viernes. 19.08.2022

RELATOS DE VERANO: A orillas del río Duero

Se quita el “calzón”, lo cuelga del árbol y cruza hasta la otra ribera del río Duero, inspecciona las tierras y sus sembrados, y luego regresa, coge el “calzón”, se lo coloca y retoma el mismo sendero, rumbo a la plaza Mayor…

Cuenta la leyenda, que un noble caballero de castiza apariencia surge todos los años cuando la lluvia es intensa y amenaza con desbordar el río, vestido en elegantes ropajes ancestrales, específicamente con un “calzón” de tela color marrón, camisa blanca y cazadora negra, cabalgando en fino corcel. Se detiene a orillas del río, debajo de un frondoso árbol y espera hasta que den las doce campanadas en la villa, desde la torre de la iglesia ubicada en el altozano. Se quita el “calzón”, lo cuelga del árbol y cruza hasta la otra ribera del río Duero, inspecciona las tierras y sus sembrados, y luego regresa, coge el “calzón”, se lo coloca y retoma el mismo sendero, rumbo a la plaza Mayor…

Específicamente ese año, cuando ocurrió el primer avistamiento, fue sin duda especial. De partida, había llovido más de lo normal y el río, por ende, traía un gran caudal. También ocurrió que, habiendo aumentado el nivel de las aguas, había inundado gran parte de la tierra cultivable, dejando estéril el manto fértil, que cubría la tierra. Definitivamente, ese año no se podría sembrar…

La panadería de don Diego Baeza, se encontraba justo en la esquina principal de la plaza Mayor. Un local más bien pequeño, que constaba de dos pisos, dando lugar a la amasandería y sala de ventas en la planta inferior. En el segundo piso estaba su oficina y un pequeño apartamento, que era su hogar. La casa entera era de construcción sólida, especialmente de piedra. Los ventanales daban al frente. Dos miradores pequeños arriba, y uno grande en la planta baja. Desde algunos metros se podía observar una placa con el nombre de la panadería: “LA MESA DEL PANADERO”. Una vez en el patio, se podía ver un par de plantas ornamentales que cubrían el cerco divisorio, donde destacaban las camelias en dos tonos: blanco y rosa oscuro. El sendero era de piedra de río y a la entrada de la puerta, al lado izquierdo, había un pequeño escaparate, con doce canastillos de cerámica y alambre de cobre, donde se apreciaba la producción del día. Cada cesto contenía diferentes tipos de pan:  integrales, pan blanco de campo y también tipo baguette, el único fermentado con levadura de cerveza. Los panes dulces, en cambio, siempre iban en la repisa o dentro de un receptáculo de vidrio, sobre el mostrador.

Don Diego era el único panadero del lugar. Se abastecía de la harina de trigo que se cosechaba en la localidad. Su panadería artesanal era de hecho, memorable. Se esmeraba en producir la mejor masa madre para el proceso de elaboración, no sólo de los panes de diversas variedades, sino también, sus famosos rollos de canela, panes dulces de chocolate y los enormes galletones. Por la mañana, el aroma a pan recién horneado inundaba la plaza y atraía a los clientes.  Tenía la destreza en las manos a través de la forma artística de trenzar la masa, y la experticia culinaria, que, entre ambas habilidades, daban el acabado perfecto entre lo sensorial y lo evidente. Las diferentes mezclas de harinas orgánicas le procuraban la garantía de una producción de muy alta calidad. De lunes a miércoles, se dedicaba solamente a producir panes blancos e integrales. De jueves a sábado, agregaba pan con especias y productos de repostería. Famoso era ya en toda la comarca su pan de higos y especialmente, el de cacao con chispas de chocolate amargo. Don Diego, había llegado a la conclusión de que las personas se permitían el lujo de consumir algo extra, llegado el fin de semana. Algo así como un premio, por haber cumplido con las labores asignadas.

Este señor de cabello negro azabache y mostachos impecablemente bien formados y delineados con cera para el cabello, lucía cómo sacado de una fotografía antigua.

