viernes. 19.08.2022

RELATOS DE VERANO: La coleccionista de zapatos(Capítulo I)

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ue viviendo en la corte de Felipe V, durante el Lustro Real, cuando tuvo lugar su transformación en vampiro. Allí, en el Alcázar de Sevilla, formando parte del séquito de Isabel de Farnesio, volvió a ser engendrada; esta vez, como no muerta. Aquel ambiente fastuoso y excéntrico propició su gusto refinado, pero solo tras el decisivo mordisco y la posterior ingestión de sangre contaminada de vida eterna y oscura, nació su afición enfermiza por los zapatos.

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            Habían pasado siglos de aquello y no podía evitar continuar seleccionando a sus víctimas por la belleza de las piezas que envolvían sus pies. Tenía la total convicción de que era un eficaz indicador del buen gusto de su portador y, por ende, de la calidad de su sangre. Esta obsesión, manía o, quizás ya, rasgo de su carácter avalado por cientos de años de práctica, la había convertido en propietaria de la mejor colección de zapatos del mundo; aunque solo ella lo sabía. No todos le servían porque era harto difícil calcular adecuadamente el tamaño antes del ataque. Al fin y al cabo, lo ideal era probarlos antes, algo impensable en este caso, ya que ralentizaría mucho toda la operación y pondría en riesgo su éxito. La cuestión devenía complicada: el calor que emitía la vena palpitante de su comida —que ella percibía amplificado y le provocaba una especie de sensual mareo—, sumado a la ansiedad por incorporar un nuevo par al suntuoso vestidor complicaban la misión de acertar con las dimensiones. Unos eran demasiado pequeños y le comprimían los dedos, otros se le caían porque le quedaban grandes o… ¡lo peor!, al caminar se abrían lateralmente y producían un horrible efecto antiestético. ¡Qué complejo era dar con el par perfecto! Aún con todo, jamás se arrepentía porque disfrutaba con su mera posesión. Además, el arrepentimiento y las lamentaciones no eran propios de vampiros. Esas tonterías, inútiles como tantas otras, solo las experimentaban los humanos y no tenían ningún sentido entre seres poderosos y extraordinariamente inteligentes. Pero, ¿qué se podía esperar de aquellos que, en pleno siglo XXI, seguían negando la existencia de los de su raza? Si los vampiros eran una invención, ¿por qué les daban tanta importancia? Tratados, novelas, películas, conferencias y cursos intentando desgranar sus costumbres y forma de vida. ¿Qué les atraía tanto de algo que no existía? La única ventaja de la absoluta negación del colectivo es que no tomaban precaución alguna contra él y, al que la tomaba, se le consideraba un demente, un tarado que, con toda probabilidad, terminaría encerrado entre cuatro paredes mullidas, con las manos a la espalda sujetas por una camisa horrenda y pasada de moda.

            A pesar de las evidencias, —eran millares los desaparecidos cada año—, nadie mostraba la lucidez suficiente para pensar que podrían ser ellos los causantes de esta merma demográfica. El que no quiere ver no ve y, gracias a esta circunstancia, la caza se hacía mucho más fácil y placentera: la cara de sorpresa y perplejidad seguida del gesto aterrorizado del elegido como almuerzo formaban parte de este apasionante juego y no se podían comparar con nada.

            Mariana, consciente de que estaba condenada a vagar sine die por este mundo, quería hacerlo, al menos, con estilo, gracia y originalidad dentro de los cánones que exigía su atávico concepto de la ceremonia. Tenía claro que por muy bien que fuera vestida, si los zapatos fallaban, se arruinaba el conjunto; por ello no se permitía ni una sola licencia en este asunto. Ni que decir tiene que las chanclas estaban totalmente prohibidas: ¡qué terrible invento! Ella no iba ni a la playa ni a la piscina a broncearse por razones obvias y esas eran las únicas circunstancias en que llevarlas no constituía un imperdonable delito contra el protocolo. Cierto que alguna vez, por diversión y para vengar al buen gusto, despachaba sin miramientos a usuarios de este calzado que se movían fuera de los recintos permitidos, pero nunca se alimentaba de ellos. ¡Habría sido un desliz inaceptable! En estas situaciones, para que el contacto fuera mínimo, les cortaba la yugular con un anillo afilado, regalo de su honorable mentor, y los dejaba tirados desangrándose en alguna putrefacta esquina.

