la Iglesia en América Latina, cree que son los mismos que en Europa, aunque con un desfase temporal. En Perú, afirma, la religiosidad popular sigue siendo “muy potente” y la compara con Andalucía: “De alguna manera, los peruanos son hijos de Andalucía. Sevilla era capital de Indias antiguamente”.
Sin embargo, con el aumento del poder adquisitivo puede llegar el secularismo, el indiferentismo y la sensación de que “ya no se necesita a Dios”. De momento, asegura, no lo observa en su diócesis de Abancay, aunque sí en otras zonas del país.
Natalidad y futuro: “valorar más la vida y la familia”
Otra preocupación es la baja natalidad, que algunos intentan incentivar con ayudas económicas. Él cree que puede motivar a emigrantes, pero no tanto a un ciudadano “que se ha hecho un poco cómodo”. “Envejece a marchas forzadas nuestra población”, advierte. Y propone una reflexión de fondo: valorar más la vida y la familia, “crear una sociedad más positiva” y “rejuvenecer nuestras comunidades”.
Jóvenes y retorno religioso: “hay que escucharlos”
En el plano eclesial, monseñor Gómez se fija en indicios de retorno religioso en Europa, especialmente en Francia, donde se habla de aumento de bautizos. En su opinión, ese regreso deberá ir acompañado de formación.
“A los jóvenes ese alejamiento de antaño ya no les satisface”, afirma. Y recuerda la llamada de san Juan Pablo II a una nueva evangelización “con nuevo ardor, con nuevos métodos, con nuevo impulso”. Su conclusión es directa: “Hay que escucharlos, convivir con ellos, estar cercanos”.
Lo que le enseñó el pueblo andino
Queremos saber qué le ha enseñado el pueblo andino a este gallego de Albeos. Sus primeros años en Perú estuvo como formador en el seminario; después llegaría el episcopado. Y su respuesta se centra en la fe sencilla —y profunda— de la gente.
Recuerda una anécdota del beato Álvaro del Portillo. Al escuchar que en Perú la fe era “muy sencilla”, respondió: “Ya la quisiera yo para los días de fiesta”. Don Gilberto entiende bien esa frase: más de una vez se ha emocionado al encontrar en una iglesia a una anciana concentrada rezando —incluso cantando— en la soledad de un templo. “El sentido de fe es conmovedor”, subraya.
Monseñor se define con humildad como “el burro del Señor”, el que llevó a Cristo a Jerusalén. A veces, dice, la gente lo recibe con un cariño tan desbordante que “es como si te dieran un beso en el corazón”. En las zonas rurales ha encontrado “una fe muy grande” que lo conmueve, le enseña y lo enriquece.
Y termina con un elogio a Portugal como tierra de María —“donde nunca se perderá la fe”—, una certeza que extiende también a Galicia. En unos días, don Gilberto regresa a Perú.