Delgado y de estatura mediana, aparentaba ser más joven de lo que era. Aunque no ostentaba cana alguna, ya bordeaba los cincuenta. Circunspecto, daba la impresión de que siempre estaba muy concentrado en lo que estaba haciendo. Usaba un mandil a rayas verticales, en color verde pistacho y blanco invierno. Lo ajustaba muy bien a la cintura y le llegaba casi hasta los tobillos. Tres vueltas al cinto, y remataba los lazos en un nudo ciego, justo al centro, donde era muy probable que se encontrara su ombligo. Siempre se le veía en mangas de camisa; ésta por lo general, de color blanco. Quizás era para que no se le notara la harina que en ocasiones se le venía encima. Las mangas iban recogidas hasta los codos, muy bien dobladas. Las delgadas manos, lucían impecables. En general, era muy afanado en su persona. Si alguien quisiera empinarse sobre el mostrador de la panadería, para verle el calzado, sin duda se encontraría con un reluciente par de zapatos de color negro. Era lo habitual.

pan

Don Diego era un hombre muy trabajador y disciplinado. Rara vez delegaba el mando de su panadería a su asistente. Siempre estaba presente, ya que era hombre soltero y su amasandería, prácticamente la única ocupación. La vida lo había llevado a tan noble labor, que había aprendido cuando pequeño, habiéndose criado con el abuelo materno. Este último era un buen hombre que se destacaba por sus habilidades culinarias. De él aprendió a temprana edad, el arte del amasado y la cocción de los alimentos, convirtiéndose en muy poco tiempo, en un experto panificador.

  • Amasa siempre con cariño, suavemente, porque la masa madre está viva…- le decía el abuelo, mientras le enseñaba.
  • El truco está en las manos, en los movimientos envolventes…- le aconsejaba mientras aglutinaba los ingredientes.

 

Diego lo miraba con admiración, mientras dedicaba su tiempo a aprender lo que no sospechaba en esos momentos, sería cuando grande su medio de sustento.

Ese año, como se dijo al comienzo del relato, cuando llovió más de normal y en pocas horas, arruinando la plantación de cereales y colocando a la agricultura en jaque para la próxima temporada de siembra, fue cuando se avistó por primera vez.

La intensa lluvia había cesado y el fango lo cubría todo. La panadería se había inundado y los destrozos se podían apreciar por doquier. En pocas horas, se había pasado de la pulcritud al lodazal. De punta a cabo, el primer piso estaba prácticamente arruinado. Todo ocurrió tan rápido y de noche, que no se pudo salvar prácticamente nada. Don Diego estaba destrozado anímicamente. El esfuerzo de todos esos años de trabajo se había diezmado. El río había crecido mucho y desbordado.

Cuando el párroco subió a la torre a dar las doce campanadas a medianoche, y se dio cuenta del desastre ocurrido, siguió tocando el carillón hasta despertar a todo el vecindario… fue entonces, cuando don Diego sintiendo que algo andaba mal, se levantó y bajó al primer piso, encontrándose con aquel aluvión. Rápidamente se vistió y salió a avisar a los vecinos. Al abrir la puerta se dio cuenta de que afuera el agua y el barro acumulado, le llegarían a la cintura; así es que raudamente optó por quitarse el “calzón” para así no mojar su ropa exterior.

Al día siguiente, habiéndose calmado ya la tormenta, toda la población se dispuso a trabajar en la reconstrucción, para que el pueblo así pudiese regresar a las condiciones de desarrollo normal, de las que disfrutaba antes del desastre. Primero que todo, era importante establecer la magnitud de los daños y estar al corriente de cuánta gente había sido afectada. Segundo, saber cuánto tiempo estarían aislados, ya que la crecida del río se había llevado el puente romano, construcción antigua de alto valor histórico. También en el pueblo, la corriente había arrasado con todo lo que había encontrado a su paso, y fue por eso por lo que se escuchaban gritos en la madrugada. Las personas corrían e intentaban salvar sus pertenencias, en la medida que el agua les permitía.

Ahí estuvo don Diego, como espectador y a la vez protagonista de esta película de horror, viendo como el agua se llevaba, poco a poco las cosas que tenía en el local.  En una de las habitaciones, como pequeños barcos a la deriva, flotaban los panes, que por tanto tiempo habían sido parte importante en la alimentación de los pobladores.

Poco tiempo después, una vez restablecido los servicios, la gente comienza también, de a poco, a recuperarse. El sol había permitido que los residentes abrieran las puertas y ventanas de las casas, para ayudar al proceso de secado.

Prontamente, como es habitual en las mentes de las personas resilientes, aquel episodio catastrófico de desastre natural, en que el río se había embravecido, estaba pasando al olvido. Por fin, una semana después, el pueblo llegó a estar totalmente restablecido y la normalidad de los acontecimientos, también. Solamente una cosa cambió. Desde entonces y hasta ahora, la panadería que sigue funcionando en el mismo lugar, pero con otros dueños, que han sabido mantener su prestigio y calidad, en honor a don Diego, le han puesto el peculiar nombre de: “PANADERÍA DE QUITACALZÓN”.

Marianela Blanco

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