            Como casi todos los de su clase, había acumulado una fortuna considerable a lo largo de los siglos y podía permitirse vivir holgadamente en un coqueto palacete cerca de la actual corte, con una gran parte bajo tierra profusamente decorada y pobremente iluminada. Les Ténèbres, como se denominaba la propiedad, estaba acondicionada al milímetro para un feliz confinamiento. De hecho, solo su afición a la cinegética nocturna le impulsaba a salir de allí.

            La servidumbre, como es lógico, constituía uno de los puntos claves en su forma de vida. Todos sus miembros estaban informados sobre la necesidad de sangre que tenía la señora, en teoría aquejada de anemia hemolítica combinada acertadamente con fotofobia. Así que, ver por allí bolsas de sangre era algo frecuente y tropezar con ellas, por falta de luz, también. Aunque Mariana se las bebía con fruición, simulaba inyectarse su contenido para evitar sospechas. Un pequeño equipo portátil de transfusión daba  más credibilidad a su pantomima.

            El actual mayordomo, hombre leal y discreto que no formulaba preguntas si no eran imprescindibles, dirigía la intendencia de la casa con profesionalidad y vocación de servicio. Entre sus funciones destacaba la de hacer semanalmente una criba de todas las invitaciones a cenas, reuniones y fiestas que le remitían a su patrona. Conocedor de las caprichosas preferencias de esta, era riguroso aplicando los filtros que le había inculcado. Aun con el inexorable tamiz, casi todos los eventos le decepcionaban en uno u otro aspecto: Mariana añoraba las antiguas maneras y el lustre del pasado, aunque se compensaba a sí misma llevándose un buen par de tacones para su vestidor y unos cuantos litros de exquisita sangre a su altura.

            Normalmente las víctimas eran atractivas mujeres de gustos caros y estética limpia y depurada. Las estrafalarias podían vivir tranquilas: estaban rotundamente a salvo. En contra de lo que pudiera pensarse, los hombres y aquellos que se consideraban de género indefinido no se hallaban libres de peligro. A los que calzaban stilettos, una moda cada vez más en auge, no les hacía ascos, siempre que el resto del look estuviera en consonancia y armonía, exigencia que reducía las posibilidades de caer en sus siniestras redes.      

            Atraerles era fácil. Además de distinguida, Mariana gozaba del don de una belleza extraordinaria: piel pálida y casi transparente, ojos azules como la porcelana Wedgwood, nariz recta e imponente, cabello completamente blanco y liso y un precioso lunar cerca de sus ardientes labios que escondían unos magníficos colmillos retráctiles. Esbelta y de caminar elegante, la alta sociedad se la disputaba para que acudiera a sus mansiones y casas de placer con la excusa que fuera. Si había prensa, no se dejaba fotografiar ya que los flashes eran fatales para su nívea tez, delicada como las alas de una mariposa de cristal. Y si algún paparazzi incumplía el pacto, daba igual, se llevaba una gran sorpresa al comprobar que no había rastro de la misteriosa celebridad al revelar la foto. Esta particularidad agrandaba su leyenda y le había proporcionado fama de tener merecidas dotes de escapista.

            Terminado ya el fin de semana —los sábados y domingos no salía porque le parecía terriblemente vulgar—, se recostó en la chaise longue victoriana tapizada en terciopelo mostaza ataviada con un caftán de ricos bordados color nude y unas chinelas de seda azul. Con los trampantojos selváticos pintados en las paredes de fondo, parecía un hada buena del bosque descansando tras conceder múltiples deseos con su varita, en lugar de un ser despiadado y hambriento de sangre.

            La pictórica escena fue interrumpida por su sirviente de confianza con el fin de entregarle la correspondencia que había conseguido superar las elevadas exigencias de rigor. Posó la bandeja de plata sobre una mesita de mármol y se retiró rápidamente para no robarle ni un minuto  más de intimidad.

