José Guisado Nogueira “Kubala” (1942-2025), el hombre que dejó Mondariz con más memoria y más identidad

Kubala, figura clave en la memoria histórica de Mondariz y en la vida cultural de O Condado y A Paradanta.
José Guisado Nogueira, conocido como Kubala, falleció a los 83 años tras dedicar su vida a rescatar, ordenar y divulgar la memoria de Mondariz y de las comarcas de O Condado y A Paradanta, dejando una obra y un legado cultural imprescindibles para entender el territorio.

Mondariz despide estos días a uno de esos vecinos cuya huella no se mide en cargos ni en homenajes, sino en lo que permanece. José Guisado Nogueira, fallecido el pasado domingo a los 83 años, se marcha dejando algo poco habitual: un pueblo mejor comprendido y mejor recordado que cuando él empezó a escucharlo. Su labor —paciente, constante y profundamente generosa— convirtió la historia local en un patrimonio vivo, accesible y compartido.

Fue cronista oficial de Mondariz, aunque la palabra “oficial” le llegó tarde. Mucho antes de recibir el nombramiento, ya ejercía como tal. Quienes lo conocieron lo recuerdan con la misma imagen: un hombre atento a los relatos mínimos, a la conversación vecinal, al documento olvidado, al detalle que nadie considera importante hasta que alguien lo rescata del polvo y lo convierte en relato.

De familia trabajadora y memoria marcada por la guerra

Conocido por todos como “Kubala”, apodo heredado de su admiración por el legendario futbolista, José Guisado nació en el seno de una familia humilde y vinculada a los oficios del lugar. Su madre, Hortensia Nogueira Costa, fue la primera telefonista del Ayuntamiento, un cargo que simboliza un tiempo de modernización local en el que las comunicaciones empezaban a transformar la vida cotidiana. Su padre, Alfredo Guisado Luaña, trabajó como serrador y estuvo ligado al republicanismo; esa filiación le pasó factura tras el golpe de 1936. Fue juzgado en Vigo por el franquismo bajo la acusación de rebelión militar, con una condena inicial de cadena perpetua. Esa historia familiar —marcada por la represión y por la dignidad obrera— formó parte del sustrato moral desde el que Kubala miró el pasado: sin estridencias, pero sin olvidar.

Un funcionario que entendió la historia como servicio público

José Guisado fue empleado del Ayuntamiento de Mondariz durante cuatro décadas, entre 1966 y 2007. En ese largo periodo tuvo una convicción temprana y clara: los concellos no solo administran, también conservan identidad. Desde dentro de la institución supo ver el valor de los archivos municipales, de los expedientes antiguos, de los padrones, de las actas, de los papeles que casi siempre se consultan solo por necesidad burocrática.

Lo que para otros era un fondo inerte de documentos, para él era un territorio lleno de voces, pistas y narraciones. Su trabajo consistía, en cierto modo, en escuchar lo que decía el papel. Y en traducirlo a un lenguaje que la gente pudiera reconocer como propio.

Un libro pionero para ordenar la historia compartida

Su obra más influyente fue Mondariz. Historia, guía y hechos pasados (1988), un volumen que resultó decisivo para comprender el pasado de Mondariz y Mondariz Balneario con coherencia, fechas, contexto y rigor. No era solo una recopilación, sino un intento —muy poco frecuente en aquella época— de construir una mirada histórica de conjunto, con estructura, sentido y vocación divulgativa.

El éxito fue inmediato: el libro alcanzó tres ediciones y se convirtió en una referencia imprescindible tanto para investigadores como para vecinos con curiosidad por la historia reciente del lugar. Muchos encontraron en esas páginas no solo datos, sino una narración que daba continuidad y profundidad a la vida del municipio.

De la documentación a la memoria sentimental

Con el paso de los años, su interés fue desplazándose hacia la dimensión humana del pasado: personajes locales, episodios cotidianos, historias contadas de boca en boca que no suelen entrar en los archivos institucionales. Ese giro cristalizó en Personaxes e algúns contos mondarizáns (2013), donde Kubala se permitió un tono más cálido, más narrativo, más cercano a la memoria emocional.

