La selva de Perú como espejo del alma

Ilustración DL-G.
En esta tradición del asombro absoluto se inscribe la prosa herida y deslumbrante de Josep María Palau Riberaygua en su obra titulada Mi madre se convirtió en pájaro, una aventura en la Amazonia, editada por Viajes al Pasado. 

El libro de viajes no nace en la estricta y mensurable geografía, sino en el abismo fértil del asombro. Cada volumen que hoy abrimos con el deliberado propósito de descubrir un territorio remoto es, en realidad, una derivación sutil de la propia autobiografía; una ventana providencial que nos permite escuchar el latido del mundo con una nitidez que el sedentarismo o la prisa de la cotidianidad urbana tercamente nos niegan. Quienes se adentran en las páginas de la literatura itinerante saben que no buscan mapas, sino revelaciones, itinerarios del espíritu que transmutan la experiencia física en un puente tendido hacia lo inefable, allí donde el papel impreso se diluye por completo para convertirse en camino vivo.

 

En esta tradición del asombro absoluto se inscribe la prosa herida y deslumbrante de Josep María Palau Riberaygua en su obra titulada Mi madre se convirtió en pájaro, una aventura en la Amazonia, editada por Viajes al Pasado. El autor, un periodista curtido en las violencias de Argelia y los Balcanes, y habituado a la aridez de los desiertos, parece haber encontrado en la inmensidad del Manu peruano la culminación de una promesa adolescente: aquella mañana de fin de verano en la que, amenazado por una miopía galopante, se juró recorrer el planeta para contemplarlo todo antes de que la oscuridad hiciera su aparición definitiva. El resultado no es una mera guía práctica de turismo, sino un profundo compromiso existencial y una catarsis formal.

 

Adentrarse en el Manu es comprender, de la mano del autor, que la jungla es un organismo vivo, sagrado y reversible, un dosel forestal donde la realidad tangible se diluye de manera absoluta. La travesía descrita a pie, a caballo o en barca expone al viajero a calores deshidratantes, lluvias que caen como puñetazos rítmicos sobre los tejados de zinc, y una naturaleza corpórea, densa, que exige voluntad plena para ser atravesada. En este escenario de lodo y misticismo, la narración adquiere resonancias conradianas de El corazón de las tinieblas; el territorio explorado es, en última instancia, el reflejo de la condición humana, una geografía donde coexisten conquistadores, buscadores febriles de las ciudades perdidas del Paititi y chamanes dominadores de la ayahuasca que liberan el alma fuera de toda razón temporal.

 

La prosa de Palau funciona como un lazarillo estético que nos desvela simetrías antropológicas fascinantes, vasos comunicantes entre culturas inconexas que evocan las estructuras elementales del mito analizadas por Claude Lévi-Strauss. Es allí, bajo cielos de plomo o atardeceres encendidos, donde la cosmogonía del mítico árbol Wanamei cobra vigencia y nos recuerda que plantas, animales y hombres habitan en un plano de igualdad absoluta ante la Pachamama, la Madre Tierra. En ese orden mágico y sagrado, la desaparición física de un ser querido se asimila a través de la hermosísima metáfora de la madre del chamán que decide marchar al río para convertirse en pájaro.

 

El relato se sumerge en esa inmensidad protegida donde la biodiversidad desafía cualquier contabilidad decimal y se resguarda bajo la atenta memoria de un quipu andino, concebido aquí como una biblioteca textil tridimensional. Entre el vuelo de mariposas de alas transparentes que parecen hechas de cristal y árboles caminantes que avanzan en busca de luz, el texto rescata del olvido la dignidad silenciosa de los guías nativos, los verdaderos artesanos de unos hallazgos históricos que la historiografía oficial tantas veces ha preferido omitir. La mirada del cronista, lejos de la soberbia del mero turista, se detiene ante la pureza cognitiva de las escuelas rurales y las partidas de dominó compartidas a la orilla del río Madre de Dios, donde el aire, lento y corpóreo, se impone con la fuerza de una realidad total.

 

Es a través del misticismo ecológico y las reflexiones sobre la sostenibilidad del Informe Brundtland donde este libro adquiere su definitiva dimensión moral y política. Palau nos convoca a viajar ligeros de equipaje y con la mente documentada, respetando de forma sagrada la soberanía de unas etnias que preservan su derecho al aislamiento voluntario frente a la homogeneización febril de la inteligencia artificial. La selva del Perú funciona así como un severo aviso ante la pérdida dramática de millones de hectáreas de bosque, una plegaria laica por los ríos voladores que nos sitúa frente al espejo de nuestra propia responsabilidad colectiva.

 

Al cerrar este volumen extraordinario, nos invade la dulce tristeza del regreso a un puerto conocido tras una prolongada ausencia. Nos descubrimos transformados, con la certeza de que andar mucho y leer mucho ensancha la mirada histórica y desvanece los temores hacia lo desconocido, dejándonos el eco constante de un griterío armónico que anuncia el renacer diario del mundo verde.

 

Alberto Barciela

Periodista

Miembro de la Mesa del Turismo de España