            Mariana comenzó a leer con atención, una por una, las invitaciones recibidas. Tras desestimar un buen puñado, le pareció divertida una tarjeta de color blanco enmarcada en negro que le recordó a una esquela.  —¡Muy propio!— dijo en alto, soltando una risita. La fiesta se celebraba en la residencia privada del nuevo embajador de la Federación de Rusia. A buen seguro desfilarían zapatos de las últimas colecciones de los más prestigiosos diseñadores y, lo que es mejor, correrían ríos de sangre con un toque de vodka premium.

           

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            Dos días después, ya se encontraba preparada para vivir una intensa jornada de caza. Espléndida, más que andar, parecía levitar: el vestido, de una negrura profunda, se le ceñía a muslos y cuerpo, pero de rodilla para abajo, un sinfín de gasas etéreas color crema bailaban alrededor como nubes flotantes bajo los pies de una virgen en plena ascensión. El cuello adornado con esmeraldas colombianas engarzadas en oro, un abanico de plumas de marabú y mango de marfil entre sus manos y unas sandalias de tacón infinito que se agarraban a sus pies como áspides sagradas —antaño propiedad de uno de sus almuerzos— hacían que pareciera una dama salida de un cuadro de Boldini.  Al entrar en cualquier estancia era inevitable que se hiciera el silencio. Las mujeres la miraban con envidia —odio y admiración a partes iguales— y los hombres la deseaban desesperadamente, con ese porte de mujer inalcanzable. Mariana intentaba no llamar tanto la atención pero no lo lograba aunque se lo propusiera firmemente. Su excepcional físico y su tendencia a rodearse de objetos tan dignos de veneración como ella no contribuían a pasar inadvertida.

            Con el paso de las horas el ambiente se fue relajando. Saludó a numerosas caras conocidas y charló divertida con distintos grupos de invitados que estaban exultantes por formar parte integrante de su círculo de amistades frívolas y pasajeras.

            Al fin conoció al nuevo embajador y a su esposa quienes se deshicieron en halagos con ella; también a la emergente flor y nata de Moscú que viajó hasta allí para apoyar al recién designado representante. Entre risas y besos desperdiciados en el aire, Mariana, sin embargo, no olvidaba el motivo por el que había abandonado su guarida. El rojo elixir obtenido violentamente tenía un sabor muy distinto al de las tediosas bolsas compradas en el mercado negro. El cortisol generado por el miedo le daba a la sangre un toque picante, imposible de replicar con especias u exóticos mejunjes. Y después… después estaba su objeto fetiche, su pasión… ¡el trofeo de caza que le haría recordar siempre a su presa!

            Animada, comenzó a examinar las extremidades de los miembros inferiores de los invitados sin mucho disimulo. Desde luego, había zapatos absolutamente increíbles: grandes lazos de tafetán que subían hasta la rodillas, combinaciones de colores inverosímiles, tacones dignos de haber sido diseñados por arquitectos griegos, purpurinas, lentejuelas, aplicaciones de cristales… Pero Mariana aún tardaría un buen rato en encontrar los que iban a ser objeto de su cruel codicia. Fue en el preciso momento en el que el embajador propuso el primer brindis, cuando los descubrió. Ensimismada, no levantó la cabeza para conocer a la dueña de aquel espectacular calzado cuya vida estaba a punto de segar. Nunca lo hacía. Mientras el diplomático continuaba entusiasta su discurso, esperó quieta, regodeándose con la visión de lo que ya consideraba suyo. Inconscientemente emitió un sonido entre gemido de placer y gruñido de bestia, apenas perceptible por el resto de comensales.

            El tacón de aguja —doce centímetros, quizás— y el color, borgoña —¡su favorito!—, se sujetaban al pie con una pulsera que daba varias vueltas al tobillo ricamente engalanada con pedrería y diminutas figuras metálicas de deidades primitivas. Justo en el empeine, una pieza dorada representaba un gran ojo. ¡Un jeroglífico! ¡¡Fascinante!! ¿Quién habría sido el creador de esta maravilla? Se los imaginó en sus pies. Eran esculturas, arte… ¡un privilegio! Pero, ¿quién era la portadora de aquel tesoro, la que iba a morir esta noche para que ella viviera y se divirtiera?