Allí aparecen figuras humildes, nombres populares, anécdotas que sostienen la identidad de un pueblo sin necesidad de monumentos. Porque la historia de Mondariz —como la de cualquier lugar— no se entiende solo desde los grandes acontecimientos, sino desde los gestos menores: el oficio, la fiesta, la pérdida, el rumor, el apodo, la tradición oral.

Cronista por convicción, no por reconocimiento

En 2016 recibió el nombramiento como cronista oficial de Mondariz, pero nadie lo vivió como un comienzo. Fue más bien una confirmación institucional de un trabajo que llevaba años realizando con discreción. Su labor se extendió también a través de artículos en publicaciones locales —especialmente en el libro de las fiestas de verano— donde convertía la divulgación histórica en un acto de servicio comunitario.

No escribía para imponer una voz, sino para poner orden, para que Mondariz pudiera conocerse a sí mismo sin depender de versiones fragmentadas o de olvidos inevitables.

A esa vocación de servicio cultural se sumó su participación en iniciativas comarcales: formó parte del jurado de los Premios Cumbre del Suído, un reconocimiento presidido por Maximino Fernández Sendín, donde aportó su criterio y su sensibilidad histórica a la hora de valorar trayectorias, proyectos y contribuciones vinculadas al territorio. Esta presencia confirma hasta qué punto su mirada trascendía el ámbito municipal: Kubala entendía que la cultura no tiene fronteras administrativas, y que la memoria compartida es una tarea colectiva.

Un referente cultural en O Condado y A Paradanta

Más allá de Mondariz, su trabajo tuvo un impacto notable en las comarcas de O Condado y A Paradanta, donde desarrolló una labor cultural constante y silenciosa: investigando, difundiendo, ayudando a conservar testimonios, y dando visibilidad a historias locales que, sin personas como él, quedarían relegadas al olvido.

Su ejemplo fue especialmente valioso en una época en la que muchas comunidades rurales sufrían la pérdida de población y el desgaste de sus vínculos tradicionales. En ese contexto, Kubala actuó como una especie de “antena” de la memoria: alguien que no solo guardaba información, sino que la convertía en relato y en orgullo de pertenencia.

El fútbol como otra forma de pertenecer

Kubala fue también jugador y directivo del Mondariz FC, un club centenario al que dedicó parte de su vida. Heredero del trabajo y la pasión de amantes del deporte y la cultura local como Manuel Lamartín, y compañero de generación de Xoán X. Pérez Labaca, este erudito local supo convertir la memoria en un bien común, poniendo su conocimiento al servicio del pueblo con la misma constancia con la que cuidaba los archivos y la historia de Mondariz.

Se le reconoce como heredero de una tradición de aficionados y estudiosos locales, y como compañero generacional de otros nombres vinculados al estudio y la divulgación en estas tierras. Incluso se interesó por el origen de su propio apellido, investigándolo hasta el punto de recibir una explicación curiosa: en la Edad Media “Guisado” podía significar “bien preparado o dispuesto”, detalle que le comentó Méndez Ferrín cuando el cronista mostró su curiosidad por la etimología familiar. Ese episodio resume bien su carácter: siempre atento a los significados, incluso en lo que parece anecdótico.

Una herencia que no ocupa vitrinas, pero sostiene una comunidad

La muerte de José Guisado Nogueira deja un vacío difícil de cubrir porque no se trata solo de un autor o un investigador. Se va alguien que hizo del pasado una herramienta de cohesión. Su legado está en sus libros, en sus artículos, en su archivo mental lleno de nombres, fechas y recuerdos, pero también en una lección discreta: la historia no pertenece únicamente a las grandes ciudades ni a los grandes personajes.

También es de las villas pequeñas. Es de la gente común. De quienes trabajan, sufren, celebran y desaparecen sin dejar huella… a menos que alguien la conserve.

Kubala supo hacerlo: escuchar, ordenar, narrar. Con paciencia y constancia. Y gracias a ese gesto —tan simple como perseverante— Mondariz conserva hoy un tesoro que no se mide en cifras: la posibilidad de saberse a sí mismo.