            Deslizando su mirada poco a poco hacia arriba, fue aprobando mentalmente todo lo que estaba viendo. Talle fino, manos cuidadas; su elegida era muy joven y extremadamente hermosa. Tenía los ojos del color del mar en invierno y el cabello fino y trigueño. Los labios del color de la Rosa de Francia. Diecinueve años, quizás veinte. Olía bien, a sangre limpia, a buen bouquet. Su temperatura, intuía, era la correcta, no más de treinta y seis grados.

            Tras este rápido análisis, Mariana, con su extravagancia dieciochesca y sus modales antiguos, hizo un gesto con el gran abanico para cambiar de postura y acercarse a la muchacha que estaba sola y, ¡qué raro!, la miraba un tanto insolentemente con sus dos pupilas rodeadas de iris gris.

            Una extraña sensación se fue apoderando de ella a medida que se iba acercando, una atracción inusual hacia lo que consideraba simplemente un aperitivo de inicio de semana con un fantástico par de zapatos. Deseó entablar conversación inmediatamente con ella. Haciéndolo, a buen seguro desaparecería esta excitación desmesurada. Con la primera tontería propia de su tierna edad se terminaría lo que parecía un encantamiento. Los instantes previos a la caza siempre eran estimulantes, y aquellas sandalias ¡sublimes!,  pero esto… ¡esto era diferente!

            La joven la observó nerviosa como si la conociera, revelando también cierta inquietud y ansiedad por el encuentro. Los ojos claros de Mariana descansaron en los suyos y, entonces, ocurrió algo sin precedentes. El tiempo se detuvo; la estancia se quedó en silencio para ellas a pesar del bullicio de los invitados, el ruido de la música y los golpes de las copas al chocar bruscamente entre sí. La angelical criatura se acercó —¡qué atrevimiento!— y le susurró al oído con marcado acento ruso:

—Me hablaron de ti Los que se arrastran. Mi familia y yo hemos huido de Rusia pero nos han descubierto y sé que nos matarán. Probablemente hoy. Quizás mañana… o puede ser que ya estemos envenenados y se haya puesto en marcha una cuenta atrás hacia nuestro castigo. Yo no quiero morir. Quiero vivir. ¡Empezar a vivir!  Te lo suplico. ¡Ayúdame! ¡Quiero ser como tú!— sollozó sin apenas alterar el rictus para no dejarse en evidencia.

            La dama vampira lo comprendió todo de inmediato. Las sandalias habían sido un señuelo, un buscado punto de convergencia. La desmedida atracción que sentía era la consecuencia inevitable del profundo deseo de la joven de formar parte de los de su raza como la única salida coherente que le quedaba. Le leyó la mente y comprendió.

            Los que se arrastran eran un clan vampírico que habitaba una de las regiones más hostiles de Siberia. Les conocía bien. Pero, ¿qué no vida le podían ofrecer?  ¡Hasta ella habría preferido morir definitivamente antes que formar parte de aquella tribu horripilante!

            En un ademán instintivo y protector alargó su mano fría para tocarla.

            —¿Cómo te llamas?

            —Milenka.

            —No perdamos el tiempo, Milenka.

            Le agarró fuertemente del brazo, casi clavándole las uñas, y juntas salieron al geométrico jardín de estilo francés. La noche era fresca y el reflejo del sol en la luna emanaba luz en abundancia que solo conseguían sesgar las grandes paredes de boj. Buscaron un rincón íntimo, un espacio que conservara la esencia de lo oscuro para ejecutar el rito ancestral instaurado por Caín.

            Bajo el gran abeto del Cáucaso, un agónico alarido rasgó la sombra y un intercambio de sangre tuvo lugar. Lo humano se retiró para dejar paso a la tiniebla eterna.

            Y fue así como nació el Vínculo.

[CONTINUARÁ]

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